La se­xua­li­za­ción de las de die­ci­sie­te

La Voz de Galicia (Carballo) - Carballo local - - BERGANTIÑOS-SONEIRA-FISTERRA - Marta Ló­pez

Muy po­pu­lar se ha vuel­to el tér­mino «se­xua­li­za­ción» úl­ti­ma­men­te. Esas ni­ñas de re­vis­ta de mo­da que, de no ser por su es­ta­tu­ra, bien po­drían pa­sar por mu­je­res adul­tas. Por sus ves­ti­men­tas ex­ce­si­va­men­te pro­vo­ca­ti­vas. Por sus po­ses pre­co­ces. Muy mo­nas, sí, y muy mo­nos tam­bién los mo­de­li­tos que vis­ten, pe­ro no de­jan de ser unas ni­ñas, y ese es un men­sa­je que no ter­mi­na de ca­lar.

Me­nos evi­den­te es la se­xua­li­za­ción de la ado­les­cen­cia. Con die­ci­séis, die­ci­sie­te años, a pun­to de al­can­zar la an­sia­da ma­yo­ría de edad, las lí­neas di­vi­so­rias se di­fu­mi­nan, y ya pa­re­ce que to­do va­le. Se da por vá­li­do que se suba a tres me­no­res a un es­ce­na­rio y se mi­da con un aplau­só­me­tro quien de las tres mue­ve me­jor el cu­lo [no lo lea ex­tra­ña­do, es­to ha pa­sa­do en la reali­dad, y aquí en la Cos­ta da Mor­te]. Tam­bién se da por vá­li­do que las chi­cas en­tren gra­tis a las dis­co­te­cas [y ellos no], o que las ge­ren­cias las in­vi­ten a chu­pi­tos por el me­ro he­cho de ser chi­cas.

Sin de­cir ni el quién, ni el cuán­do, ni el dón­de, a con­ti­nua­ción se re­la­ta una si­tua­ción 100 % ve­rí­di­ca. Una ver­be­na noc­tur­na, mu­cho al­cohol y una or­ques­ta muy po­pu­lar en­tre la gen­te jo­ven. Sube una chi­ca al palco que aca­ba de cum­plir los 17, y la ban­da le can­ta el Cum­plea­ños Fe­liz. Has­ta ahí to­do bien, pe­ro cuan­do la jo­ven — vi­si­ble­men­te emo­cio­na­da por el re­co­no­ci­mien­to que aca­ba de re­ci­bir y por su mi­nu­to de glo­ria— se dis­po­ne a aban­do­nar el es­ce­na­rio, uno de los can­tan­tes la fre­na: «Nin­gu­na cum­plea­ñe­ra se ba­ja de nues­tro es­ce­na­rio sin pe­rrear con nues­tros dos cu­ba­nos». Y ahí se le apro­xi­man los dos mú­si­cos, se fro­tan las ma­nos e in­clu­so bro­mean con quién de los dos se pon­drá «por de­lan­te» y quién «por de­trás» de la chi­ca. Y ahí van, al lío, a ha­cer­se un

sand­wich. Se mar­can un bai­le al que re­sul­ta in­clu­so in­có­mo­do mi­rar. Lle­ga a ser de­ma­sia­do pri­va­do co­mo pa­ra que lo pre­sen­cien cien­tos de pa­res de ojos.

Miradas ató­ni­tas por do­quier, y no es pa­ra me­nos. Es una me­nor de edad.

Muy di­ver­ti­da la bro­ma, y un de­ta­lle que la suban y le can­ten por su aniver­sa­rio an­te to­do el pue­blo. Sin du­da se­rá una no­che que no ol­vi­da­rá, y que que­da­rá se­gu­ro re­gis­tra­da en los Instagram Sto­ries de sus ami­gos. Pe­ro el asun­to de­ja de te­ner gra­cia cuan­do se con­vier­te al cuer­po de la cha­va­la en un ob­je­to, cuan­do se la co­si­fi­ca así sin ton ni son.

¿Y si su­ce­die­ra a la in­ver­sa? ¿Y si fue­ra un chi­co el pro­ta­go­nis­ta de es­ta his­to­rie­ta? Pues se­ría mo­ral­men­te cri­ti­ca­ble, de igual ma­ne­ra. Aun­que, sea­mos sin­ce­ros, la mu­jer si­gue sien­do la dia­na per­fec­ta y los nú­me­ros ha­blan so­los: dos de ca­da diez per­so­nas pien­san que una mu­jer que ha si­do agre­di­da mien­tras ca­mi­na­ba so­la por la ca­lle «tie­ne par­te de la cul­pa», por ha­ber si­do «po­co pre­ca­vi­da».

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