«Lo que lla­man con­ci­lia­ción no exis­te, es en reali­dad te­ner que ele­gir»

HA REIN­VEN­TA­DO EL «BÉ­SA­ME MU­CHO» MÁS ALLÁ DEL BO­LE­RO. MÉ­DI­CO Y ES­CRI­TOR, CAR­LOS GON­ZÁ­LEZ ES UN RE­FE­REN­TE EN LA CRIAN­ZA CON APE­GO. PAR­TI­DA­RIO DE UNA EDU­CA­CIÓN BA­SA­DA EN EL RES­PE­TO POR LOS HI­JOS, PO­NE EL DE­DO EN LA LLA­GA CON IRO­NÍA, PE­RO SIN DU­DAS

La Voz de Galicia (A Coruña) - ExtraVoz - - LA ENTREVISTA - Por Ana Abelenda

Pro­mo­tor de la crian­za con ape­go, Car­los Gon­zá­lez ( Za­ra­go­za, 1960) ha he­cho de es­ta vo­ca­ción un ofi­cio. Fren­te a los con­duc­tis­tas, la tác­ti­ca pre­mio-cas­ti­go y la so­lu­ción « abue­los/guar­de­rías » como for­ma má­gi­ca de con­ci­lia­ción, to­ma la pa­la­bra un pe­dia­tra, pa­dre de tres hi­jos, que des­ar­ma tó­pi­cos como el que di­ce que la cla­ve, más que en la can­ti­dad, es­tá en la ca­li­dad del tiem­po con los hi­jos. En las an­tí­po­das de Es­ti­vill, Car­los Gon­zá­lez avis­ta un mundo ideal po­nien­do el de­do en la lla­ga de las ca­ren­cias y de­fec­tos de la reali­dad. —Us­ted ase­gu­ra que la con­ci­lia­ción no exis­te, al me­nos no en Es­pa­ña. ¿Tan ro­tun­da es la reali­dad? —La con­ci­lia­ción no exis­te, por­que no se pue­den ha­cer dos co­sas a la vez (bueno, sal­vo que se pon­ga de mo­da lo de Bes­can­sa con su hi­jo, que en mu­chos em­pleos se po­dría ha­cer, pe­ro en otros no). Lo que lla­man «con­ci­lia­ción» es en reali­dad ele­gir: «¿Qué pre­fie­re us­ted, la vi­da fa­mi­liar, o la vi­da la­bo­ral?». — Pa­re­ce que la cien­cia ha con­fir­ma­do que hay quie­nes sí pue­den ha­cer dos co­sas a la vez. Pe­ro pon­ga­mos que no. ¿ A qué nos ate­ne­mos los pa­dres es­co­gien­do fa­mi­lia o tra­ba­jo? —Si uno pre­fie­re la vi­da la­bo­ral, le fa­ci­li­tan la elec­ción ofre­cién­do­le una guar­de­ría, ¡ pa­gan­do!; si pre­fie­re la vi­da fa­mi­liar, le ofre­cen un per­mi­so, ¡sin suel­do!, o una re­duc­ción de jornada, ¡con re­duc­ción de suel­do! —Pin­ta real­men­te mal. —Es que ¡va­ya ofer­ta! Pue­des de­jar de co­brar pa­ra es­tar con tu hi­jo, pe­ro pa­re­ce que tie­nes que es­tar agra­de­ci­da por­que te de­jan «con­ci­liar». —¿Cuál es la so­lu­ción? — Ha­bría que con­se­guir que lo del ni­ño de la Bes­can­sa no sea un chis­te. ¿Lo lle­va­ría ca­da día? ¿Irá con él a las reunio­nes, a las rue­das de pren­sa?, ¿las ujie­res del con­gre­so pue­den ir con su be­bé? Pe­ro hay al­go mu­cho más im­por­tan­te: as­pi­rar a de­re­chos la­bo­ra­les como los de los paí­ses nór­di­cos. En otros paí­ses tie­nen per­mi­sos re­tri­bui­dos de ma­ter­ni­dad mu­cho más lar­gos que aquí. Y, ade­más, des­pués tie­nes ver­da­de­ras ayu­das. Aquí, si tra­ba­jas la mi­tas co­bras la mi­tad, y si no tra­ba­jas na­da no co­bras na­da. Que se pon­gan los de­re­chos de la mu­jer trabajadora al ni­vel de los de Sue­cia, No­rue­ga o Fin­lan­dia. O al me­nos de Ale­ma­nia o Aus­tria. — ¿ Pa­sa hoy ne­ce­sa­ria­men­te la crian­za con amor por la re­nun­cia y el sa­cri­fi­cio de la mu­jer? —Vi­vir es re­nun­ciar, pe­ro re­nun­ciar no es sa­cri­fi­car­se. Yo que­ría ser bom­be­ro. Re­nun­cié a ser bom­be­ro pa­ra ser mé­di­co. Re­nun­cié en bue­na par­te a ser mé­di­co pa­ra ser es­cri­tor y con­fe­ren­cian­te. El día tie­ne 24 ho­ras, y mien­tras es­tás ha­cien­do una co­sa, no es­tás ha­cien­do otra. Es así. Lo que no

