«Can­to con­tra el ca­pi­ta­lis­ta que lle­vo den­tro»

SU ÚL­TI­MO DIS­CO, «VO­CES DEL EX­TRE­MO», FUE EL AÑO PA­SA­DO UN ACON­TE­CI­MIEN­TO PRO­ME­TE­DOR, UNA REUNIÓN DE MÚ­SI­CA FLA­MEN­CA, KRAUT ROCK Y NEW WAVE CON POE­MAS DE AU­TO­RES CON­TEM­PO­RÁ­NEOS, QUE RE­AFIR­MA LA TEO­RÍA DE ES­TE CAN­TAOR DE QUE «TRA­DI­CIÓN Y EX­PE­RI­MEN­TA­CIÓN ES

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA -

PA­BLO GÓ­MEZ-PAN | Fran­cis­co Con­tre­ras (1985), más co­no­ci­do co­mo Ni­ño de El­che, sor­pren­dió el año pa­sa­do con el dis­co Vo­ces del Ex­tre­mo, don­de com­bi­nó, con la ayu­da de Pony Bra­vo, el rock cós­mi­co, la no wave y el fla­men­co, con to­do lo que se les pa­só por la ca­be­za, de­mos­tran­do que la ex­pe­ri­men­ta­ción, el com­pro­mi­so y la di­ver­sión no es­tán re­ñi­das. Pe­ro El Ni­ño de El­che no es nue­vo en es­to. A los 10 años subió por pri­me­ra vez a un es­ce­na­rio y lle­va ya una dé­ca­da pu­bli­can­do dis­cos. —¿Quién le pu­so el nom­bre?

—Una per­so­na de una pe­ña fla­men­ca de Mur­cia. Al lla­mar­me igual que un can­taor mur­ciano de la épo­ca, pa­ra que no me con­fun­die­ran, uti­li­zó el mo­dus ope­ran­di clá­si­co: «Ni­ño» y el si­tio don­de na­cis­te. —¿Có­mo em­pe­zó a to­car y a can­tar?

—Mi pa­dre es afi­cio­na­do, can­ta un po­co y en las fies­tas fa­mi­lia­res al­gu­na pri­ma y al­gún pri­mo tam­bién can­ta­ban. Mi tío to­ca­ba la gui­ta­rra, aun­que no era fla­men­co. Ahí em­pe­cé yo a re­la­cio­nar­me con lo que su­po­nía ha­cer un po­co de mú­si­ca. Des­pués me in­tere­sé por la gui­ta­rra. Que­ría ser gui­ta­rris­ta, no can­taor. Lo de can­taor fue un po­co más tar­de. —La im­pre­sión des­de fue­ra es que el fla­men­co es un cam­po muy ce­rra­do, con sus pe­ñas y sus con­cur­sos, tan preo­cu­pa­do por la pu­re­za que pa­re­ce de­ge­ne­rar en un cier­to pu­ri­ta­nis­mo. ¿Cuál es su opi­nión sobre la es­ce­na fla­men­ca? —Ya ca­si ni ten­go, no gas­to tiem­po ni en crear una opi­nión sobre ella, no me in­tere­sa, sim­ple­men­te. —¿Cuá­les son sus crí­ti­cas a la academia del fla­men­co? —Soy con­tra­rio a las fór­mu­las edu­ca­ti­vas aca­de­mi­cis­tas más que a la academia del

fla­men­co en sí. Con­tra­rio en cual­quier prác­ti­ca ar­tís­ti­ca. La academia es una ac­ti­tud de bús­que­da del ca­non — siem­pre con­tem­po­rá­neo, nun­ca his­to­ri­cis­ta— que se cons­tru­ye a fa­vor de unos dis­cur­sos in­tere­sa­dos en el mo­men­to, atra­ve­sa­dos por pen­sa­mien­tos po­lí­ti­cos y so­cia­les, por un con­tex­to con­cre­to. Un con­cep­to con

ser­va­du­ris­ta, que no par­te de la le­gi­ti­mi­dad his­tó­ri­ca o del es­tu­dio, co­mo po­dría ha­cer­lo la vi­sión an­tro­po­ló­gi­ca o la ar­queo­ló­gi­ca, por ejem­plo. —¿Qué le apor­tó a us­ted, a pe­sar de to­do, la or­to­do­xia de la academia? —Bueno, me apor­tó una cier­ta téc­ni­ca vo­cal, me apor­tó co­no­ci­mien­to de las fór­mu­las clá­si­cas, de las me­lo­días más tra­di­cio­na­les. Bá­si­ca­men­te le agra­dez­co eso. Des­pués me apor­tó su­bir­me a los con­cur­sos, aguan­tar la pre­sión, la ten­sión, la com­pe­ti­ti­vi­dad... —¿Cuán­do em­pe­zó a sa­lir de esa or­to­do­xia?

