“He te­ni­do la suer­te de ser fe­liz a ra­tos”

JU­LIA GU­TIÉ­RREZ CA­BA AC­TRIZ

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - TEATRO . EN PORTADA - TEX­TO: MAR­TA OTE­RO

Un día la sa­ga se aca­ba­rá, y se­gui­rá ama­ne­cien­do

Su pre­sen­cia evo­ca la esen­cia mis­ma del tea­tro. A sus 84 años, Ju­lia Gu­tié­rrez Ca­ba des­pren­de una sen­ci­llez que fas­ci­na, y nos deja un dul­ce pe­ro fu­gaz ins­tan­te de fe­li­ci­dad con su ines­pe­ra­do (y de­ma­sia­do breve) re­gre­so a los es­ce­na­rios.

El amor, ese vi­rus que nos ata­ca a to­dos en al­gún mo­men­to de la vi­da, es­tá es­cri­to en el tí­tu­lo de la obra con la que Ju­lia Gu­tié­rrez Ca­ba ha re­gre­sa­do a los es­ce­na­rios. De la mano de otro gran­de, Mi­guel Re­llán, ha lo­gra­do con Car­tas de amor col­gar el car­tel de «ago­ta­das las en­tra­das» en to­das las ciu­da­des de la gi­ra. —¿Qué le mo­vió a vol­ver a los es­ce­na­rios cuan­do al­gu­nos pen­sa­ban que es­ta­ba re­ti­ra­da? —No [ríe], yo no es­ta­ba re­ti­ra­da, lo que pa­sa es que las con­di­cio­nes que me ofre­cían me can­sa­ban de­ma­sia­do. En es­ta oca­sión era la obra ideal, por­que es un tex­to que se lee sen­ta­do, y se cum­plie­ron una se­rie de con­di­cio­nes que yo pu­se, co­mo la de no ha­cer en­sa­yos lar­gos. Yo ya ten­go mu­chos años y me re­par­to el tra­ba­jo to­do lo que pue­do, pe­ro no es que es­té re­ti­ra­da. —Se cum­ple en­ton­ces eso de que un buen ac­tor no se re­ti­ra nun­ca. —Bueno, hay al­gu­nos que sí, in­clu­so mu­cho an­tes, pe­ro ge­ne­ral­men­te un ac­tor no se re­ti­ra a no ser que sea por la du­re­za, por­que es­te tra­ba­jo es du­ro tam­bién, aun­que no lo pa­rez­ca. —¿Y cuál es el se­cre­to del éxi­to de es­ta obra, en la que so­lo sa­len dos per­so­nas, sen­ta­das y le­yen­do car­tas? —Pues que el pú­bli­co, a tra­vés de esas car­tas, lo que ve es la re­pre­sen­ta­ción de la re­la­ción de dos per­so­na­jes que se han que­ri­do des­de que son ni­ños, las di­fe­ren­cias que hay en sus vi­das y có­mo han pa­sa­do los años y, sin em­bar­go, no pue­den vi­vir el uno sin el otro. Al fi­nal lo que siem­pre ha­ce­mos en un es­ce­na­rio es con­tar una his­to­ria, la gen­te la si­gue con in­te­rés y al fi­nal se emo­cio­nan. —Los per­so­na­jes de la obra no tie­nen el va­lor pa­ra rom­per con sus vi­das. ¿Us­ted, que na­ció ya con la pro­fe­sión co­rrien­do por sus ve­nas, no deseó al­gu­na vez to­mar otro ca­mino? —Sí, en un prin­ci­pio yo no es­ta­ba muy de­ci­di­da a se­guir la lí­nea de mi fa­mi­lia, por­que me pa­re­cía que no iba a po­der es­tar nun­ca a su al­tu­ra. Yo veía tra­ba­jar a mis pa­dres y eso me echa­ba un po­co pa­ra atrás, y no me atre­vía. Pe­ro en una fa­mi­lia en la que el tea­tro es fun­da­men­tal, co­mo pa­sa­ba en la nues­tra, es difícil es­ca­par a eso. Mis pa­dres nun­ca nos pre­sio­na­ron pa­ra de­di­car­nos a es­to, ni tam­po­co nos di­je­ron «no lo ha­gáis, es­to es muy du­ro». Nos de­ja­ron que de­ci­dié­ra­mos. Yo em­pe­cé ha­cien­do co­sas muy pe­que­ñas, por­que en­ton­ces los re­par­tos eran muy lar­gos y los que em­pe­zá­ba­mos te­nía­mos muy po­ca im­por­tan­cia. Pe­ro eso nos ser­vía mu­chí­si­mo por­que íba­mos apren­dien­do de los de­más, de los ma­yo­res, de los que sa­bían: la ma­ne­ra de ha­blar, la ma­ne­ra de es­tar en un es­ce­na­rio... No sa­lía­mos así, es­pon­tá­nea­men­te, ha­bía que tra­ba­jár­se­lo des­de aba­jo. —¿Y per­te­ne­cer a una gran sa­ga co­mo la su­ya be­ne­fi­cia o per­ju­di­ca a las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes, co­mo su so­bri­na-nie­ta Ire­ne? —En el ca­so de Ire­ne yo creo que ni le per­ju­di­ca ni le be­ne­fi­cia. Ella se ha tra­ba­ja­do muy bien su ca­rre­ra, que es di­fe­ren­te a la nues­tra. Ha em­pe­za­do muy pron­to y muy po­co a po­co. Es muy lu­cha­do­ra y muy es­tu­dio­sa, no hay que ol­vi­dar que la vi­da aho­ra no es co­mo ha­ce se­sen­ta años, es mu­cho más com­pe­ti­ti­va. Ella pre­pa­ra con mu­cho tiem­po las co­sas y se mue­ve pa­ra con­se­guir el tra­ba­jo que desea. El he­cho de que sea nie­ta de Ire­ne no creo que le per­ju­di­que. ¿Que si sa­ca be­ne­fi­cio? Bueno, el he­cho de que se­pan que es de la fa­mi­lia qui­zá a al­guien le mue­va, pe­ro es­te ofi­cio, co­mo to­do, te lo tie­nes que ga­nar por ti mis­ma. —He leí­do que us­ted di­jo, y me pa­re­ció muy bo­ni­to, que la sa­ga un día se aca­ba­rá, y no pa­sa na­da. —¡Cla­ro!, no pa­sa na­da, na­die es im­pres­cin­di­ble. ¡Hay tan­tas co­sas que se han aca­ba­do!: sa­gas, o que los he­re­de­ros de cier­tos pin­to­res o es­cri­to­res no se han de­di­ca­do a lo mis­mo... ¿Qué va a pa­sar? Na­da, el mun­do si­gue an­dan­do, ama­ne­ce­rá to­dos los días y ano­che­ce­rá, sal­drá el sol, y la lu­na, y la ma­rea se­gui­rá su­bien­do. No so­mos na­da den­tro del uni­ver­so. ¡So­mos tan po­ca co­sa! —Y el la­do frí­vo­lo de la pro­fe­sión,

