La nue­va Dul­ce Pon­tes

«Pe­re­gri­naçâo» es el tí­tu­lo del am­bi­cio­so nue­vo dis­co de la can­tan­te por­tu­gue­sa, que pre­sen­ta­rá en el Pa­la­cio de la Ópe­ra de A Co­ru­ña el pró­xi­mo sá­ba­do día 11

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: F. MOLEZÚN

Ale­ja­da ab­so­lu­ta­men­te de lo que a prio­ri uno pu­die­se es­pe­rar de una es­tre­lla ab­so­lu­ta de la can­ción, Dul­ce Pon­tes de­rro­cha com­pli­ci­dad, sen­ci­llez y has­ta cier­to can­dor en su con­ver­sa­ción. Una es­tra­te­gia que le ha lle­va­do a man­te­ner una re­la­ción con su pú­bli­co que va mu­cho más allá de la ha­bi­tual en­tre ar­tis­ta y fan. Si a eso se le su­ma que lle­va seis años sin edi­tar dis­co y que aho­ra apa­re­ce con un am­bi­cio­so do­ble ba­jo el bra­zo, el re­ci­tal que ofre­ce­rá la por­tu­gue­sa en A Co­ru­ña se an­to­ja como uno de los más ape­te­ci­bles de la tem­po­ra­da. «El ca­ma­león es­tá muy di­fe­ren­te a como lo vie­ron la úl­ti­ma vez que es­tu­ve por ahí», di­ce re­fi­rién­do­se a sí mis­ma y a su con­ti­nua evo­lu­ción so­no­ra.

—Ha pre­sen­ta­do las can­cio­nes de su nue­vo dis­co en di­rec­to an­tes de que es­te sa­lie­se a la ven­ta. —¡Qué quie­res que le ha­ga, así soy!

No ten­go re­me­dio. Ya sé que no es lo nor­mal, pe­ro así el pro­ce­so es muy interesante. Ya lo ha­bía he­cho an­tes con

O co­raçâo tem tres por­tas. Me gus­ta ese desa­rro­llo con­jun­to con el pú­bli­co.

—Así lle­gan las can­cio­nes ya ma­du­ras al es­tu­dio de gra­ba­ción.

—Bueno, no to­das. Mu­chas na­cen en el pro­pio es­tu­dio, o cam­bian de tal ma­ne­ra al lle­gar a gra­bar que pue­de de­cir­se que son te­mas nue­vos. El es­tu­dio lo en­tien­do como un la­bo­ra­to­rio en el que desa­rro­llar los te­mas, lo que no es me­nos interesante que ha­cer­lo en di­rec­to. Aun­que si he de ele­gir, me que­do con el di­rec­to.

—Y cuan­do se pre­sen­ta an­tes en di­rec­to, ¿no co­rre el ries­go de ago­tar­se la can­ción an­tes de lle­gar a gra­bar­se?

—Siem­pre es­toy en con­ti­nua evo­lu­ción, mu­tan­do, así que nun­ca es el mis­mo con­cier­to. Ade­más es un do­ble ál­bum, así que tie­ne mu­chos te­mas dis­tin­tos, mu­cha va­rie­dad en la que re­crear­se. No, es­tas can­cio­nes no se ago­tan por mu­cho que las to­ques. Al re­vés, cre­cen, se trans­for­man,

