La fies­ta de la al­dea

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - INÉS REY Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vicedo

Mis hi­jos, ade­más de to­dos los de­dos de ma­nos y pies, que era una co­sa que le preo­cu­pa­ba mu­chí­si­mo a mi ma­dre y se los con­ta­ba ya en las eco­gra­fías, tie­nen al­dea. To­dos los ni­ños de­be­rían te­ner al­dea. La ca­sa, los pri­mos, los tíos de la al­dea. Yo no la tu­ve, por­que era más de as­fal­to que los se­má­fo­ros, por eso me ca­sé con un se­ñor que te­nía al­dea. «No tie­ne pe­lo», me de­cía mi her­ma­na. «Tu ma­ri­do tam­po­co, pe­ro el mío tie­ne al­dea», zan­ja­ba yo. Que eso le da­ba ca­ché al ma­tri­mo­nio. To­dos los años se ha­ce la fies­ta de la al­dea, que es una ba­ca­nal de co­mi­da y be­bi­da des­de bien tem­prano has­ta la ma­dru­ga­da, que ya les gus­ta­ría a los del Fes­ti­val de Be­ni­cás­sim, con un par­ti­do de fút­bol ca­sa­dos-sol­te­ros por el me­dio, pa­ra ha­cer hue­co y po­der se­guir be­bien­do. Di­ce mi sue­gra que la lle­van ha­cien­do 50 años y que an­tes du­ra­ba 48 ho­ras, pe­ro que aho­ra los jó­ve­nes no aguan­ta­mos na­da y ca­da año se le ha­ce más cor­ta. Lo más im­por­tan­te de la fies­ta de la al­dea es la co­mi­da y la be­bi­da. Que no fal­te. Y que no so­bre. Por eso em­pe­za­mos a co­mer a la una de la tar­de y ter­mi­na­mos a las cin­co de la ma­ña­na, por­que allí las ra­cio­nes no se cal­cu­lan por per­so­na, sino por ho­ras. Lo mis­mo pa­sa con la be­bi­da. Que si pri­me­ro un ver­mú, lue­go una cer­ve­za, que si hay que co­mer con vino pa­ra que ba­jen los ca­llos, que si viene tu cu­ña­do con los mo­ji­tos pa­ra me­ren­dar. Co­mo el em­bo­te­lla­do es ca­se­ro lo mis­mo re­lle­nas el va­so con Men­cía que con li­cor ca­fé, por­que hay un mo­men­to en que ya no dis­tin­gues. Y tam­bién te­ne­mos pi­ro­tec­nia, cla­ro. Por­que co­mo es ile­gal se dis­fru­ta más, aun­que to­dos los años hay bron­ca. Que si va a ve­nir la Guar­dia Ci­vil, que si a los ni­ños les da mie­do, que si to­tal son cua­tro fo­gue­tes y no hay que po­ner­se así, que un día hay una des­gra­cia, que es­te año no se pue­den ti­rar por­que los de la al­dea ve­ci­na es­tán de lu­to. Así se va ca­len­tan­do la co­sa has­ta que te des­pis­tas y ya es­tán en­cen­di­dos, los pe­rros y los ni­ños vol­vién­do­se lo­cos. Que ni pe­rí­me­tro de se­gu­ri­dad ni le­ches. Lo me­jor de la fies­ta es que no hay ve­ci­nos, por­que son to­dos fa­mi­lia y es­tán allí, así que se po­ne la mú­si­ca a to­do vo­lu­men. To­do ter­mi­na abrup­ta­men­te cuan­do a al­guno le en­tra el sue­ño y cor­ta la luz. Has­ta el año que viene.

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