Ju­bi­la­do de cam­po, ju­bi­la­do de ciu­dad

Com­par­ti­mos un día con dos pensionistas cons­ta­tan­do las di­fe­ren­cias en­tre en­ve­je­cer en un lu­gar ru­ral o ur­bano «Si tu­vie­ra que ir a vi­vir pa­ra la ciu­dad, iría, pe­ro co­mo en la al­dea no se es­tá en nin­gu­na par­te» «Ha­ce años es­to olía fa­tal y se po­nían las v

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Galicia - JOR­GE CASANOVA

Son las ocho de la ma­ña­na de un día cual­quie­ra y los dos ju­bi­la­dos a quie­nes va­mos a se­guir hoy se le­van­tan de la ca­ma. El pri­me­ro se lla­ma Er­nes­to, tie­ne 69 años, ma­la sa­lud y vi­ve en O Bur­go, en una de las más den­sas con­cen­tra­cio­nes ur­ba­nas de Galicia. El se­gun­do res­pon­de al nom­bre de Jo­sé y ya cal­za 83 pri­ma­ve­ras. Vi­ve en San Pan­ta­león das Vi­ñas, en el con­ce­llo de Pa­der­ne. En­tre los dos do­mi­ci­lios ape­nas hay unos vein­te ki­ló­me­tros, pe­ro el há­bi­tat en el que se mue­ven es­tos dos ju­bi­la­dos y su ac­ti­vi­dad dia­ria, es muy dis­tin­ta.

Er­nes­to, de­cía­mos, se sue­le le­van­tar a las ocho «aun­que úl­ti­ma­men­te un po­co más tar­de, por­que de no­che me que­do bas­tan­te en In­ter­net». Si to­do va bien, desa­yu­na le­che, ce­rea­les, fru­ta y ca­fé pa­ra to­mar­se la pri­me­ra en­tre­ga del lar­go ca­tá­lo­go de fár­ma­cos que ne­ce­si­ta. Seis pas­ti­llas an­tes de sa­lir a la ca­lle. Y la pri­me­ra vi­si­ta sue­le ser al cer­cano com­ple­jo de­por­ti­vo de Acea de Ama. Er­nes­to ya no va al gim­na­sio. Aho­ra so­lo se me­te en la pis­ci­na y ca­mi­na se­mi­su­mer­gi­do el pe­rí­me­tro de uno de los va­sos: «Nun­ca apren­dí a na­dar», con­fie­sa es­te hom­bre na­ci­do en Carballo.

Mien­tras Er­nes­to prac­ti­ca su par­ti­cu­lar aquagym, Jo­sé tra­ba- ja su fin­ca. Hay po­cos días que no lo ha­ga. Y si no hay tra­ba­jo, se lo in­ven­ta. An­tes de ti­rar del sa­cho, ha desa­yu­na­do y se ha to­ma­do una úni­ca pas­ti­lla, el ca­si inevi­ta­ble ome­pra­zol: «Voy pron­to por­que si no, des­pués, ca­lien­ta mu­cho». ¿Y qué tra­ba­ja? —Pa­ta­tas. En reali­dad tie­ne una huer­ta bien po­ten­te, pe­ro de lo que pre­su­me es de las pa­ta­tas. En una fin­ca de 500 me­tros Jo­sé cul­ti­va una pro­duc­ción que os­ci­la so­bre los 1.500 ki­los: «Es­te año unas po­cas más». Hay que co­mer mu­cho pa­ra dar­le sa­li­da a una to­ne­la­da y me­dia de pa­ta­tas, pe­ro Jo­sé di­ce que tie­ne mu­cha fa­mi­lia que, por cier­to, no le ayu­da mu­cho a cul­ti­var­las: «No nos de­ja», di­ce su yerno. «Yo so­lo con el mo­to­cul­tor me voy apa­ñan­do», sen­ten­cia Jo­sé.

En­car­ga­dos de los re­ca­dos

Cuan­do nues­tro hom­bre de Pa­der­ne re­gre­sa a ca­sa con el sa­cho al hom­bro, Er­nes­to se da una vuel­ta sin pri­sa por su ba­rrio: a to­mar un ca­fé, leer la pren­sa y pe­gar la he­bra si en­cuen­tra con quien. No po­cos días le to­ca ha­cer la com­pra por­que sue­le en­car­gar­se de la co­mi­da. En ca­sa vi­ve con su mu­jer, aun­que es­tos días tie­nen tam­bién a un nie­to de diez años. A la una y me­dia o las dos ya es­tán co­mien­do. Igual que en ca­sa de Jo­sé, quien con al­gu­na fre­cuen­cia tam­bién se en­car­ga de ir a bus­car el pan o ha­cer al­gún re­ca­do de in­ten­den­cia, aun­que él no co­ci­na. Lo ha­ce su mu­jer. En ca­sa vi­ven tam­bién una hi­ja, el yerno y una nie­ta ado­les­cen­te.

Así que a las tres de la tar­de es­tán los dos en el mis­mo si­tio: dur­mien­do la sies­ta. Er­nes­to di­ce que an­tes no era muy par­ti­da­rio, pe­ro des­de que tras­no­cha en In­ter­net, se que­da ro­que des­pués de la co­mi­da. No se en­tre­tie­ne mu­cho por­que es el pre­si­den­te de la Aso­cia­ción de Ju­bi­la­dos de O Bur­go, así que a las cua­tro se va has­ta la ofi­ci­na a aten­der las ne­ce­si­da­des del co­lec­ti­vo. Y a las seis, y ahí sí que no per­do­na, al lo­cal so­cial a ju­gar la par­ti­da: tu­te y nor­mal­men­te con la mis­ma pa­re­ja. Ra­ra vez sa­le de allí an­tes de las nue­ve de la no­che. —¿Y su mu­jer? —Tam­bién viene a ju­gar. An­tes no le gus­ta­ba, pe­ro aho­ra tie­ne más afi­ción que yo.