co­mo el des­fi­le de los Go­ya, ¿qué le pa­re­ce? —El la­do frí­vo­lo lo ha ha­bi­do siem­pre, lo que pa­sa es que en­ton­ces no ha­bía tan­tos me­dios de pro­mo­ción co­mo aho­ra, ni mu­cho me­nos. No sa­lía­mos en las re­vis­tas, ni en la te­le­vi­sión, que es lo que más ha­ce que un ac­tor sea co­no­ci­do y po­pu­lar. Nues­tras ar­mas eran mu­cho más sen­ci­llas, pe­ro el mun­do ha cam­bia­do mu­cho. Lo frí­vo­lo de los Go­ya pues tam­bién es inevi­ta­ble, es una co­sa que sa­le por te­le­vi­sión y se ha ido con­vir­tien­do en una ex­hi­bi­ción de modelos. —Pe­ro de­trás de to­do eso hay una pro­fe­sión que tam­bién tie­ne sus som­bras. —Cla­ro, evi­den­te­men­te, por­que nos ex- po­ne­mos al pú­bli­co y to­do lo que ha­ce­mos tie­ne más tras­cen­den­cia. La gen­te se en­te­ra más de nues­tra vi­da, de nues­tros éxi­tos, pe­ro tam­bién de nues­tros fa­llos. Es­ta pro­fe­sión tie­ne una du­re­za que la gen­te no co­no­ce: a ve­ces tie­nes que sa­lir ade­lan­te co­mo pue­des por­que en ese mo­men­to no tie­nes tra­ba­jo, es­tás es­pe­ran­do o ha fa­lla­do al­go que te­nías y te deja en la ca­lle. Es­ta sen­sa­ción que hay aho­ra de te­ner un pues­to fijo y se­gu­ro no­so­tros no la he­mos te­ni­do nun­ca, y seguimos sin te­ner­la. —¿Los ac­to­res siem­pre se que­dan con el tea­tro? —Yo creo que si nos dan a ele­gir es lo que más nos gus­ta ha­cer co­mo in­tér­pe­tes. El tea­tro es un he­cho vi­vo que se pro­du­ce, lo de­más es­tá re­pro­du­ci­do, gra­ba­do. Lo que ha­ces en ca­da re­pre­sen­ta­ción nun­ca es igual: ni el es­ta­do de áni­mo es el mis­mo ni el pú­bli­co es el mis­mo. El pú­bli­co ve, oye, pal­pa y sien­te al ac­tor que es­tá in­ter­pre­tan­do. Es la ma­gia del di­rec­to y quie­nes te es­tán vien­do son se­res vi­vos que trans­mi­ten su con­for­mi­dad o dis­con­for­mi­dad. —¿Se ha sen­ti­do muy que­ri­da por el pú­bli­co? —Sí, en ge­ne­ral me he sen­ti­do muy que­ri­da. Tam­bién por­que he in­ter­pre­ta­do per­so­na­jes, co­mo es­te, que son se­res hu­ma­nos, con sus de­fec­tos y sus vir­tu­des, y no por eso les quie­res me­nos. —¿Y en el amor, cree que la vi­da la ha tra­ta­do bien? —Sí, creo que me ha tra­ta­do bien, por­que he si­do fe­liz. Pe­ro es im­po­si­ble pre­ten­der ser fe­liz du­ran­te to­da la vi­da a to­das ho­ras. Yo he te­ni­do la suer­te de ser fe­liz a ra­tos. La fe­li­ci­dad son mo­men­tos pe­que­ños, días de­ter­mi­na­dos, lo otro es en­ga­ñar­se. ¿Có­mo vas a ser fe­liz siem­pre? Hay mi­les de co­sas que te pue­den ba­jar al fon­do de tu es­pí­ri­tu des­tro­za­do por las cir­cuns­tan­cias, la vi­da es­tá com­pues­ta de eso tam­bién. Hay mu­cha gen­te que lo ha pa­sa­do y lo es­tá pa­san­do mal, y por tan­to so­mos unos pri­vi­le­gia­dos los que he­mos con­se­gui­do esos mo­men­tos, esos días o esos años de fe­li­ci­dad.

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