PIE­RRE RAB­HI Una de las gran­des re­fe­ren­cias mun­dia­les del eco­lo­gis­mo «Un día pen­sé: si la agri­cul­tu­ra es es­to, yo no quie­ro ser agri­cul­tor»

La Voz de Galicia (A Coruña) - ExtraVoz - - ENTREVISTA - Por Borja de Mi­guel Co­rres­pon­sal en Fran­cia

EN PLE­NA CUM­BRE SO­BRE EL CLI­MA, EN PA­RÍS, UNO DE LOS GRAN­DES GU­RÚS DEL ECO­LO­GIS­MO, PIE­RRE RAB­HI LÓ­PEZ, CHAR­LA PA­RA LA VOZ. EL AU­TOR DE «HA­CIA LA SO­BRIE­DAD FE­LIZ» CREE QUE LOS PO­LÍ­TI­COS ES­TÁN MUY LE­JOS DE LA SO­CIE­DAD CI­VIL

Pie­rre Rab­hi na­ció en Ke­nad­sa (Ar­ge­lia) en 1938. Da­das las di­fi­cul­ta­des eco­nó­mi­cas que atra­ve­sa­ban sus pa­dres, fue en­tre­ga­do de ni­ño a una familia fran­ce­sa. Años más tar­de, en ple­na gue­rra de in­de­pen­den­cia, se tras­la­dó a Pa­rís, don­de tra­ba­jó co­mo obre­ro en una fá­bri­ca de ma­qui­na­ria agrí­co­la. Es en es­te con­tex­to que él des­cri­be co­mo «de alie­na­ción» don­de em­pe­zó a in­tere­sar­se por la fi­lo­so­fía y don­de en­con­tró a su es­po­sa, Mi­chè­le. Jun­tos pla­nea­ron el re­gre­so a la tie­rra: la com­pra de una vie­ja ca­sa y un te­rreno bal­dío en Ar­dè­che, al sur de Fran­cia. Aquí, sin ape­nas ex­pe­rien­cia ni di­ne­ro, em­pe­za­ron a lle­var a ca­bo prác­ti­cas de agri­cul­tu­ra eco­ló­gi­ca que Rab­hi ha­bía des­cu­bier­to en los li­bros de Eh­ren­fried Pfeif­fer y Ru­dolf Stei­ner. Con el tiem­po sus en­sa­yos die­ron fru­to. Hoy el lu­gar es una gran­ja ver­de y fér­til lle­na de hor­ta­li­zas y ár­bo­les fru­ta­les to­tal­men­te li­bres de quí­mi­cos. En­tre tan­to, es­te eco­lo­gis­ta sep­tua­ge­na­rio ha es­cri­to nu­me­ro­sos li­bros (Ha­cia la so­brie­dad fe­liz es­tá tra­du­ci­do al es­pa­ñol), ha desa­rro­lla­do pro­yec­tos de agri­cul­tu­ra bio­ló­gi­ca en Áfri­ca y Eu­ro­pa y no da a bas­to pa­ra acu­dir a to­das las con­fe­ren­cias in­ter­na­cio­na­les en las que es so­li­ci­ta­do. En Fran­cia es po­si­ble­men­te la fi­gu­ra vi­va más im­por­tan­te en cuan­to a bio­agri­cul­tu­ra, en Eu­ro­pa y en Áfri­ca es una re­fe­ren­cia in­dis­cu­ti­ble, pe­ro en Es­pa­ña us­ted no es aún muy co­no­ci­do.

—¿Quién es Pie­rre Rab­hi?

—Yo soy an­te to­do un agri­cul­tor. Des­pués, eco­lo­gis­ta, fi­ló­so­fo... y to­do lo que quie­ra aña­dir­le a mi cu­rrícu­lo. Pe­ro mi vi­da es mi jar­dín, mi huer­to, los ár­bo­les que he plan­ta­do aquí.

—¿Pue­de con­cre­tar­lo un po­co más?