La tar­de de Jo­sé es al­go me­nos me­tó­di­ca, aun­que siem­pre hay al­go que ha­cer. La vi­da so­cial viene so­la. A lo lar­go del día, nues­tro hom­bre se cru­za con sus ve­ci­nos e in­ter­cam­bia sa­lu­dos e im­pre­sio­nes. Tam­bién jue­ga la par­ti­da, cla­ro, pe­ro so­lo los fi­nes de se­ma­na y a úl­ti­ma ho­ra. «Has­ta las do­ce o la una de la ma­ña­na». Al tu­te o a la bris­ca. En el en­torno de Jo­sé se es­ti­lan mu­cho esas par­ti­das de seis en las que se en­fren­tan hom­bres con­tra mu­je­res; una in­cruen­ta gue­rra de se­xos que se re­pi­te ca­da se­ma­na.

Ya re­co­gi­dos en ca­sa, nues­tros dos ju­bi­la­dos ce­nan y ven la te­le. Jo­sé di­ce que ve lo que su mu­jer quie­re, ya que es ella quien ma­ne­ja el man­do. Er­nes­to ce­na y se apa­lan­ca con su ta­blet a na­ve­gar por In­ter­net. El Fa­ce­book le en­tre­tie­ne bas­tan­te y allí pro­lon­ga sus re­la­cio­nes so­cia­les y la vi­da de la aso­cia­ción de ju­bi­la­dos. Cuan­do Er­nes­to cie­rra la ta­blet, Jo­sé lle­va ya un buen ra­to dur­mien­do: «¿In­ter­net?, no. —di­ce— Ten­go po­cas afi­cio­nes. Leer el pe­rió­di­co y pes­car... cuan­do me lle­van». Úl­ti­ma­men­te le lle­van po­co. Su so­cio, el que tie­ne la bar­ca, tra­ba­ja fue­ra y los días que ha ve­ni­do hu­bo ma­la mar.

Cuan­do se les pre­gun­ta por la pen­sión, por lo que les ha que­da­do pa­ra vi­vir, los dos reac­cio­nan de for­ma si­mi­lar: se en­co­gen de hom­bros y les cues­ta un po­co ad­mi­tir que es­tán más o me­nos bien. Pe­ro en reali­dad no tie­nen ne­ce­si­da­des im­por­tan­tes que cu­brir. In­clu­so al­gu­na vez les ha to­ca­do ayu­dar a sus des­cen­dien­tes a sa­lir ade­lan­te.

Er­nes­to acu­de al mé­di­co una vez al mes co­mo mí­ni­mo. Tie­ne que cui­dar­se mu­cho aun­que ad­mi­te que no lo ha­ce tan­to co­mo de­bie­ra. Y eso que el año pa­sa­do tu­vo un in­far­to: «Lo que me da mie­do es la dia­be­tes, el co­ra­zón, no». Jo­sé va, co­mo má­xi­mo, dos ve­ces al año. Es­tá he­cho un to­ro y ni si­quie­ra ne­ce­si­ta ga­fas.

Tam­po­co gas­tan el dis­cur­so de­rro­tis­ta de que an­tes to­do era mu­cho me­jor. Al con­tra­rio. Jo­sé se asom­bra de lo que pue­de ha­cer él so­lo con la ayu­da del mo­to­cul­tor: «El tra­ba­jo que an­tes ha­cían cin­co hom­bres», y Er­nes­to ex­pli­ca muy bien có­mo era el ba­rrio cuan­do él lle­gó: «Olía fa­tal por la pre­sen­cia de la Cros, [una fá­bri­ca de fer­ti­li­zan­tes ce­rra­da ya ha­ce años] y se po­nían las ven­ta­nas ama­ri­llas. Aho­ra da gus­to vi­vir aquí». Tan­to Er­nes­to co­mo Jo­sé tu­vie­ron su aven­tu­ra ex­tran­je­ra: el pri­me­ro pro­bó en Sui­za y el se­gun­do en Ale­ma­nia. No la­men­tan aque­llos años; más bien son­ríen al re­cor­dar­los. Si no se que­da­ron fue por las cir­cuns­tan­cias, di­fe­ren­tes en ca­da caso, pe­ro tan po­de­ro­sas co­mo pa­ra te­ner que re­gre­sar. Por tan­to am­bos co­no­cen bien lo que es vi­vir en la ciu­dad y en el cam­po. ¿Cam­bia­rían de há­bi­tat?: «Si ten­go que ir pa­ra la ciu­dad, voy —di­ce Jo­sé—. Pe­ro co­mo en la al­dea en nin­gu­na par­te». «No, no. Yo a la al­dea ya no iría», con­tes­ta Er­nes­to, que va­lo­ra mu­cho eso de te­ner la far­ma­cia cer­ca y el mé­di­co a ti­ro de pie­dra. A es­tas al­tu­ras, con­vie­ne ha­ber en­con­tra­do un lu­gar en el que que­dar­se. Y es­tos dos hom­bres pa­re­cen ha­ber­lo he­cho. Sin du­da, se han ga­na­do su de­re­cho a des­can­sar.

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