El hom­bre del tra­je de mons­truo

La Voz de Galicia (Barbanza) - - La Voz De Galicia - Mi­guel-An­xo Mu­ra­do Es­cri­tor e xor­na­lis­ta

Se mu­rió es­ta se­ma­na Ha­ruo Na­ka­ji­ma, el se­ñor que ha­bía den­tro del tra­je de God­zi­lla, aquel en­tra­ña­ble mons­truo del ci­ne de cien­cia-fic­ción ja­po­nés. Se ha ido un 7 de agos­to, un día des­pués del aniver­sa­rio de la bom­ba ató­mi­ca de Hi­ros­hi­ma y dos días an­tes del aniver­sa­rio de Na­ga­sa­ki. Me fi­jo en ese de­ta­lle por­que es­te hom­bre en­car­na­ba una me­tá­fo­ra. God­zi­lla —o Go­ji­ra, co­mo se lo co­no­cía en Ja­pón— sim­bo­li­za­ba a su ma­ne­ra el mie­do nu­clear, el trau­ma de la ra­dia­ción su­bli­ma­do en for­ma de en­tre­te­ni­mien­to. El ar­gu­men­to era es­te: God­zi­lla es un sau­rio que vi­ve tran­qui­lo des­de ha­ce mi­llo­nes de años en una fo­sa ma­ri­na, has­ta que una prue­ba ató­mi­ca le ha­ce mu­tar en un bi­cho de 60.000 to­ne­la­das cu­yo alien­to es in­cen­dia­rio y ra­diac­ti­vo a la vez, y que se en­tre­tie­ne pi­so­tean­do ciu­da­des con sus pa­tas (que en unas pe­lí­cu­las pre­sen­tan tres de­dos y en otras, por al­gu­na ra­zón, so­lo dos). Pe­ro la cien­cia-fic­ción so­lo es­ta­ba en los de­ta­lles. La idea le ha­bía ve­ni­do a su crea­dor, Is­hi­ro Hon­da, a raíz de un in­ci­den­te ocu­rri­do en mar­zo de 1954, cuan­do un bar­co de pes­ca ja­po­nés se vio afec­ta­do por la ra­dia­ción de las prue­bas nu­clea­res del ato­lón de Bi­ki­ni. De he­cho, las alu­sio­nes eran tan di­rec­tas que pa­ra la ver­sión nor­te­ame­ri­ca­na se sus­ti­tu­ye­ron vein­te mi­nu­tos de me­tra­je y se eli­mi­na­ron las re­fe­ren­cias a la bom­ba ató­mi­ca. El año an­te­rior ha­bía ter­mi­na­do —o más bien se ha­bía in­te­rrum­pi­do— la gue­rra de Co­rea, en la que se lle­gó a con­tem­plar se­ria­men­te el uso del ar­ma ató­mi­ca. Era un asun­to de­li­ca­do. Mien­tras tan­to, el Ja­pón en el que na­ció God­zi­lla era aún el de la pos­gue­rra. Era di­fí­cil en­con­trar cau­cho o lá­tex, y el tra­je de mons­truo hu­bo que ha­cer­lo de te­la y hor­mi­gón pre­mez­cla­do. Pe­sa­ba unos 90 ki­los. En su in­te­rior, Na­ka­ji­ma so­por­ta­ba tem­pe­ra­tu­ras de 40 gra­dos. Él de­cía que pa­ra cons­truir su personaje se ha­bía pa­sa­do tar­des en el zoo del par­que Ueno de To­kio, es­tu­dian­do los mo­vi­mien­tos de los ele­fan­tes

y los osos. Al fin y al ca­bo, era un ac­tor del mé­to­do, un an­ti­guo se­cun­da­rio de Ku­ro­sa­wa. Pe­ro la ver­dad es que God­zi­lla no se mue­ve co­mo un oso, y me­nos aún co­mo un ele­fan­te, sino co­mo un ti­po que se asa den­tro de un tra­je de ce­men­to; lo cual, al fi­nal, es mu­cho más es­pe­luz­nan­te. En una de las pe­lí­cu­las in­clu­so se ve co­mo el tra­je se le in­cen­dia de ver­dad y el ac­tor sa­cu­de los bra­zos tra­tan­do de apa­gar el fue­go. A mí me con­mue­ve la his­to­ria de es­te hom­bre que se pa­só vein­te años en­fun­dán­do­se un tra­je de mons­truo pa­ra aplas­tar ma­que­tas de To­kio en el só­tano de los es­tu­dios Toho, co­mo quien se va a la ven­di­mia a pi­sar uva. Lo vi de ni­ño en el ci­ne en Lu­go, en una de aque­llas se­sio­nes de los sá­ba­dos en las que anun­cia­ban una pe­lí­cu­la y po­nían otra; y co­mo era pe­que­ño, me que­dé so­lo con as­pec­tos me­no­res de la tra­ma, co­mo el he­cho de que el mons­truo co­mía pes­ca­do, que a mí no me gus­ta­ba. El terror nu­clear se ha­bía ate­nua­do ya, y en las si­guien­tes pe­lí­cu­las de la se­rie God­zi­lla se fue ha­cien­do más em­pá­ti­co, has­ta con­ver­tir­se en un de­fen­sor de la ra­za hu­ma­na. Los mie­dos, cuan­do no se ma­te­ria­li­zan, en­ve­je­cen y se aca­ban con­vir­tien­do in­clu­so en nos­tal­gias. A ve­ces vuel­ven. Ha­ruo Na­ka­ji­ma se ha muer­to en el aniver­sa­rio de Hi­ros­hi­ma y Na­ga­sa­ki, pe­ro tam­bién jus­to en los días en los que aquel mie­do a un apo­ca­lip­sis nu­clear, que pa­re­cía ya en­te­rra­do y ol­vi­da­do, ha vuel­to a aso­mar en los ti­tu­la­res de pren­sa a cau­sa de la cri­sis en­tre Co­rea del Nor­te y Es­ta­dos Uni­dos. Quién sa­be si el hom­bre del tra­je de mons­truo te­mía que, de que­dar­se más tiem­po por aquí, aca­ba­ría en­con­trán­do­se ca­ra a ca­ra con su otro yo, los dos fren­te a fren­te, la reali­dad y la fic­ción, el mie­do y su som­bra.

ILUS­TRA­CIÓN ED CAROSIA

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