Tiem­po de ven­di­mia

La Voz de Galicia (Barbanza) - - OPINIÓN -

HEMEROTECA

La­men­té, en ver­dad, no po­der po­ner­me en Be­tan­zos pa­ra ce­le­brar la fies­ta de la ven­di­mia, y de­cir que aquel vino de allí, tan mo­ci­to, to­da­vía ra­ci­mo en las viñas, y al que si­guien­do esa es­cue­la que en Fran­cia en­con­tró cua­si teó­lo­gos, y que sos­tie­ne que has­ta las nu­bes que pa­san y las can­cio­nes que se can­tan al ven­di­miar in­fluen­cian la uva, y por en­de el vino, de­bie­ra con­ta­giár­se­le al­go de la gra­ve ma­du­rez del pai­sa­je be­tan­cei­ro en sep­tiem­bre; por de­cir­lo una vez más, uno no cree pe­car: en pin­tu­ra, oros, vio­le­tas y car­mi­nes de los ve­ne­cia­nos; to­dos los es­tíos y oto­ños hay en Be­tan­zos, al ai­re li­bre, una ex­po­si­ción de pin­tu­ra ve­ne­cia­na, y el Ve­ro­ne­se y el Tin­to­ret­to man­dan esos paí­ses de opu­len­tas co­li­nas y le­ja­nas ma­ri­nas lu­mi­no­sas que pu­sie­ron por fon­do en sus cua­dros... Y pues lle­vo in­ves­ti­ga­do al­go en los ri­tos ven­di­miar­los, me hu­bie­ra gus­ta­do que se en­sa­ya­se al­guno.

El grie­go creía que un ri­to rec­ta­men­te cum­pli­do era in­fa­li­ble y yo es­toy con él, di­cien­do que el hu­mano co­ra­zón po­ne las ro­sas en abril y los ra­ci­mos en sep­tiem­bre en la me­mo­ria de Dios. Por sep­tiem­bre pa­ra im­pe­trar la fe­cun­di­dad de las viñas, el grie­go ce­le­bra­ba las fies­tas as­co­llas, en ho­nor de un ju­ve­nil Ba­co As­co­llo, de en­sor­ti­ja­da ca­be­lle­ra, en la que se en­re­da­ban ra­ci­mos.

Y el gran nú­me­ro de es­tas fies­tas era el sal­to so­bre el odre: se hin­cha­ba de ai­re un odre, y se em­ba­dur­na­ba al ex­te­rior con acei­te, y los jó­ve­nes sal­ta­ban a pa­ta co­ja so­bre él, in­ten­tan­do sos­te­ner­se en el res­ba­lo­so cue­ro con so­lo un pie, lo que no era fá­cil. Si el odre es­ta­ba lleno de vino, se le con­ce­día por premio al ven­ce­dor.

No se dis­cu­te el ori­gen cam­pe­sino de es­te jue­go, y Aris­tó­fa­nes, en su co­me­dia Plu­to, lo alu­de. Se­gún Era­tós­te­nes lo in­ven­tó Ica­rio, aquel que apren­dió de Ba­co a cul­ti­var las viñas y el pri­mer vi­ña­dor fue y co­se­che­ro de vino que hu­bo en el mun­do.