—Re­ci­bí una in­vi­ta­ción de Raúl Can­ti­zano cuan­do lle­gué a Se­vi­lla pa­ra co­la­bo­rar en Bu­los y Tan­gue­rías, y aun­que ya ha­bía es­cu­cha­do a al­gu­nos can­tau­to­res y tal, ahí fue la pri­me­ra vez que tu­ve una prác­ti­ca con un pie ya fue­ra del fla­men­co. A Pony Bra­vo los co­no­cí a tra­vés del ilu­mi­na­dor que tra­ba­ja­ba en

Va­con­ba­con, un es­pec­tácu­lo ba­sa­do en la pin­tu­ra de Fran­cis Ba­con que mon­tó pre­ci­sa­men­te Bu­los y Tan­gue­rías. Me in­vi­ta­ron a una fies­ta, co­no­cí sus dis­cos y su for­ma de ha­cer y des­de en­ton­ces so­mos bue­nos ami­gos. — ¿ Exis­te una tra­di­ción fuer­te de fla­men­co po­lí­ti­co?

—Tra­di­ción fuer­te se­ría di­fí­cil plan­teár­se­lo. Es que el fla­men­co es po­lí­ti­co ya de por sí, no es so­la­men­te Manuel Ge­re­na o El Ca­bre­ro, ni es so­lo Manuel Va­lle­jo cantando a la Re­pú­bli­ca. Es ese lum­pen que se apro­ve­cha­ba del se­ño­ri­to y el se­ño­ri­to que se apro­ve­cha­ba del lum­pen, es el can­taor o la can­tao­ra al la­do de la pros­ti­tu­ta. Es ese fla­men­co que no co­bra en el ta­blao. Es ese Mi­guel de Mo­li­na exi­lia­do por ser ho­mo­se­xual y can­tar co­pla, yo qué sé... Ese es el fla­men­co po­lí­ti­co. Lue­go, can­tar a fa­vor o en con­tra del rey, pues tam­bién es po­lí­ti­co, pe­ro es una po­lí­ti­ca más clá­si­ca. El fla­men­co es mu­cho más po­lí­ti­co en sus cuer­pos y en sus ac­ti­tu­des que en su con­te­ni­do con­cre­to, sin du­da. —Si­guien­do la má­xi­ma fe­mi­nis­ta que di­ce que «lo per­so­nal es po­lí­ti­co», po­dría pen­sar­se que can­tar sobre co­sas más co­ti­dia­nas pue­de dar tam­bién re­sul­ta­dos muy po­li­ti­za­dos. ¿Qué en­tien­de por mú­si­ca po­lí­ti­ca en ge­ne­ral? —Bueno, la mú­si­ca siem­pre es­tá po­li­ti­za­da, co­mo cual­quier otro ac­to ar­tís­ti­co o no ar­tís­ti­co, por lo tan­to no se pue­de es­ca­par a ello. Lo que pa­sa es que se ha­bla de mú­si­ca po­lí­ti­ca cuan­do es des­de una mi­ra­da pro­gre, pe­ro lo po­lí­ti­co pue­de ser tam­bién fas­cis­ta. In­clu­so lo que til­dan de apo­lí­ti­co, por­que siem­pre tie­ne un po­si­cio­na­mien­to y una vi­sión del mun­do. Una co­sa es lo que su­po­ne po­lí­ti­ca­men­te un ac­to. Por­que si ha­bla­mos de po­lí­ti­cas con­cre­tas —es­te par­ti­do, es­ta ley, es­te ca­so de co­rrup­ción, to­do eso— hay tam­bién for­mas de acer­car­se a es­tos te­mas, y es­to es ya más de­li­ca­do. Yo lo que he apren­di­do de los ac­ti­vis­tas es que cuan­do abor­das te­mas con­cre­tos, dar nom­bre y ape­lli­dos siem­pre de­ja cla­ro que no es­tás ha­cien­do una co­sa ba­nal sino pro­fun­di­zan­do y po­si­cio­nán­do­te an­te un te­ma que si tra­tas co­mo im­por­tan­te es por­que crees que lo es. Ahí es­tá el com­pro­mi­so. Lue­go, es­tá cla­ro que no to­dos los te­mas po­lí­ti­cos te pue­den afec­tar por igual. Yo cuan­do veo a com­pa­ñe­ros de los mo­vi­mien­tos de iz­quier­da más clá­si­cos a los que to­dos los te­mas los ara­ñan igual, con un tin­te co­mo ho­mo­ge­nei­za­do, pues alu­cino. A mí, co­mo ser so­cio­po­lí­ti­co, no me pue­de ara­ñar to­do igual. Eso es al­go más de la pro­fe­sión del po­lí­ti­co, que tie­ne que ha­cer ese

