«Es­ta­mos an­te uno de los fe­nó­me­nos más gra­ves y de­gra­dan­tes de la his­to­ria de la Igle­sia»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - SOCIEDAD - M. C.

No se an­da con ro­deos. Juan Jo­sé Ta­ma­yo, teó­lo­go vin­cu­la­do a la Teo­lo­gía de la Li­be­ra­ción y di­rec­tor de la Cá­te­dra de Teo­lo­gía y Cien­cias de las Re­li­gio­nes de la Uni­ver­si­dad Car­los III de Ma­drid, cree que el es­cán­da­lo de lo abu­sos se­xua­les que gol­pea a la Igle­sia ca­tó­li­ca «es uno de los fe­nó­me­nos más gra­ves y de­gra­dan­tes de la his­to­ria de la Igle­sia». Y no deja de sor­pren­der­le «la fal­ta de con­cien­cia de pe­ca­do y de de­li­to que tie­nen las aso­cia­cio­nes de pe­de­ras­tas que se han crea­do den­tro de la igle­sia pa­ra de­lin­quir ba­sán­do­se en la con­fian­za ge­ne­ra­da en unos pa­dres o ni­ños que ven a esas per­so­nas con un au­ra sagrada al ser re­pre­sen­tan­tes de Dios». A su juicio to­dos esos de­li­tos de pe­de­ras­tia «no tie­nen jus­ti­fi­ca­ción. Es con­de­na­ble des­de el pun­to de vis­ta re­li­gio­so y pu­ni­ble le­gal­men­te. Pe­ro tie­nen ex­pli­ca­ción».

—¿Ex­pli­ca­ción? ¿Cuál es?

—Po­dría­mos re­su­mir­lo en un de­cá­lo­go. La es­truc­tu­ra je­rár­qui­ca pi­ra­midal de la Igle­sia ca­tó­li­ca que es mu­cho más rí­gi­da que un ré­gi­men mi­li­tar; el pa­triar­ca­do co­mo un mé­to­do de do­mi­na­ción de las mu­je­res; la or­ga­ni­za­ción cle­ri­cal que se ve con po­der so­bre las al­mas, las con­cien­cias y los cuer­pos; la teo­ría de la mas­cu­li­ni­dad sagrada que en­tien­de que el clé­ri­go, va­rón, es el úni­co representante de Dios por­que co­mo de­cía la fe­mi­nis­ta Mary Daly, ‘‘si Dios es va­rón, el va­rón es Dios’’; el ce­li­ba­to obli­ga­to­rio que ge­ne­ra una bru­tal y te­rri­ble re­pre­sión an­ti­na­tu­ral y que creo que es una de las cau­sas más re­le­van­tes de una de­ri­va­ción se­xual per­ver­sa; el de­te­rio­ro de la vi­da re­li­gio­sa y sa­cer­do­tal con una fal­ta de ejem­pla­ri­dad por par­te del sa­cer­do­te, el re­li­gio­so o la re­li­gio­sa; la obe­dien­cia y su­mi­sión a to­das las ór­de­nes re­li­gio­sas por in­jus­tas que sean; la dis­cri­mi­na­ción de las mu­je­res que no son re­co­no­ci­das co­mo su­je­tos re­li­gio­sos ni teo­ló­gi­cos; la fal­ta de po­der de los se­gla­res en la igle­sia pe­se a ser ma­yo­ría, y la com­pli­ci­dad del ocul­ta­mien­to co­mo for­ma de pro­te­ger­se tan­to el cle­ro co­mo los di­ri­gen­tes de la ins­ti­tu­ción ecle­siás­ti­ca.

—Ha­bla de ocul­ta­ción. No ha­ce mu­chos días la igle­sia aus­tra­lia­na se ne­gó a re­ti­rar del se­cre­to de con­fe­sión los de­li­tos de abu­so. ¿Qué le pa­re­ce es­ta ac­ti­tud?

—Lu­te­ro de­cía que la con­fe­sión ca­tó­li­ca era una car­ni­ce­ría de con­cien­cia. Es pro­te­ger­se en el se­cre­to de con­fe­sión pa­ra co­me­ter un crimen. Creo que en el ca­so de la pe­de­ras­tia no se merece per­dón por­que a quien se per­do­na po­dría vol­ver a de­lin­quir.

—La car­ta del ex­nun­cio Car­lo Ma­ria Vi­ga­nò es de­mo­le­do­ra. ¿Cree que el pa­pa Fran­cis­co co­no­cía el te­ma de los abu­sos co­mo di­ce?

—No lo po­dre­mos sa­ber nun­ca, sal­vo que nos fie­mos de la pa­la­bra del pa­pa que, al pa­re­cer, va a hablar. No pue­do de­cir que lo que di­ce Vi­ga­nò sea ver­dad, o no. No pue­do opi­nar, pe­ro pue­do de­cir que los pa­pa­dos an­te­rio­res eran co­no­ce­do­res de es­ta si­tua­ción por­que lle­ga­ban de­nun­cias des­de ha­ce 60 o 70 años so­bre com­por­ta­mien­tos de es­te ti­po. El Vaticano fue el prin­ci­pal en­cu­bri­dor.

Juan J. Ta­ma­yo.

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