por lo que se ha­cen me­jo­res. —Han pasado unos seis años des­de su an­te­rior tra­ba­jo dis­co­grá­fi­co. Se lo ha to­ma­do con cal­ma, ¿fue un par­to du­ro...? —¡Buf! In­ten­tar ex­pli­car el por­qué de los pro­ce­sos crea­ti­vos da­ría pa­ra es­cri­bir un buen li­bro. Pue­de que no uno en plan Tol­kien, pe­ro sí uno gor­do. No sé has­ta qué pun­to pue­do de­ter­mi­nar si las co­sas las ha­go de una ma­ne­ra in­ten­cio­na­da, bus­can­do un re­sul­ta­do me­jor, o si sim­ple- men­te sa­len así, y sa­len bien. Han si­do seis años en los que no he pa­ra­do, he es­ta­do ac­tuan­do con­ti­nua­men­te, que es lo que más me lle­na, y es­for­zán­do­me por sa­car lo más ín­ti­mo de mí pa­ra con­for­mar es­te ál­bum. Fue una au­tén­ti­ca lu­cha el con­se­guir ex­pre­sar en un dis­co lo que pue­de de­fi­nir­se como un via­je in­te­rior, un pe­re­gri­na­je. In­ten­tar que se en­tien­da que ahí hay una in­ten­ción, que no es al­go alea­to­rio, que el dis­co no ha sa­li­do así por­que sí. Es­to des­de el pun­to de vis­ta crea­ti­vo. Pe­ro por otro la­do, el mun­do de la mú­si­ca ha cam­bia­do mu­chí­si­mo en es­tos úl­ti­mos años. Y es­to tam­bién se ha re­fle­ja­do en es­te pro­ce­so. —De ese pro­ce­so vie­ne el tí­tu­lo del

dis­co, «Pe­re­gri­naçâo».

—Es que fue una bús­que­da, un in­ten­to por trans­mi­tir a tra­vés de los poe­mas y de la mú­si­ca los es­ta­dos del al­ma a los que uno lle­ga cuan­do re­co­rre un ca­mino. Un ca­mino que se re­co­rre por­que se quie­re lle­gar a al­gún lu­gar, en es­te ca­so, a lo más pro­fun­do de mí mis­ma. Es al­go que to­dos ha­ce­mos lle­ga­do el mo­men­to, de una ma­ne­ra cons­cien­te o in­cons­cien­te, de un mo­do re­li­gio­so o es­pi­ri­tual o de cual­quier otra ma­ne­ra. Y qui­se in­ten­tar ex­pre­sar es­to a tra­vés de la mú­si­ca eli­gien­do los poe­mas, las so­no­ri­da­des ade­cua­das…

—¿Y có­mo se le po­ne so­ni­do a se­me­jan­te via­je?

—Bus­can­do la des­nu­dez. La sin­ce­ri­dad ab­so­lu­ta, sin ador­nos, tan­to en el men­sa­je como en la for­ma. No fue, ni es­tá sien­do, una ta­rea fá­cil ha­cer que to­do el mun­do lo en­tien­da, que a to­dos les lle­gue. En los con­cier­tos siem­pre bus­co el con­tac­to di­rec­to con el pú­bli­co. Pe­ro me re­fie­ro a que me gus­ta ha­blar con la gen­te, pre­gun­tar­les qué les ha pa­re­ci­do... Que ha­ya co­mu­ni­ca­ción, que me de­vuel­van el re­fle­jo de lo que yo les he da­do. Y mi pú­bli­co es muy ho­nes­to. Per­ci­bo que me tra­ta como a una per­so­na muy nor­ma­li­ta, que al fin y al ca­bo es lo que soy. Rom­pen esa dis­tan­cia que a ve­ces hay en­tre el ar­tis­ta y el pú­bli­co. No hay di­vi­ni­za­ción. O al me­nos yo no la per­ci­bo, y lo agra­dez­co. Una de las co­sas que me co­men­ta­ban en es­tos con­cier­tos es que habían vi­vi­do el re­ci­tal como un via­je. Me lo di­je­ron va­rias ve­ces. Ca­da uno a su ma­ne­ra, via­jes dis­tin­tos, pe­ro una ex­pe­rien­cia se­me­jan­te. Y eso me re­con­for­tó mu­cho, me hi­zo ver que lo que pre­ten­día te­nía sen­ti­do, que no es­ta­ba lo­ca. Por­que siem­pre du­do mu­cho de mí.

—Siem­pre se ha mos­tra­do muy pró­xi­ma a su pú­bli­co.

