De Le­van­te a Ga­li­cia, uni­dos por el Ca­mino

«(...) Re­cor­dé siem­pre un mar de le­yen­das y un graz­ni­do de ga­vio­tas cons­tan­te en mis oí­dos. El mar del que ha­bla Cel­so Emi­lio Fe­rrei­ro, Ro­sa­lía de Cas­tro o Ma­nuel Ri­vas (...)»

La Voz de Galicia (Carballo) - Carballo local - - BERGANTIÑOS-SONEIRA-FISTERRA - MILA VI­LLA­NUE­VA Mila Vi­lla­nue­va Poe­ta, ges­to­ra cul­tu­ral, pre­si­den­ta de Con­ci­liar­te y vo­cal del Cen­tro Ga­le­go de Valencia DNI Mila Vi­lla­nue­va Poe­ta de ori­gen ga­lle­go re­si­den­te en Valencia, don­de pre­si­de Con­ci­liar­te, una en­ti­dad que reúne a ar­tis­tas y aut

Las pri­me­ras pla­yas que po­bla­ron mi in­fan­cia eran de una are­na tan blanca como el azú­car y sus frías aguas me ha­cían ti­ri­tar. Allí for­jé mis pri­me­ros cas­ti­llos en el ai­re. Re­cor­dé para siem­pre el olor de las al­gas, el fuer­te olea­je, las bar­cas tum­ba­das bo­ca aba­jo, las in­men­sas ca­ra­co­las y el color gri­sá­ceo del Océano mez­cla­do con la nie­bla.

Las mu­je­res que pa­sa­ban con sus ces­tos de pes­ca­do en la ca­be­za, las ma­ris­ca­do­ras ama­ne­cien­do jun­to al mar, los per­ce­bei­ros so­bre las ro­cas. Los tem­po­ra­les que lle­na­ban de es­pu­ma las ace­ras, el mar sal­pi­can­do en las ven­ta­nas. Re­cor­dé siem­pre un mar de le­yen­das y un graz­ni­do de ga­vio­tas cons­tan­te en mis oí­dos. El mar del que ha­bla Cel­so Emi­lio Fe­rrei­ro, Ro­sa­lía de Cas­tro o Ma­nuel Ri­vas. Lle­gué a Valencia en una no­che de sep­tiem­bre de ha­ce ya va­rios años. Mi sen­sa­ción, a pe­sar de que di­cen que el ga­lle­go nun­ca de­ja su tie­rra atrás, fue tam­bién la de ha­ber lle­ga­do a ca­sa. A mi otra ca­sa, a la ca­sa de la luz, la ca­sa de la ale­gría, de la crea­ti­vi­dad, de los ama­ne­ce­res de la Mal­va­rro­sa, del su­su­rro de las pal­me­ras, de los cie­los ín­di­go del verano con las si­llas a las puer­tas de las ca­sas, a la em­bria­ga­do­ra tie- rra del azahar, de los ane­ga­dos campos de arroz y de las ba­rra­cas per­di­das por los huer­tos do­ra­dos de las tar­des.

Des­cu­brir a He­ming­way en un re­tra­to en la pla­ya de las Are­nas, des­cu­brir la ca­sa de Mar­ti en la pla­za del Mi­la­gro, a Luis Vi­ves en el si­len­cio de la Nau, los pe­que­ños huer­tos al lado de los ras­ca­cie­los, los ge­ra­nios y las bu­gan­vi­llas que tre­pan por todos los bal­co­nes, las azu­les cú­pu­las, la mag­ni­fi­cen­cia de los mer­ca­dos, la tum­ba de So­ro­lla en el si­len­cio del ce­men­te­rio, la ca­sa de Ma­cha­do en Ro­ca­fort, des­cu­brir ca­da es­qui­na, ca­da ca­lle, ca­da fuen­te, ca­da jar­dín, ca­da pla­za, fue una ex­pe­rien­cia que me en­ri­que­ció po­co a po­co y pa­so a pa­so y me hi­zo cre­cer con la pro­pia ciudad don­de me sen­tí siem­pre aco­gi­da.

Ga­li­cia y el Le­van­te com­par­ten va­rias cosas, es­ta­mos uni­dos por el Ca­mino de San­tia­go que nos trae has­ta aquí, has­ta la mí­ti­ca Fis­te­rra, sa­lien­do desde Al- mu­saf­fes re­co­rri­do por pe­re­gri­nos de todas par­tes del mun­do. Te­ne­mos en co­mún el mar, al­go que nos ha abier­to como puer­ta de pa­so a otras ci­vi­li­za­cio­nes, a otras len­guas, el co­mer­cio, los negocios, las nuevas ru­tas y nos da ese sen­ti­do de tras­cen­den­cia y de am­pli­tud de mi­ras tan ne­ce­sa­rio en ca­da mo­men­to de la vi­da. Por aña­di­du­ra, Ga­li­cia y Valencia son dos au­to­no­mías que dis­po­nen de su pro­pia len­gua. Co­no­cer, ha­blar, leer y es­cri­bir en la len­gua que nos han trans­mi­ti­do nues­tros an­ces­tros es un gran te­so­ro que todos de­be­mos de man­te­ner y cui­dar. Pe­ro nos une so­bre todo ese es­pí­ri­tu que plan­ta ca­ra a la ad­ver­si­dad, que se le­van­ta tras la caí­da y que de­mues­tra dig­ni­dad y va­lor cuan­do real­men­te se ne­ce­si­ta.

Valencia fue aso­la­da por va­rias ria­das, por la pan­ta­na­da de Thous y por el trá­gi­co ac­ci­den­te del me­tro que vis­tió de lu­to nues­tros co­ra­zo­nes. Ga­li­cia por los in­cen­dios, el desas­tre del Pres­ti­ge o el ac­ci­den­te del tren Al­via, don­de se mos­tró la va­len­tía de los ve­ci­nos de An­grois.

Que no nos fal­te nun­ca el co­ra­je, ese que ga­lle­gos y va­len­cia­nos de­mos­tra­mos ca­da día, y ese es­pí­ri­tu de com­pro­mi­so y de en­tre­ga que mi­ti­ga en lo po­si­ble la tra­ge­dia y la des­gra­cia.

Hoy ven­go a Fis­te­rra a re­ci­bir el be­so del vien­to, a com­par­tir ar­te y belleza y me­dian­te ellos de­rri­bar fron­te­ras y crear un mun­do mejor. Es un viaje de her­ma­na­mien­to. Se ne­ce­si­tan ar­tis­tas, se ne­ce­si­tan poe­tas en es­tos tiem­pos con­vul­sos. Ven­go a que­mar mis ro­pas en el rojo atar­de­cer y a re­zar a los pies do Cris­to da bar­ba dou­ra­da, ese al que le cre­ce el pe­lo y que tam­bién nos tra­jo el mar, por eso re­co­jo los ver­sos de An­gel Valente para de­cir: «Cris­to de tiem­po y san­gre y ne­gro/ ros­tro, ba­jo des­pa­cio has­ta tu pe­cho/ para apo­yar allí mi oí­do, / y es­cu­char el le­jano ru­mor del sor­do mar…».

«Que no nos fal­te el co­ra­je, el que ga­lle­gos y va­len­cia­nos de­mos­tra­mos ca­da día»

ANA GAR­CÍA

Mila Vi­lla­nue­va, en Fis­te­rra, en el en­cuen­tro literario in­ter­na­cio­nal de es­te fin de se­ma­na.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.