—Soy una es­pe­cie de pro­tec­tor de la vi­da, pe­ro no de una for­ma teó­ri­ca. Soy un agroe­co­lo­gis­ta, es de­cir, en­se­ño una agri­cul­tu­ra que, ade­más de res­pon­der a nues­tras ne­ce­si­da­des ali­men­ta­rias, res­pe­ta la vi­da. Prac­ti­co un ci­clo de re­ci­pro­ci­dad en el que la tie­rra no es sim­ple­men­te un sus­tra­to don­de po­ner fer­ti­li­zan­tes pa­ra ha­cer cre­cer los ve­ge­ta­les sino en el que la tie­rra es un or­ga­nis­mo vi­vo en to­da su uni­dad. Por­que si la tie­rra mue­re, no­so­tros mo­ri­mos.

—No to­dos los agri­cul­to­res pien­san co­mo us­ted...

—Los agri­cul­to­res lú­ci­dos sa­ben que la tie­rra es nues­tra ma­dre pe­ro es tam­bién nues­tra hi­ja. Es de­cir, ella me ali­men­ta pe­ro yo tam­bién de­bo ali­men­tar­la y cui­dar­la. Y la quí­mi­ca, los fer­ti­li­zan­tes y los pes­ti­ci­das, la da­ñan.

—¿Us­ted ha vis­to es­te da­ño que la agri­cul­tu­ra in­dus­trial in­fli­ge a la tie­rra?

—Yo te­nía un ami­go mé­di­co, aquí en Ar­dè­che, que tra­ta­ba a los agri­cul­to­res. Él me ex­pli­ca­ba el im­pac­to ne­ga­ti­vo de la uti­li­za­ción de la quí­mi­ca so­bre la sa­lud hu­ma­na. Cán­ce­res, pa­rá­li­sis, pro­ble­mas en la san­gre, muer­tes... No es di­fí­cil ima­gi­nar qué le su­ce­de a la tie­rra cuan­do se usan es­tos pro­duc­tos. Yo ha­bía aca­ba­do mis es­tu­dios en agri­cul­tu­ra mo­der­na, era jo­ven. Me di­je: si la agri­cul­tu­ra es es­to yo no se­ré agri­cul­tor.

—Y bus­có otra ma­ne­ra de cul­ti­var.

—Cuan­do mi mu­jer y yo nos ins­ta­la­mos aquí, en los años 60, no ha­bía na­da. Ni si­quie­ra ca­mino ni elec­tri­ci­dad. La tie­rra era ári­da, pe­dre­go­sa. No te­nía­mos di­ne­ro. To­dos nos de­cían que es­tá­ba­mos lo­cos, que íba­mos a mo­rir de ham­bre. Pa­sa­mos mo­men­tos du­ros pe­ro sa­li­mos ade­lan­te.

—Pa­ra so­bre­vi­vir, su mu­jer ha­cía y ven­día que­sos con la le­che de las ca­bras que te­nían y us­ted tra­ba­ja­ba la tie­rra. ¿De qué es de lo que se sien­te más or­gu­llo­so hoy tras to­do es­te pro­ce­so vi­tal?

—De ha­ber de­mos­tra­do, pe­ro no en teo­ría sino con la prác­ti­ca, que se pue­de cul­ti­var no so­lo sin de­gra­dar el me­dio sino en­ri­que­cién­do­lo, ha­cién­do­lo más fér­til, de­jan­do la tie­rra me­jor de co­mo la re­ci­bi­mos.

—Hay ex­per­tos eco­lo­gis­tas que afir­man que, tras dé­ca­das de agri­cul­tu­ra in­dus­trial, gran par­te de las tie­rras cul­ti­va­bles de Fran­cia son hoy en reali­dad un de­sier­to es­té­ril que so­lo con­ti­núa dan­do frutos gra­cias a to­da la quí­mi­ca con la que se si­gue tra­ba­jan­do.