—Es una re­la­ción fa­mi­liar, de amis­tad. Es al­go es­pi­ri­tual, es­ta­mos jun­tos en es­to. No es que lo ha­ya per­se­gui­do, sino que es sim­ple­men­te mi mo­do de ser, no me sa­le de otra ma­ne­ra. Y eso en oca­sio­nes me ha si­do per­ju­di­cial. No con mi pú­bli­co, sino en el ne­go­cio de la mú­si­ca, que es tre­men­do y no tie­ne na­da que ver con el ar­te. Eso cho­ca mu­cho den- tro de mí, es un con­tras­te que no lle­vo bien, aun­que no pue­do ser de otra ma­ne­ra. Pe­ro, por otro la­do, me for­ta­le­ce.

—«Pe­re­gri­naçâo» es un dis­co muy am­bi­cio­so. De en­tra­da, en reali­dad ha­bla­mos de dos dis­cos dis­tin­tos.

—Uno es to­tal­men­te en por­tu­gués y se ti­tu­la Nu­dez ( Des­nu­dez); y el otro se lla­ma Puer­tos de abri­go, que es sobre to­do en cas­te­llano, aun­que tie­ne dos can­cio­nes de Mar­tin Co­dax en ga­lle­go-por­tu­gués y se cie­rra con un te­ma en in­glés. Es la pri­me­ra vez que com­pon­go un te­ma en ese idio­ma, ba­sa­do en un poe­ma de una ami­ga fa­lle­ci­da re­cien­te­men­te. Am­bos dis­cos es­tán den­tro de Pe­re­gri

naçâo, for­man­do un to­do, pe­ro con per­so­na­li­da­des in­de­pen­dien­tes.

—¿Có­mo se le ocu­rre vol­ver sobre la obra de Mar­tin Co­dax?

—Pues fue gra­cias a Carlos Núñez, fue él el que me lo des­cu­brió. Te­nía la par­ti­tu­ra es­cri­ta, pe­ro me con­tó que no se sa­be có­mo de­bía so­nar exac­ta­men­te. Te­ne­mos las no­tas, pe­ro fal­ta la rít­mi­ca, el tem­po. Es­cu­ché to­das las ver­sio­nes que se habían he­cho has­ta el mo­men­to, con to­das sus di­fe­ren­cias. Me pu­se en la piel de Mar­tin Co­dax e in­ten­té dar­le el to­que más na­tu­ral po- si­ble. Es­ca­pé del canto clá­si­co has­ta cier­to pun­to. Las pri­me­ras ve­ces que lo can­té, con los ojos ce­rra­dos, sen­tí có­mo me trans­por­ta­ba más allá del tiem­po. Es el mis­te­rio de la mú­si­ca, que es atem­po­ral.

—Hay que ser va­lien­te pa­ra traer­se a Mar­tin Co­dax has­ta el si­glo XXI y pre­ten­der que ten­ga via­bi­li­dad co­mer­cial. —Las co­sas bien he­chas no ca­du­can aun­que pa­sen los si­glos. La gen­te ha

alu­ci­na­do con los te­mas de Mar­tin Có­dax, y es al­go que no me es­pe­ra­ba, fran­ca­men­te. Te­nía mie­do de que la gen­te no lo en­ten­die­se, que se abu­rrie­ra o que em­pe­za­se a pre­gun­tar­se qué era eso en los con­cier­tos. Pe­ro fue to­do lo con­tra­rio. Y es­to vie­ne a de­mos­trar­nos que to­dos los pre­jui­cios que te­ne­mos, los es­te­reo­ti­pos que nos ven­den, no se apli­can en la reali­dad.

—En es­te dis­co to­ca in­fi­ni­dad de es­ti­los. In­clu­so fa­do.