«Quien ha­ce lo que pue­de, da lo que tie­ne y di­ce lo que sa­be no es­tá obli­ga­do a más» «Pa­ra los ni­ños es me­jor es­tar con sus pa­dres que en la guar­de­ría. Lo sien­to, es un he­cho»

po­de­mos es en­ga­ñar­nos.

— Us­ted me ad­ver­tía en otra en­tre­vis­ta que si uno no vi­ve como pien­sa aca­ba­rá por pen­sar como vi­ve. ¿Po­de­mos vi­vir como pen­sa­mos tal como es­tá el pa­no­ra­ma? En es­pe­cial pa­ra las mu­je­res com­pa­gi­nan vi­da fa­mi­liar y la­bo­ral ha­cien­do ma­la­ba­res y li­dian­do a dia­rio con el com­ple­jo de cul­pa. —Pe­ro ¿hay mu­je­res que no li­dien con la cul­pa? Los hom­bres ten­de­mos a pen­sar que quien ha­ce lo que pue­de, da lo que tie­ne y di­ce lo que sa­be no es­tá obli­ga­do a más.

— ¿Qué opi­na del fe­nó­meno Ma­las­ma­dres?

—No lo co­noz­co. — ¿Per­mi­so de ma­ter­ni­dad igual e in­trans­fe­ri­ble en­tre el pa­dre y la ma­dre, como han pro­pues­to al­gu­nos par­ti­dos?

—Es el col­mo. Va­le si fue­ra tres años pa­ra ca­da uno... Pe­ro pro­po­nen dos o tres me­ses pa­ra ca­da uno, y es­to es un in­sul­to. La ma­dre es la que ha pa­ri­do. La ma­dre es la que tie­ne de­re­cho, se­gún la Or­ga­ni­za­ción In­ter­na­cio­nal del Tra­ba­jo, a un mí­ni­mo de 14 se­ma­nas de per­mi­so re­tri­bui­do tras el par­to. Al­gu­nos par­ti­dos en Es­pa­ña pro­po­nen no cum­plir ni ese mí­ni­mo, y na­die se que­ja. In­ten­tan re­cor­tar los de­re­chos de la mu­jer trabajadora

pa­ra dár­se­los a su ma­ri­do, ¡y na­die se que­ja! Ya pues­tos, ¿ no po­drían qui­tar­le a mi mu­jer su mes de va­ca­cio­nes y dar­me dos a mí? A mí no me im­por­ta sa­cri­fi­car­me, y como las mu­je­res se rea­li­zan tra­ba­jan­do... ¡Gran­des avan­ces en la in­cor­po­ra­ción de la mu­jer al mundo del tra­ba­jo! — La in­cor­po­ra­ción de la mu­jer al mundo del tra­ba­jo vi­si­ble, re­mu­ne­ra­do, con­si­de­ra­do, es re­sul­ta­do de un lar­go es­fuer­zo. A ve­ces da la im­pre­sión de que el problema se li­mi­ta al mer­ca­do la­bo­ral. ¿Pue­den cum­plir en el ho­gar los mis­mos ro­les el pa­dre y la ma­dre, al mar­gen de as­pec­tos como la lac­tan­cia? — Los pa­dres pru­den­tes ja­más pre­gun­ta­mos «¿A quién quie­res más, a mamá o a pa­pá?». Nues­tro pa­pel es ob­via­men­te dis­tin­to. Todos re­cor­da­mos que nues­tros pa­dres ha­cían dis­tin­tas co­sas, todos sa­bía­mos con cuál ha­blar de es­te o de aquel te­ma.

— En­ton­ces, ¿ de­ja­mos en ca­sa las co­sas como es­tán o es ne­ce­sa­ria una re­vo­lu­ción de puer­tas aden­tro? — Re­vo­lu­ción ya la ha ha­bi­do. La co­mi­da ya ha si­do sus­ti­tui­da por con­ge­la­dos y por­que­rías, la con­ver­sa­ción ha si­do sus­ti­tui­da por la te­le, los pa­dres ya han si­do sus­ti­tui­dos por los abue­los (o por la te­le)... Ha­ría fal­ta una con­tra­rre­vo­lu­ción, en to­do ca­so.

— Me re­fe­ría a un cam­bio de ro­les de gé­ne­ro.

