El tron­co­mó­vil de mi pa­dre

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - ISAAC PEDROUZO Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vi­ce­do

Jus­to el día en que la pri­me­ra ope­ra­ción sa­li­da ta­po­nó to­das las vías de aban­dono de la ciu­dad, por el ca­rril con­tra­rio, el que ve­nía de fren­te por la iz­quier­da, lle­ga­ban tan pan­chos los 40 gra­dos que ve­nían de va­ca­cio­nes ca­da año. Sacaban la mano por la ven­ta­ni­lla. Tran­qui­los. Plá­ci­dos. Esa mis­ma se­ma­na a mi pa­dre le ha­bía de­ja­do ti­ra­do su Re­nault 11 ro­jo. Al pa­re­cer los co­ches tam­bién di­cen bas­ta.

Con la ne­ce­si­dad in­me­dia­ta de tener trans­por­te, se com­pró en un desguace un vie­jo Re­nault 8 blan­co que cos­tó 20.000 pe­se­tas, por aque­llo que di­cen de que la fa­mi­lia de los cer­ca­nos siem­pre te va a tra­tar mejor. Cum­plía su fun­ción: ir des­de la ca­sa de la al­dea a mi aca­de­mia de re­cu­pe­ra­cio­nes y de ahí al trabajo pa­terno, aun­que yo vi­vía con el miedo de que el te­cho del uti­li­ta­rio sa­lie­se vo­lan­do con cual­quier ba­che. Pe­ro era ve­rano. Nun­ca pa­sa na­da. Aque­lla ma­ña­na co­lo­rea­da con to­dos los to­nos gri­ses po­si­bles de un Pan­to­ne de prue­ba, de­ci­dió de re­pen­te dar­le un res­pi­ro al ca­lor que te aprie­ta la gar­gan­ta al res­pi­rar, con­ce­dién­do­le unas va­ca­cio­nes de dos ho­ras, las que apro­ve­cha la trai­cio­ne­ra tor­men­ta de ai­re bo­chor­no­so pa­ra dar un gol­pe en la me­sa. Pa­ra que no te ol­vi­des de que en cual­quier mo­men­to pue­de lle­gar. A mí las tor­men­tas me dan pá­ni­co. Más in­clu­so que la idea de be­sar­te mal.

Una lluvia to­rren­cial nos atra­pó por el ca­mino, así que mi pa­dre, a pe­sar de ser el ti­po más va­lien­te que co­noz­co, pa­ró el Re­nault 8 en el ar­cén de la ca­rre­te­ra co­mar­cal. Mien­tras la ilu­sión de per­der un día de aca­de­mia me ha­cia son­reír co­mo un ton­to en el asien­to del co­pi­lo­to, sen­tí co­mo una go­ta de agua me caía en el hom­bro de­re­cho. Me asus­té y pe­gué un brin­co ha­cien­do la fuer­za ne­ce­sa­ria con los pies en el sue­lo del co­che pa­ra ge­ne­rar un agu­je­ro. Po­días ver el as­fal­to a tra­vés de él.

Allí es­tá­ba­mos, en mitad de una tor­men­ta ca­si bé­li­ca con una go­te­ra en el te­cho y un bo­que­te al la­do de los pies. Mi pa­dre y yo nos mi­ra­mos es­pe­ran­do que el otro fue­se el pri­me­ro en la lá­gri­ma o en la car­ca­ja­da. Él, co­mo siem­pre lo ha he­cho has­ta aho­ra, ga­nó. «Mi­ra Isaac, aho­ra te­ne­mos un tron­co­mó­vil. So­mos los Pi­ca­pie­dra». Ese día, los dos hi­ci­mos no­vi­llos.

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