—Cla­ro que tie­ne un po­qui­to de fa­do, eso nun­ca lo pue­do de­jar. Se aga­rra a mí como una la­pa. Pe­ro el mun­do no se ter­mi­na ahí. El dis­co Nu­dez em­pie­za con una ver­sión del Con­cier­to de Aran

juez a la que le he­mos pues­to le­tra en por­tu­gués y le he­mos me­ti­do gui­ta­rra por­tu­gue­sa. Es­tá en­tre el clá­si­co y el fa­do. Y otro te­ma clá­si­co que tie­ne el dis­co es As­tu­rias, de Al­bé­niz. Lo hi­ci­mos con un poe­ma de Raúl Car­no­ta, que fa­lle­ció sin po­der es­cu­char có­mo que­dó la can­ción, lo cual me pro­vo­ca una tris­te­za enor­me.

—Y de clá­si­cos como Ro­dri­go o Al­bé­niz a Ca­ma­rón in­ter­pre­tan­do a Lor­ca. ¿Sa­be el ries­go que co­rre al atre­ver­se con La le­yen­da del tiem­po?

—Es una ver­sión com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te, por la que se­gu­ra­men­te al­guien quie­ra ma­tar­me [Ríe]. Ya cuan­do lo gra­bó Ca­ma­rón re­ci­bió lo su­yo, con mu­chas crí­ti­cas y mu­cha in­com­pren­sión, es una mú­si­ca con un karma muy es­pe­cial. Pe­ro el tiem­po aca­bó por dar­le la ra­zón. Y es­pe­ro que a mí me pa­se lo mis­mo, por­que es­toy con­ten­tí­si­ma con el re­sul­ta­do.

—No le que­da pa­lo por to­car.

—Es que no pue­de en­ten­der­se como un dis­co por­tu­gués aun­que yo sea por­tu­gue­sa. Es un dis­co ibé­ri­co. Cla­ro que tie­ne una car­ga por­tu­gue­sa enor­me, pe­ro con el pa­so del tiem­po me he ido enamo­ran­do de dis­tin­tos te­mas de to­dos los rin­co­nes de la pe­nín­su­la, de mú­si­cas muy di­fe­ren­tes. Y cuan­do te enamo­ras no pue­des lu­char con­tra eso. Pue­de que mi cas­te­llano no sea per­fec­to y sea más bien por­tu­ñol, pe­ro cuan­do lees un poe­ma y te iden­ti­fi­cas con él, cuan­do pa­sas a amar­lo, es tu­yo, da igual la na­cio­na­li­dad o el idio­ma.

—¿Le pi­den los pu­ris­tas que vuel­va al fa­do?

—Bueno, hay gen­te que tie­ne que en­fa­dar­se con al­go en to­do mo­men­to, que si no se abu­rre o no se ve rea­li­za­da. Sue­le ser gen­te que no tie­ne mu­cho más que ha­cer [ríe]. La ver­dad es que no me im­por­ta mu­cho. A na­die le gus­ta que le es­tén re­cri­mi­nan­do co­sas, pe­ro tien­do a pen­sar que, sim­ple­men­te, esa gen­te no ha en­ten­di­do mi mú­si­ca. Pa­ra mí se­gu­ro que se­ría más fá­cil re­co­rrer ha­cia atrás el ca­mino de es­tos úl­ti­mos trein­ta años y ha­cer un gran­des éxi­tos. Pe­ro no es mi es­ti­lo, no me mo­ti­va. Nun­ca lo ha­ré. Si al­gún día lo ha­go, se­rá que el fi­nal es­tá cer­ca.

—Pe­ro ya exis­te un gran­des éxi­tos de Dul­ce Pon­tes.

—Eso fue una ma­la ju­ga­da de una dis­co­grá­fi­ca. Ha­bía coin­ci­di­do con la pu­bli­ca­ción de Fo­cus y se habían apro­ve­cha­do de esa cir­cuns­tan­cia, por­que el de la mú­si­ca es un mun­do muy ca­brón, y per­do­na la ex­pre­sión, pe­ro es que no se pue­de de­cir de otra ma­ne­ra me­jor. Lle­gué a de­cir en al­gu­na en­tre­vis­ta que no me­re­cía la pe­na, que no lo com­pra­sen por­que po­dían en­con­trar esos te­mas en tal o cual dis­co [ríe].

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