tea­tro de que to­do le afec­ta igual. Co­mo su­je­to so­cio­po­lí­ti­co es im­po­si­ble que te afec­te así. Eso le pa­sa a la gen­te que ha ma­len­ten­di­do qué es el ac­ti­vis­mo y qué es ser de iz­quier­das. —¿Pien­sa mu­cho en su fun­ción so­cial?

—No pien­so mu­cho, no. La fun­ción so­cial se pue­de en­ten­der des­de mu­chos pris­mas. Co­mo una fun­ción ex­ter­na, que creo que es por don­de va la pre­gun­ta, aun­que yo creo que la fun­ción so­cial pri­me­ra­men­te vie­ne de uno mis­mo. Mi for­ma de can­tar con­tra el ca­pi­ta­lis­mo es can­tar con­tra el ca­pi­ta­lis­ta que lle­vo den­tro. Al fin y al ca­bo so­mos su­je­tos, so­mos nú­cleos de un uni­ver­so so­cial. Esa fór­mu­la clá­si­ca de la iz­quier­da de fo­ca­li­zar ha­cia el ex­te­rior ol­vi­dán­do­te de que eres uno más, un su­je­to de to­da esa es­qui­zo­fre­nia so­cial y po­lí­ti­ca, bueno... de­ja mu­cho que desear. Yo con los mo­vi­mien­tos li­ber­ta­rios —y no so­lo con ellos, tam­bién con re­li­gio­nes o prác­ti­cas es­pi­ri­tua­les— re­co­no­cí y co­no­cí que pri­me­ro hay que fo­ca­li­zar en uno mis­mo y en nues­tro pro­ce­so. Esa es mi fór­mu­la pa­ra que lue­go to­do recaiga en lo co­mún, en lo so­cial. Si no, es im­po­si­ble. —Se ha cum­pli­do ha­ce no mu­cho el quin­to aniver­sa­rio del 15M. ¿Dón­de lo vi­vió y qué su­pu­so pa­ra us­ted? —Pa­ra mí el 15M fue un mo­men­to de in­fle­xión. Sir­vió pa­ra crear una ba­se, acla­rar qué en­ten­día­mos por re­la­cio­nes po­lí­ti­cas y có­mo po­día­mos en­con­trar una es­pe­cie de luz den­tro de lo es­ta­ble­ci­do, de lo que An­to­nio Gar­cía-Tre­vi­jano lla­ma­ría

«la oli­gar­quía de par­ti­dos». Coin­ci­dió tam­bién con un pro­ce­so más per­so­nal, en el que se me abrie­ron un mon­tón de lec­tu­ras, de se­res y de dis­cur­sos que ya es­ta­ban es­ta­ble­ci­dos en gran me­di­da en los años 90. En esa dé­ca­da ya se ha­bía da­do un ti­po de pen­sa­mien­to fi­lo­só­fi­co muy in­tere­san­te en Es­pa

