«No pue­do cam­biar las po­lí­ti­cas de na­die, pe­ro las con­cien­cias sí»

El ar­zo­bis­po de Tán­ger, San­tia­go Agre­lo, se des­pi­de es­te año tras una dé­ca­da al fren­te de la dió­ce­sis ma­rro­quí

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Sociedad - YOHANA SIL­VA, R. R.

«Me lo co­mu­ni­ca­ron al ano­che­cer de un mar­tes san­to del año 2007». Así re­cuer­da San­tia­go Agre­lo (Rian­xo, 1942), ar­zo­bis­po de Tán­ger, el mo­men­to en el que le di­je­ron cuál se­ría su pró­xi­mo des­tino. Du­ran­te 10 años ha rea­li­za­do una in­can­sa­ble la­bor con los que bus­can un nue­vo fu­tu­ro más allá del ham­bre y las va­llas. Cum­plió los 75 es­te año, la edad ca­nó­ni­ca pa­ra ju­bi­lar­se y es­tá a la es­pe­ra de que le acep­ten la re­nun­cia pa­ra vol­ver a ser el frai­le fran­cis­cano que sa­lió de Com­pos­te­la ha­ce ya una dé­ca­da. Aun­que di­ce que no es­tá can­sa­do y que, has­ta don­de pue­da, se­gui­rá mi­ran­do por los emi­gran­tes y ne­ce­si­ta­dos.

—¿Có­mo se des­pi­de uno des­pués de 10 años?

—Cuan­do sea ofi­cial en la ca­te­dral, se­rá una des­pe­di­da de agra­de­ci­mien­to. Aquí en es­ta Igle­sia he en­con­tra­do unos co­la­bo­ra­do­res mag­ní­fi­cos que han he­cho po­si­ble que yo no die­se de­ma­sia­da ver­güen­za, de ver­dad, co­mo obis­po. Y ade­más dar gra­cias a Dios por to­do lo que me ha da­do. Eso no su­ce­de por ca­sua­li­dad.

—¿Có­mo se to­ma te­ner que pre­sen­tar la re­nun­cia?

—Eso es al­go que va con la edad, con los años. A los 75 hay que pre­sen­tar­la y se ha­ce. Aun­que me sien­to bien de sa­lud y con fuer­zas pa­ra con­ti­nuar, no me hu­bie­ra mo­les­ta­do que me la hu­bie­sen acep­ta­do in­me­dia­ta­men­te y no me va a do­ler cuan­do me la acep­ten. Yo sé que en­tre los emi­gran­tes, a mu­chos les va a do­ler el ver­me mar­char, pe­ro se­gu­ra­men­te es una emo­ción su­pon­go que pre­vi­si­ble en ellos, pe­ro po­co jus­ti­fi­ca­da por­que el que ven­ga los tra­ta­rá igual o me­jor.

—¿Qué es lo que se lle­va de allí, de Tán­ger?

—La es­tan­cia en Tán­ger son los emi­gran­tes y el con­tac­to con el mun­do mu­sul­mán. Con una cul­tu­ra muy dis­tin­ta de la nues­tra y con unas per­so­nas que es­tán con­fi­gu­ra­das por esa cul­tu­ra. Son las dos co­sas que yo con­si­de­ro fun­da­men­ta­les en es­te pe­río­do de mi vi­da que han si­do nue­vas y que han si­do muy en­ri­que­ce­do­ras pa­ra mí.

—¿Cual se­rá su pró­xi­mo des­tino?

—Vol­ve­ré al con­ven­to de los fran- cis­ca­nos, a San­tia­go, pa­ra po­ner­me a dis­po­si­ción de mis su­pe­rio­res y que me man­den a don­de quie­ran. No me des­agra­da­ría ir a cual­quier si­tio al que me man­den.

—¿Se­gui­rá mi­ran­do por los in­mi­gran­tes des­de su nue­vo des­tino?

—Yo sé lo que quie­ro, pe­ro no sé lo que pue­do. Es de­cir, aho­ra aquí soy el obis­po y dis­pon­go. De al­gu­na ma­ne­ra ten­go ca­pa­ci­dad pa­ra ha­cer co­sas. Si vuel­vo al con­ven­to, vuel­vo a ser un frai­le, un po­bre en el sen­ti­do radical de la pa­la­bra, con lo cual to­da la ac­ti­vi­dad que yo pue­da desem­pe­ñar con los in­mi­gran­tes pues ya tie­ne que pa­sar por la co­mu­ni­dad. Pe­ro yo creo que a don­de va­ya el gu­sa­ni­llo va con­mi­go y se­gu­ra­men­te mis her­ma­nos lo com­par­ti­rán. En­ton­ces se­gui­re­mos tra­ba­jan­do, creo que se pue­de con­tar con ello.

—Aho­ra les lle­va 100 ki­los de arroz y la­tas to­das las se­ma­nas.

—Sí, ayer a la ma­ña­na sa­li­mos de com­pras y com­pra­mos pa­ra va­rias ve­ces. Pa­ra mí es el día más im­por­tan­te de la se­ma­na, más que el do­min­go, con per­dón del Se­ñor, que sé que no se ofen­de­rá. Es un día que, por muy mal que yo es­té, a mí me arre­gla. Es la ilu­sión de en­con­trar­los, la ilu­sión de ver una son­ri­sa, un ali­vio. Y al mis­mo tiem­po es una ex­pe­rien­cia que me de­ja una mar­ca pe­no­sa y do­lo­ro­sa, y es la de de­jar­los allí mien­tras yo re­gre­so a ca­sa.

—Us­ted afir­mó que «im­per­mea­bi­li­zar las fron­te­ras no es la so­lu­ción». ¿Hay al­gu­na?

—So­lu­cio­nes no ten­go. Pe­ro prin­ci­pios que creo que hay que res­pe­tar sí. Res­pe­tar los de­re­chos de los se­res hu­ma­nos, que tie­nen de­re­cho a emi­grar y a ha­cer­lo en con­di­cio­nes de se­gu­ri­dad.

—¿Se pue­de «re­edu­car» a la so­cie­dad pa­ra que no mi­re a otro la­do?

—No­so­tros tra­ba­ja­mos pa­ra cam­biar eso. Yo no pue­do cam­biar las po­lí­ti­cas de na­die, pe­ro cam­biar las con­cien­cias sí. He tra­ba­ja­do mu­cho pa­ra que la gen­te em­pie­ce a ver al emi­gran­te co­mo lo que es: una per­so­na, un po­bre en bus­ca de fu­tu­ro.

PA­CO RODRÍGUEZ

Agre­lo se des­pi­de es­te año de Tán­ger des­pués de 10 años co­mo ca­be­za del ar­zo­bis­pa­do.

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