Co­brar de­be­ría ser obli­ga­to­rio

La Voz de Galicia (Carballo) - Carballo local - - BERGANTIÑOS-SONEIRA-FISTERRA - Cris­ti­na Viu

De ha­ce un tiem­po a esta par­te se es­tá po­nien­do de mo­da la po­lí­ti­ca lo­cal ama­teur, lo que vie­ne sien­do la ges­tión mu­ni­ci­pal como hobby o de tiem­po li­bre. Ser un al­cal­de o un con­ce­jal pro­fe­sio­nal pa­re­ce es­tar mal vis­to y así han sur­gi­do re­gi­do­res como el de Pon­te­ce­so y aho­ra el de Co­ris­tan­co que han de­ci­di­do com­pa­ti­bi­li­zar el ser­vi­cio a los ciu­da­da­nos con el tra­ba­jo o pro­me­tie­ron no co­brar y lue­go no pu­die­ron cum­plir.

He­mos vis­to ca­sos de al­cal­des que com­pa­ti­bi­li­za­ron has­ta tres suel­dos pú­bli­cos y uno de ellos por de­di­ca­ción ex­clu­si­va al Con­ce­llo, al­go im­po­si­ble cuan­do ade­más se es dipu­tado. La ex­clu­si­vi­dad no tie­ne tér­mino me­dio, o se tie­ne o no se tie­ne. Y no se pue­de apli­car a la po­lí­ti­ca en general sino a un car­go con­cre­to.

Co­brar por ha­cer un tra­ba­jo es al­go fun­da­men­tal. Ga­ran­ti­za se­rie­dad y res­pon­sa­bi­li­dad y evi­ta ten­ta­cio­nes. Los po­lí­ti­cos tie­nen que vi­vir con dig­ni­dad y los ayun­ta­mien­tos exi­gen una pre­sen­cia cons­tan­te, el con­trol de los fun­cio­na­rios y una to­ma de de­ci­sio­nes rá­pi­da y ade­cua­da.

No co­brar por ejer­cer de al­cal­de solo es ga­ran­tía de que la la­bor se ha­ce a me­dias, de que la ca­be­za es­tá en va­rios si­tios y no para aten­der las ne­ce­si­da­des de quie­nes vo­ta­ron. Na­die, aun­que se­ra muy jo­ven, pue­de man­te­ner dos jor­na­das la­bo­ra­les a tiem­po com­ple­to, al me­nos du­ran­te lar­go tiem­po, con lo que, es lo ha­bi­tual, los dos tra­ba­jos aca­ban por re­sen­tir­se.

Los con­ce­llos exi­gen pro­fe­sio­na­li­dad, es­tar al lo­ro de las ne­ce­si­da­des, de las po­si­bi­li­da­des de sub­ven­ción, de las nuevas ideas que pue­den sur­gir para ha­cer más agra­da­ble la vi­da de los ciu­da­da­nos.

Desde ha­ce ya unos años, los ayun­ta­mien­tos se ha lle­na­do de fun­cio­na­rios, que son ca­si las úni­cas per­so­nas que tie­nen tiem­po para de­di­car­lo a la po­lí­ti­ca y que sa­ben que en cuan­to la de­jen, o ella los de­je a ellos, ten­drán ase­gu­ra­do el pues­to de tra­ba­jo con el que ali­men­tar a los hi­jos.

Los fun­cio­na­rios no son me­jo­res ni peo­res que otros tra­ba­ja­do­res, pe­ro no pue­den ser prác­ti­ca­men­te los úni­cos en el ser­vi­cio pú­bli­co, so­bre todo en los ayun­ta­mien­tos pe­que­ños.

Así pues, hay que co­brar por tra­ba­jar para los ve­ci­nos, pe­ro tam­bién hay que te­ner la se­gu­ri­dad de que tras un tiem­po como al­cal­de o con­ce­jal no ha­brá que re­cu­rrir a las puer­tas gi­ra­to­rias para po­der man­te­ner la dig­ni­dad la­bo­ral.

Es el sis­te­ma el que pa­re­ce em­pu­jar a al­gu­nos a bus­car­se la vi­da de for­ma mo­ral­men­te cues­tio­na­ble an­te la po­si­bi­li­dad de que­dar­se sin un tra­ba­jo para el que te han ele­gi­do. Igual que te han pues­to te pue­den qui­tar y no de­be­ría im­por­tar si pue­des re­cu­pe­rar la pro­fe­sión o el ofi­cio que tu­vis­te que de­jar apar­ca­do. El pro­ble­ma es cuan­do la po­lí­ti­ca es la úni­ca salida. En­ton­ces hay que afe­rrar­se a ella.

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