La muer­te no siem­pre es pa­ra otro

La Voz de Galicia (Carballo) - Carballo local - - BERGANTIÑOS-SONEIRA-FISTERRA - To­ni Lon­guei­ra

Fue­ron ape­nas 25 mi­nu­tos. Eran las cin­co y me­dia de la tar­de de ayer y llo­vía de for­ma te­nue e in­ter­mi­ten­te en la DP-1914. Los vehícu­los cir­cu­la­ban con las lu­ces de cru­ce en­cen­di­das y la zo­na de A Al­ta de En­tre­cru­ces ya no era vi­si­ble por cul­pa de la nie­bla. En esos 25 mi­nu­tos la je­fa pro­vin­cial de Trá­fi­co en A Co­ru­ña, Vic­to­ria Gó­mez, y el res­pon­sa­ble del des­ta­ca­men­to de Trá­fi­co de la Guardia Ci­vil de A Co­ru­ña, Jo­sé Ma­nuel Ló­pez San­ti­so, pa­ra­ron a sie­te per­so­nas en la rec­ta de Rus, uno de los tra­mos de ma­yor si­nies­tra­li­dad de la Cos­ta da Mor­te y es­ce­na­rio de nu­me­ro­sos ac­ci­den­tes mor­ta­les en los úl­ti­mos años. Pues bien, de es­tos sie­te pea­to­nes, so­lo uno, Al­si­ra Filgueira Agre­lo, lle­va­ba el cha­le­co re­flec­tan­te. Y de­be te­ner tiem­po por­que no era un ama­ri­llo pre­ci­sa­men­te re­lu­cien­te. Se­gún ex­pli­có Al­si­ra, es­te pren­da te­nía en­tre 15 y 20 años y se lo ha­bía en­tre­ga­do su ma­ri­do. Al­si­ra es­ta­ba ha­blan­do con otros dos ve­ci­nos de A Ca­no­sa, Jesús Por­tei­ro y Jo­se­fa Ta­sen­de. Am­bos re­co­no­cie­ron que tie­nen en sus ca­sas es­ta pren­da re­flec­tan­te de obli­ga­do uso pa­ra pea­to­nes, pe­ro ni uno ni el otro lo lle­va­ban ayer pues­tos. Y eso que ve­nían de la far­ma­cia.

Luis Agre­lo Co­lla­zo cum­pli­rá el pró­xi­mo mes 91 años. Ayer sa­lía de un ba­jo de su pro­pie­dad y los agen­tes lo pa­ra­ron pa­ra ex­pli­car­le la ne­ce­si­dad de usar el cha­le­co re­flec­tan­te, ade­más de re­ga­lar­le uno con mo­ti­vo de la cam­pa­ña de pre­ven­ción ini­cia­da ayer. Es­te ve­cino di­jo que te­nía uno en ca­sa y el que le die­ron los agen­tes se lo iba a dar a su mu­jer, que no te­nía. Por cier­to, su es­po­sa sa­lió de ca­sa, si­tua­da jus­to en­fren­te del ba­jo y cru­zó la ca­rre­te­ra por una zo­na no ha­bi­li­ta­da pa­ra pea­to­nes, cuan­do a unos 20 me­tros ha­bía uno ha­bi­li­ta­do. Y co­mo su­ce­de en la ma­yo­ría de los ca­sos, tam­po­co lle­va­ba pren­da re­flec­tan­te al­gu­na.

Pe­se a la ele­va­da si­nies­tra­li­dad, la muer­te de ve­ci­nos, ami­gos y fa­mi­lia­res atro­pe­lla­dos en los úl­ti­mos años, eran muy po­cos los que ves­tían de­bi­da­men­te vi­si­bles pa­ra los con­duc­to­res en­tre Rus y En­tre­cru­ces.

Las cam­pa­ñas de Trá­fi­co y de la Guardia Ci­vil no pa­re­cen sur­tir efec­to. Si­gue exis­tien­do esa sen­sa­ción de que la muer­te es pa­ra el otro y que a uno no le to­ca to­ca. Es el ex­ce­so de con­fian­za que lle­va a un pea­tón a cir­cu­lar por el ar­cén, si es que lo hay, dan­do la es­pal­da a los vehícu­los, o a no mi­rar cuan­do se va a cru­zar la ca­rre­te­ra con­fian­do en que te van a ver. Es cier­to que la DP-1914 pre­ci­sa de una me­jo­ra en el alum­bra­do pú­bli­co. Co­piar el mo­de­lo de Ar­tei­xo, don­de han ins­ta­la­do va­rios fo­cos apun­tan­do a los pa­sos de pea­to­nes. Pe­ro no es me­nos cier­to que la so­cie­dad con­ti­núa sin con­cien­ciar­se de lo que su­po­ne ca­mi­nar jun­to a una vía tan tran­si­ta­da co­mo es­ta. Lue­go pa­sa lo que pa­sa y vie­nen las la­men­ta­cio­nes. Y las crí­ti­cas.

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