—Es un pro­ble­ma ha ve­ni­do con el pe­tró­leo. Con él lle­ga la pe­tro­quí­mi­ca, una in­dus­tria que orien­ta a los agró­no­mos ha­cia el uso de unas sus­tan­cias

no­ci­vas de­ri­va­das del pe­tró­leo y a los mé­di­cos ha­cia el tra­ta­mien­to, con más quí­mi­ca, de las en­fer­me­da­des que ge­ne­ran sus fer­ti­li­zan­tes y pes­ti­ci­das. El círcu­lo así es­tá ce­rra­do y pro­por­cio­na unos be­ne­fi­cios con­si­de­ra­bles.

—¿Por qué no hay más agri­cul­to­res que se pa­san al «uni­ver­so bio»?

—To­dos nos po­de­mos en­con­trar atra­pa­dos en el pre­sen­te que vi­vi­mos. Co­noz­co a gen­te que to­mó el ca­mino in­dus­trial pen­san­do que era el bueno y que, cuan­do se dio cuen­ta de que se ha­bía equi­vo­ca­do, cam­bió. Hay otros que no di­cen na­da, que sa­ben que es­tán en el mal ca­mino pe­ro que no tie­nen el va­lor de ha­cer otra co­sa por­que quie­ren con­ser­var su sa­la­rio. Es­tos re­nun­cian a vi­vir su vi­da co­mo la sien­ten per­so­nal­men­te.

—Es­tos días se ce­le­bra en Pa­rís la Cum­bre so­bre el cam­bio cli­má­ti­co. ¿Qué opi­na del pa­pel de la po­lí­ti­ca res­pec­to a los nue­vos desafíos eco­ló­gi­cos?

—Creo que los po­lí­ti­cos y los ciu­da­da­nos va­mos por ca­mi­nos se­pa­ra­dos. Me pa­re­ce di­fí­cil ar­mo­ni­zar el pro­ce­so po­lí­ti­co con el de una so­cie­dad ci­vil en busca de unos va­lo­res que a los po­lí­ti­cos no les in­tere­san nun­ca.

—¿Ni si­quie­ra a los lla­ma­dos par­ti­dos verdes?

—El eco­lo­gis­mo no de­be­ría ser una

«No voy a trans­for­mar yo so­lo el mun­do, pe­ro en­tre to­dos po­de­mos ha­cer­lo»

op­ción po­lí­ti­ca, de­be­ría ser una reali­dad ab­so­lu­ta. No de­be­ría ha­ber par­ti­dos eco­lo­gis­tas por­que la eco­lo­gía es el fun­da­men­to de la vi­da sin el que no­so­tros no exis­ti­ría­mos. He­mos ido tan le­jos co­mo hu­ma­nos que se se­pa­ran de la tie­rra y que quie­ren do­mi­nar­la que es­ta­mos ex­ter­mi­nan­do a los ani­ma­les y ha­cien­do la vi­da im­po­si­ble a las ge­ne­ra­cio­nes fu­tu­ras.

—¿Có­mo po­de­mos sa­lir de es­to?

—¿Co­no­ce la his­to­ria del co­li­brí? Un día se desata un in­cen­dio enor­me en el bos­que y to­dos los ani­ma­les hu­yen ate­rro­ri­za­dos. Pe­ro en­tre ellos hay un pe­que­ño co­li­brí que lle­va en el pi­co una mi­nús­cu­la go­ta de agua que la lan­za una y otra vez a las lla­mas. Otro de los ani­ma­les le pre­gun­ta qué ha­ce, ¿no ves que así no vas a apa­gar nun­ca el fue­go? Y el co­li­brí le res­pon­de: Ya lo sé, pe­ro yo ha­go mi par­te. Es de­cir, se tra­ta de ser cohe­ren­te con uno mis­mo y ha­cer ca­da uno su par­te. No voy a trans­for­mar yo so­lo el mun­do pe­ro cuan­do sea­mos mu­chos lo ha­re­mos.

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