Due­lo de se­ño­ras y sus ni­ños

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - INÉS REY Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vi­ce­do

Es­ta­ba yo sen­ta­da en mi si­lla de pla­ya, pi­dién­do­le a mis hi­jos que no me ti­ra­ran are­na, cuan­do me di cuen­ta de lo rá­pi­do que me he con­ver­ti­do en mi ma­dre. En una se­ño­ra, va­ya. Por­que yo an­tes a la pla­ya no ba­ja­ba la si­lla, pe­ro aho­ra si me tum­bo en una toa­lla, ne­ce­si­to una grúa pa­ra re­cu­pe­rar la ver­ti­ca­li­dad. De me­ter­se en el agua ya no ha­blo, que de la ro­di­lla no pa­so, y te­nien­do en cuen­ta mi ta­ma­ño, ya es to­da una te­me­ri­dad. Y si ten­go que en­trar a res­ca­tar a al­guno de mis hi­jos, soy ca­paz de ha­cer­lo sin mo­jar­me el pe­lo. Co­mo las se­ño­ras de ver­dad. No en­tien­do có­mo me he trans­for­ma­do tan de­pri­sa. Ha­ce na­da me es­ta­ba ca­san­do («pon­te ta­cón, que van a pen­sar que vas a ha­cer la pri­me­ra co­mu­nión», me de­cía mi abue­la) y aho­ra si me pon­go un ves­ti­do blan­co son ca­pa­ces de echar­me a vo­lar el día 16 en Be­tan­zos y sa­car­me al día si­guien­te en el pe­rió­di­co ate­rri­za­da en una fin­ca de Cur­tis. Que tam­po­co pa­sa­ría na­da, por­que cuan­do te haces se­ño­ra vas perdiendo la ver­güen­za. Yo an­tes no sa­lía a la ca­lle sin arre­glar y aho­ra soy ca­paz de ir al sú­per con un chán­dal por en­ci­ma del pi­ja­ma. A pe­dir que el fiam­bre «me lo corte fino, que es pa­ra los ni­ños» y ex­pli­car­le a la pes­ca­de­ra que «la mer­lu­za sin ca­be­za, que es pa­ra ha­cer a la ro­ma­na» y con­tar­le al res­to de se­ño­ras en chán­dal lo mal que me co­me el ni­ño el pes­ca­do. Y sí, des­de que me re­cha­za­ron pa­ra em­bar­car­me en el Rain­bow Wa­rrior pa­ra ir a asal­tar pe­tro­le­ros por ser de­ma­sia­do mayor, pi­do bol­sa, por­que si llue­ve al­go me ten­dré que po­ner en la ca­be­za. Su­bía de la pla­ya in­mer­sa en tan pro­fun­dos pen­sa­mien­tos, cuan­do pa­ra­mos en una te­rra­za a to­mar al­go y a que los ni­ños ju­ga­ran en el jar­dín, «a ver si se can­san», di­je yo. Em­pu­ja­ba el co­lum­pio de mi hi­jo mien­tras Ma­dre Per­fec­ta ba­lan­cea­ba al su­yo en el de al la­do. ¿Cuán­tos años tie­nes?, me pre­gun­tó el pe­que­ño Po­cho­lo. «35» di­je sin pen­sar. «Eres más vie­ja que mi ma­dre, que tie­ne 32». Son­reí­mos am­bas mien­tras nos ha­cía­mos una ra­dio­gra­fía mu­tua, a ver quién te­nía más pa­tas de ga­llo, más ca­nas y más ve­nas en las pier­nas. «Pues ga­na mi ma­dre», di­jo Ro­que or­gu­llo­so, siem­pre ba­rrien­do pa­ra ca­sa. «Ga­na la mía», in­sis­tió Po­cho­lín, “que los cum­plió ha­ce 8 años”. ¡JA! Te he ga­na­do, MP. Tú eres más se­ño­ra que yo.

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