ña. El dis­co Vo­ces

del Ex­tre­mo es con­se­cuen­cia de mu­chos de esos es­cri­tos, que eran el re­sul­ta­do de un mo­men­to de cam­bio, tras el in­gre­so en la OTAN, tras co­no­cer­se el en­ga­ño de la Tran­si­ción, et­cé­te­ra. Se ge­ne­ra­ron en­ton­ces un mon­tón de pen­sa­mien­tos que rom­pían el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo de lo que se su­po­nía que era Es­pa­ña, y el 15M be­bió de ahí. —En su es­pec­tácu­lo «RaVer­dial» [un jue­go de pa­la­bras en­tre las fies­tas ra­ve y los Ver­dia­les] le di­ce al ra­ve­ro que eso que él bus­ca no son fies­tas. ¿Qué es pa­ra us­ted una bue­na fies­ta? —Bueno, cuan­do el tex­to del co­lec­ti­vo fran­cés Tiq­qun di­ce que no son fies­tas, re­cal­ca que no so­lo son fies­tas. Sub­ra­ya que cuan­do se ge­ne­ra una fies­ta hay un con­te­ni­do po­lí­ti­co y no siem­pre so­mos cons­cien­tes de ello. Lo hay en los San­fer­mi­nes, en la Fe­ria de Abril, en los Ver­dia­les o ya ni te cuen­to en el Rocío. Las fies­tas ra­ve tam­bién tie­nen una con­no­ta­ción muy muy po­lí­ti­ca. Hu­bo en Fran­cia co­lec­ti­vos muy in­tere­san­tes que las uti­li­za­ban co­mo tal. Eso no sig­ni­fi­ca que la fies­ta ya no sea fies­ta, al re­vés, cuan­to más fies­tas sean, más po­lí­ti­cas son. Esa es la di­fe­ren­cia en­tre el pen­sa­mien­to de ocio de un par­ti­do co­mu­nis­ta y un par­ti­do por ejem­plo anar­quis­ta. Tú ves las fies­tas de un par­ti­do co­mu­nis­ta y son to­tal­men­te se­rias, abu­rri­das, con­ser­va­do­ras, ran­cias... En cam­bio, el mo­vi­mien­to hip­pie, los mo­vi­mien­tos li­ber­ta­rios o el mo­vi­mien­to beat te­nían otro es­pí­ri­tu y otra for­ma de afron­tar la fies­ta co­mo ac­to po­lí­ti­co. Pe­ro son fies­tas. Por­que lo más im­por­tan­te es que sean fies­tas. —¿Qué ha es­ta­do es­cu­chan­do úl­ti­ma­men­te?

— Mu­cha elec­tró­ni­ca: Mat­hew Her­bert, Clark, Andy Stott, Darks­tar... Y mu­cho am­bient, par­ti­cu­lar­men­te Opi­to­pe, mi dúo fa­vo­ri­to. Tam­bién el úl­ti­mo de An­tony, Anoh­ni; el de Suf­jan Ste­vens, que me ha pa­re­ci­do muy bo­ni­to. A Art­hur Rus­sell, siem­pre. Su World of

Echo es mi dis­co de ca­be­ce­ra. Tam­bién a Scott Wal­ker, Ju­lia Hol­ter, Dia­man­da Ga­las, John Fahey, Bill Or­cutt... El otro día me com­pré Eins

tein on the Beach de Phi­lip Glass. Tam­bién hay hue­co pa­ra Pe­pe Mar­che­na, Fos­fo­ri­to o An­to­nio Mairena... —¿Con qué proyectos es­tá aho­ra mis­mo?

—Pre­sen­tan­do el es­pec­tácu­lo En el nom­bre de con los Vo­lu­ble, pre­pa­ran­do otro con el bai­laor Is­rael Gal­ván y un dis­co con Toun­dra. En enero em­pie­zo una an­to­lo­gía he­te­ro­do­xa del fla­men­co di­ri­gi­da por Pe­dro G. Ro­me­ro. Es­toy tam­bién con unas na­nas am­bient con Da­vid Cor­de­ro y un dis­co con­jun­to con Mi­guel Álvarez-Fer­nán­dez. Y desean­do con­se­guir que se edi­te en Es­pa­ña el dis­co Stra­tes, que gra­ba­mos el gui­ta­rris­ta Jo­sé Sán­chez y yo.

PRI­ME­RO HAY QUE FO­CA­LI­ZAR EN UNO MIS­MO. ESA ES MI FÓR­MU­LA PA­RA QUE LUE­GO TO­DO RECAIGA EN LO CO­MÚN, EN LO SO­CIAL»

CE­LIA MA­CÍAS

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