Ade­lan­te con los me­ses más fríos

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - PALABRAS - > Mon­cho Nú­ñez Cen­te­lla

un­que ha­ya que se­guir ha­blan­do y pen­san­do en el ca­len­ta­mien­to glo­bal, en Ga­li­cia ya estamos en ple­na épo­ca fría, no en vano nues­tras tem­pe­ra­tu­ras mí­ni­mas se dan siem­pre en enero y sus me­ses li­mí­tro­fes. La co­sa tie­ne un re­par­to de­sigual, ex­pli­ca­ble geo­grá­fi­ca­men­te, re­sul­tan­do que los mu­ni­ci­pios más fríos es­tán en las pro­vin­cias de Lu­go (Pe­dra­fi­ta, Cer­van­tes, Sa­mos) y Ou­ren­se (Cal­vos de Ran­dín, Vi­la­ri­ño de Con­so, Bal­tar), pe­ro por efec­to del océano es di­fí­cil que ba­jen del ce­ro los lu­ga­res pró­xi­mos a la cos­ta. Como tes­ti­mo­nio ur­bano de esa di­fe­ren­cia di­ga­mos que mien­tras el ré­cord ab­so­lu­to de tem­pe­ra­tu­ra mí­ni­ma en la ciu­dad co­ru­ñe­sa es de -3 gra­dos, que se al­can­za­ron el 22 de fe­bre­ro de 1948, ese mis­mo día en Com­pos­te­la lle­ga­ron a -9. Ló­gi­ca­men­te, los ter­mó­me­tros en ciu­da­des del in­te­rior ga­lai­co ri­va­li­zan pa­ra el ré­cord: en Lu­go vie­ron -10 gra­dos en di­ciem­bre del 2005 y en Ou­ren­se, 8,6 ba­jo ce­ro, tam­bién en di­ciem­bre, tan­to en 1890 como en el 2001. Me ba­so siem­pre en los re­gis­tros del Ins­ti­tu­to Es­pa­ñol de Me­teo­ro­lo­gía, ya que en la me­mo­ria de los más vie­jos del lu­gar pue­den exis­tir di­fe­ren­cias. Los re­cuer­dos son co­sa muy per­so­nal.

Por su­pues­to, como es­cu­ché de­cir a un arre­pen­ti­do vo­lun­ta­rio de la Di­vi­sión Azul, mu­cho mas frío ha­ce en Ru­sia. De he­cho, la al­dea si­be­ria­na de Oi­mia­kón tie­ne el tí­tu­lo de ser el lu­gar más gé­li­do del he­mis­fe­rio nor­te, con -45 gra­dos ¡de me­dia! en sus nue­ve me­ses de in­vierno. Esa frial­dad ru­so-si­be­ria­na ha si­do pro­ta­go­nis­ta de de­rro­tas bé­li­cas his­tó­ri­cas, como re­cuer­da la ci­ta de Geor­ge Or­well, en­tre las que me­re­ce des­ta­car­se la del Ejér­ci­to na­po­leó­ni­co, que re­du­jo las tro­pas in­va­so­ras fran­ce­sas en un 80 % y pa­ra no­so­tros que­dó in­mor­ta­li­za­da de mo­do ma­gis­tral, tan­to li­te­ra­ria, en Gue­rra y paz, de Tols­tói, como mu­si­cal­men­te, en la fa­mo­sa Ober­tu­ra 1812 de Chai­kovs­ki, cu­yos ca­ño­na­zos fi­na­les apor­tan un fi­nal tan aca­lo­ra­do que se di­si­pa to­do re­cuer­do in­ver­nal.

Co­sa dis­tin­ta, aunque los jó­ve­nes no lo re­cuer­den, fue la gue­rra fría en­tre la Unión So­vié­ti­ca y los Es­ta­dos Uni­dos, que vi­vió su eta­pa más ca­len­ti­ta ha­ce aho­ra 50 años, cuan­do el te­lé­fono rojo (co­ne­xión in­me­dia­ta y di­rec­ta en­tre la URSS y EE.UU.) es­ta­ba en mo­do de aler­ta. Pre­ci­sa­men­te el 17 de enero de 1966, un bom­bar­de­ro es­ta­dou­ni­den­se B-52 que por­ta­ba cua­tro bom­bas H al rea­li­zar —como todos los días, so­bre­vo­lan­do la cos­ta de Al­me­ría— una ma­nio­bra de aco­pla­mien­to pa­ra re­pos­tar com­bus­ti­ble co­li­sio­nó con el avión cis­ter­na, con ex­plo­sión de uno y frac­tu­ra del otro, y per­dió las cua­tro car­gas ter­mo­nu­clea­res. Tres de ellas ca­ye­ron en los al­re­de­do­res del pue­blo de Pa­lo­ma­res y la cuarta en el mar, a unos 8 ki­ló­me­tros de la cos­ta. Fue el ma­yor ac­ci­den­te ató­mi­co-nu­clear de la his­to­ria.

Al pen­sar en áto­mos quie­ro men­cio­nar a su in­ven­tor, De­mó­cri­to, un hom­bre de ca­be­za fría, cu­ya ci­ta ma­te­ria­lis­ta es­tá en to­das las an­to­lo­gías de la cien­cia y po­ne las co­sas en su si­tio. Hoy sa­be­mos que el ca­lor y el frío son co­sas re­la­cio­na­das con el mo­vi­mien­to de los áto­mos. La fal­ta de mo­vi­mien­to en ge­ne­ral es­tá li­ga­da al frío, y por eso es más di­fí­cil te­ner san­gre fría que los pies fríos (di­go yo). Es­te úl­ti­mo problema, tan pro­pio de es­tas épo­cas, fue plan­tea­do como nun­ca en el Ecle­sias­tés (4,11): «Si dos se acues­tan jun­tos, en­tran en ca­lor; pe­ro uno so­lo se mue­re de frío». En­tra­mos en un te­ma muy no­ve­les­co. Como pue­de su­po­ner­se por su fra­se, Emily Bron­të, la ro­mán­ti­ca au­to­ra de Cum­bres bo­rras­co­sas, fue es­pe­cia­lis­ta en ca­len­ta­mien­tos, pe­ro la po­bre mu­rió de tu­bercu­losis a los 30 años, tras ha­ber con­traí­do un res­fria­do en el fu­ne­ral de su her­mano Bran­well. Pa­ra fi­na­li­zar con un ho­me­na­je a las víc­ti­mas del frío, cons­te aquí que Francis Ba­con, uno de los ideó­lo­gos de la re­vo­lu­ción cien­tí­fi­ca, mu­rió como con­se­cuen­cia de una pul­mo­nía, con­traí­da al intentar in­ven­tar los con­ge­la­dos por el pro­ce­di­mien­to de re­lle­nar y re­bo­zar un po­llo con la nie­ve du­ran­te una nevada lon­di­nen­se en 1626. Un már­tir de la cien­cia. Re­quies­cat in pa­ce.

Se cum­plen 50 años de los mo­men­tos más ten­sos de la gue­rra fría

Illa­rion Pr­ya­nish­ni­kov (1840-1894) pin­tó la re­ti­ra­da de las tro­pas na­po­leó­ni­cas de Ru­sia en 1812, de­rro­ta­das por las tem­pe­ra­tu­ras más frías del he­mis­fe­rio nor­te

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