Tu­vo una tris­te muer­te: pa­sa­ban unos pas­to­res, al lus­co ves­per­tino, Jun­to a la bo­de­ga de Ica­rio, —la pri­me­ra bo­de­ga, ami­gos: el pri­mer vino guar­da­do en las pan­zu­das ollas, en la som­bra y en el si­len­cio—, e Ica­rio, ge­ne­ro­so de su des­cu­bri­mien­to, los con­vi­dó a vino; los pas­to­res se em­bo­rra­cha­ron, y cre­yen­do que Ica­rio ha­bía in­ten­ta­do en­ve­ne­nar­los con aquel ro­jo li­cor ar­dien­te, — el pri­mer vino fue el tin­to—, le die­ron muer­te ho­rri­ble con sus bor­do­nes. Jú­pi­ter co­lo­có a Ica­rio en­tre los astros, y se le tu­vo por un dios... Pu­di­mos ha­ber he­cho as­co­llas­mo, co­mo grie­gos y ro­ma­nos, en Be­tan­zos, en es­tos días de ven­di­mia. En Pro­ven­za, cuen­ta Glono, «en esa tie­rra en la que siem­pre es­tá a pun­to de re­su­ci­tar el pa­ga­nis­mo» se ce­le­bran di­ver­sos ri­tos ven­di­miar­los, al­gu­nos co­mu­nes al pan y al vino, y es el más her­mo­so al que obli­ga, en vís­pe­ras de ven­di­mia, a la fa­mi­lia pro­pie­ta­ria de las viñas a ir a ha­cer en­tre ellas la co­mi­da de la tar­de, co­ci­nan­do y co­mien­do en el vi­ñe­do, al que en la con­ver­sa­ción se alu­de co­mo casa, hogar, y se le po­ne al vino asien­to ca­bo el fue­go, pri­me­ro, y pla­to en la me­sa, des­pués, y se le da a be­ber a la tie­rra vino de la an­te­rior aña­da, y el ca­be­za de fa­mi­lia, que es­tá cu­bier­to con un som­bre­ro de pa­ja ador­na­do con una cin­ta de la que cuel­gan mo­ne­das an­ti­guas, ca­da vez que sir­ve co­mi­da en el pla­to de Don Vino, o ti­ra a la tie­rra el con­te­ni­do de una ja­rri­na, se qui­ta el som­bre­ro, re­ve­ren­te, y di­ce que apro­ve­che.

Se tra­ta de do­mi­ci­liar, de atraer y re­te­ner, los es­pí­ri­tus que ya­cen en la uva, y son ca­pa­ces de trans­for­mar «fer­men­tos di­vi­na­les» que ala­bo Pa­ra­cel­so, el mos­to en vino. ¿Quién re­cha­zar­la en Be­tan­zos, en las jor­na­das ven­di­mia­les, ir a ce­nar al cam­po, en­tre las vi­des, y en­cen­der ve­ra de ellas so­lem­nes y vi­va­ces ho­gue­ras cre­pi­tan­tes. En Pro­ven­za, pa­ra cris­tia­ni­zar la fies­ta, llevan de ca­da casa a las viñas una ima­gen de un san­to: San Fran­cis­co, San An­to­nio Abad, San Be­ni­to, San Pe­dro y los anár­gi­ros Cos­me y Damián y e| ro­me­ro Ro­que, son los pe­di­dos, y se les po­ne al­tar­ci­llo en una ce­pa y se can­ta y se bai­la has­ta el al­ba. Lo que no re­co­men­da­rá que ha­gan en Be­tan­zos es lo que pa­re­ce que fue cos­tum­bre, se­cre­ta­men­te arras­tra­da por los si­glos en Si­ci­lia, en tiem­po de ven­di­mia: ma­tar un ex­tran­je­ro, y en­te­rrar­lo en los vi­ñe­dos al co­men­zar a ven­di­miar. Pe­ro ha­bía que ma­tar­lo en la vi­ña, y que die­ra su san­gre a la tie­rra. El Mar­sa­la, el Cor­vo, El Zuc­co, con­ser­va­ron así su po­der y per­fu­me. Eran vi­nos bus­ca­dos pa­ra be­be­di­zos y en­vol­tu­ra de ve­ne­nos re­so­lu­ti­vos(...)

Re­pi­to que sien­to no ha­ber Ido a Be­tan­zos pe­ro no de­ja­ré pa­sar el mes sin ir a pro­bar el mos­to. To­da­vía col­ga­rán los ve­ne­cia­nos. en­tre cie­lo y tie­rra de las Ma­ri­ñas, sus her­mo­sos, ater­cio­pe­la­dos, ri­cos y pro­fun­dos paí­ses.

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