— Sí, en al­gu­nas co­sas so­mos di­fe­ren­tes por edu­ca­ción. Des­de lue­go, no por ser mu­jer se plan­cha me­jor. Pe­ro es pe­li­gro­so ex­tra­po­lar que cual­quier di­fe­ren­cia en la con­duc­ta de los se­xos es apren­di­da y ar­bi­tra­ria. El ga­to no se com­por­ta igual que la ga­ta. No iba el ser hu­mano a ser el úni­co ani­mal en que no exis­ten di­fe­ren­cias bio­ló­gi­cas. Creo que intentar do­ble­gar nues­tra con­duc­ta es­pon­tá­nea, ins­tin­ti­va, pa­ra intentar adap­tar­la a un con­cep­to teó­ri­co a me­nu­do pro­vo­ca su­fri­mien­to. Como cuan­do nos que­rían ha­cer creer que los ni­ños po­drían criar­se igual de bien de­ján­do­los to­do el día en la cu­na, que no ne­ce­si­ta­ban es­tar en bra­zos. Sí que lo ne­ce­si­tan. ¿Y si re­sul­ta que un pa­dre ne­ce­si­ta ha­cer

cier­tas co­sas, y una ma­dre otras, y sus pa­pe­les no son com­ple­ta­men­te in­ter­cam­bia­bles? — ¿Qué opi­na de ese es­tu­dio, vi­ral en re­des so­cia­les, que di­ce que los ni­ños se por­tan peor con mamá?

—Es un he­cho. Lo co­men­to en uno de mis li­bros: los hom­bres se ha­cen la ca­ma en la mi­li, cuan­do en ca­sa lo de­ja­ban to­do ti­ra­do. Eso no mues­tra que quie­ran más al sar­gen­to que a su ma­dre. To­do lo con­tra­rio. Nos por­ta­mos «mal» don­de sa­be­mos que no co­rre­mos pe­li­gro, que nos se­gui­rán que­rien­do. Tú tam­bién le has di­cho a tu ma­ri­do co­sas que no le di­rías a un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, ¿no? So­lo fal­ta­ría que tam­bién con los se­res que­ri­dos tu­vie­ras que pa­sar­te el día tra­gan­do y fin­gien­do.

— ¿Lo ha­ce­mos peor los pa­dres de hoy que los de an­tes?

—A ojo, da la im­pre­sión de que aho­ra se pe­ga me­nos a los ni­ños. Es­tá so­cial­men­te mal con­si­de­ra­do. Pe­ro, por otra par­te, nun­ca an­tes en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad se ha­bía co­gi­do tan po­co en bra­zos a los ni­ños cuan­do eran be­bés, nun­ca an­tes se ha­bían es­co­la­ri­za­do tan pron­to ni ha­bían pa­sa­do tan­tas ho­ras se­pa­ra­dos de sus pa­dres. — ¿ Qué es lo me­jor que po­de­mos ofre­cer a nues­tros hi­jos?

—Ca­ri­ño y tiem­po.

— Di­ce que la guar­de­ría no es una bue­na so­lu­ción pa­ra los pe­que­ños.

—Pa­ra los ni­ños es me­jor es­tar con sus pa­dres que es­tar en la guar­de­ría. Lo sien­to, es­to es un he­cho. — ¿Nos pa­sa­rá fac­tu­ra la guar­de­ría en más de un sen­ti­do?

—To­do pa­sa fac­tu­ra. La per­so­na que tra­ba­ja me­nos fue­ra de ca­sa va a ga­nar me­nos di­ne­ro, va a te­ner me­nos ex­pe­rien­cia pro­fe­sio­nal, va a te­ner me­nos re­co­no­ci­mien­to so­cial... Pe­ro, si de­di­co me­nos ho­ras a es­tar con mis hi­jos, ¡ mi­la­gro, no pa­sa­rá na­da! To­do tie­ne pros y con­tras. No­so­tros ele­gi­mos. — Y en esa en­cru­ci­ja­da sue­le re­cu­rrir­se bas­tan­te a los abue­los. — Sí. Úl­ti­ma­men­te pa­re­ce que « lo nor­mal » sea que a los ni­ños los cui­den los abue­los. Se lle­gan a ver ca­sos de ver­da­de­ra ex­plo­ta­ción. ¿Có­mo he­mos po­di­do lle­gar a creer que los pa­dres no tie­nen una obli­ga­ción pe­ro los abue­los sí?

| AGUS­TÍN AMATE /TE­MAS DE HOY

◗ «El pa­pel de un pa­dre y una ma­dre son

dis­tin­tos». Las guar­de­rías y la so­bre­car­ga que su­fren los abue­los son el blan­co de la crí­ti­ca de es­te pe­dia­tra que de­fien­de la exis­ten­cia de una so­la fi­gu­ra de ape­go pa­ra el ni­ño, que sue­le ser la ma­dre.

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