La bur­bu­ja sau­dí: ex­ce­sos y ca­pri­chos en el país del oro ne­gro

La Voz de Galicia (A Coruña) - ExtraVoz - - REPORTAJE - Por Ru­bén Santamarta gráfico de Vítor Me­ju­to

EL RAS­CA­CIE­LOS MÁS AL­TO DEL PLA­NE­TA, UNA RÉ­PLI­CA DEL ES­TA­DIO DEL BA­YERN DE MÚ­NICH, CIN­CO ES­TA­CIO­NES DE TREN DE NOR­MAN FOS­TER, UNA NUE­VA ME­GA­LÓ­PO­LIS EN ME­DIO DEL DE­SIER­TO... EN ARA­BIA SAU­DÍ TO­DO SE HA­CE A LO GRAN­DE. O SE HA­CÍA. EL PAÍS DON­DE SO­LO CON RAS­CAR EL SUE­LO SE SA­CA PE­TRÓ­LEO EM­PIE­ZA A PA­DE­CER EL HUN­DI­MIEN­TO DEL CRU­DO. IM­PEN­SA­BLE

S+ reportaje e cuen­ta que en Ye­da, la ciu­dad por­tua­ria más im­por­tan­te de Ara­bia Sau­dí ( más de cua­tro mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes) es­tá en­te­rra­da Eva, la pri­me­ra mu­jer, y a la que de­be su nom­bre el lu­gar. Cu­rio­sa pa­ra­do­ja en un te­rri­to­rio en el que ellas, las mu­je­res, si­guen ocu­pan­do un rol se­cun­da­rio. Siem­pre acom­pa­ña­das, sin po­der con­du­cir, con ac­ce­so res­trin­gi­do a la uni­ver­si­dad, con de­re­cho a vo­to so­lo des­de ha­ce unos años, cu­bier­tas de la ca­be­za a los pies con una ca­pa ne­gra... pe­ro con te­lé­fono de úl­ti­ma ge­ne­ra­ción en la mano. Otra pa­ra­do­ja, y po­si­ble­men­te una bue­na ima­gen pa­ra des­cri­bir un país de con­tras­tes que se ha con­ver­ti­do en alia­do es­tra­té­gi­co pa­ra la in­ver­sión es­pa­ño­la en el ex­te­rior. Des­de el me­tro de la ca­pi­tal, Riad, has­ta el AVE en­tre Me­di­na y La Me­ca, la ex­plo­ta­ción de pe­tró­leo, las nue­vas tec­no­lo­gías o el ne­go­cio mi­li­tar, como esas cor­be­tas que, sal­vo sor­pre­sa, se ter­mi­nan cons­tru­yen­do en los as­ti­lle­ros de Na­van­tia en Fe­rrol.

Ara­bia Sau­dí es uno de los paí­ses más ri­cos del pla­ne­ta, el se­gun­do ma­yor pro­duc­tor de pe­tró­leo. Y eso es aho­ra una fuen­te de pro­ble­mas. De nue­vo la pa­ra­do­ja. La ex­trac­ción de cru­do, que ges­tio­na jun­to a Es­ta­dos Uni­dos (hay unas es­tre­chí­si­mas re­la­cio­nes en­tre am­bos), le ha per­mi­ti­do com­por­tar­se du­ran­te dé­ca­das como un ni­ño edu­ca­do a gol­pe de ca­pri­cho. En es­te país to­do se ha­ce pen­san­do a lo bes­tia, pa­ra dar una ima­gen ex­te­rior gran­di­lo­cuen­te. Un pa­seo por Ye­da re­ve­la esa fi­lo­so­fía. Allí es fá­cil en­con­trar en una mis­ma ave­ni­da — gi­gan­tes­cas, y muy con­ges­tio­na­das— una enor­me to­rre de cris­tal con neo­nes de co­lo­res jun­to a par­ce­las lle­nas de es­com­bros; cen­tros co­mer­cia­les de lu­jo que obli­gan a ce­rrar los ojos an­te los des­te­llos de luz pe­ga­dos a vi­vien­das muy pre­ca­rias. Sin pla­ni­fi­ca­ción ni con­trol. Una me­ga­ur­be si­mi­lar a Ma­drid con un cen­tro ca­ta­lo­ga­do por la Unes­co, una ré­pli­ca del Allianz Are­na en el que jue­ga el Ba­yern de Mú­nich (aunque el equi­po lo­cal no mue­ve ni la mi­tad de gen­te que el de Guar­dio­la) y la que se­rá, cuan­do se aca­be (esa es otra) el ma­yor ras­ca­cie­los del pla­ne­ta, con ca­si un ki­ló­me­tro de al­to; so­lo pa­ra intentar su­pe­rar la mar­ca que tie­ne otro país. Así fun­cio­nan.

O fun­cio­na­ban has­ta aho­ra. Ara­bia Sau­dí, país miem­bro de los se­lec­tos G-20 (las eco­no­mías más po­ten­tes del pla­ne­ta) y OPEP (el club de los paí­ses pro­duc­to­res de pe­tró­leo) afron­ta un re­to que se ba­rrun­ta­ba des­de ha­ce años. No es el problema de ago­tar las re­ser­vas de cru­do, que que­da pa­ra lar­go tiem­po, sino a quién ven­der, y a qué pre­cio, el oro ne­gro, su fuen­te ca­si ex­clu­si­va de vi­da. Tam­bién es lí­der ex­por­ta­dor de dá­ti­les, pe­ro ese ne­go­cio es, en com­pa­ra­ción, re­si­dual fren­te al pe­tró­leo. Las nue­vas fuen­tes de ge­ne­ra­ción de ener­gía, prin­ci­pal­men­te el frac­king, las ten­sio­nes geo­po­lí­ti­cas en la re­gión y la in­cer­ti­dum­bre eco­nó­mi­ca, so­bre to­do Chi­na (el ma­yor con­su­mi­dor del pla­ne­ta), han lle­va­do el pre­cio del pe­tró­leo a unas ci­fras ri­dí­cu­las. Se mue­ve en el en­torno de los 30 dó­la­res el ba­rril. Cues­ta ya más el en­va­se que el con­te­ni­do; o un li­tro de agua mi­ne­ral que un li­tro de cru­do. Es­ta si­tua­ción ha for­za­do a al­gu­nos de los gran­des pro­duc­to­res a con­ge­lar la ex­trac­ción, al­go iné­di­to. A Riad le va la vi­da en ello. Y es­ta so­cie­dad em­pie­za a ver en la ca­lle al­gu­nos efec­tos. Por ejem­plo, el pre­cio de los car­bu­ran­tes ha subido, aunque pa­ra un eu­ro­peo los pre­cios en el sur­ti­dor asom­bran: en­tre 20 y 25 cén­ti­mos por li­tro de ga­so­li­na.

EL OR­GU­LLO SAU­DÍ. La po­bla­ción ori­gi­nal, no los in­mi­gran­tes, vi­ven en una si­tua­ción pri­vi­le­gia­da en un país de enor­mes de­sigual­da­des. Es fá­cil dis­tin­guir­los por la ca­lle, con sus ves­ti­dos blan­cos y sus pa­ñue­los y cor­do­nes en la ca­be­za. So­lo ellos vis­ten así en un país de enor­me de­sigual­dad.

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