«Que­dar­me en la bo­de­ga fue mi me­jor de­ci­sión»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EMPRESAS - Su­sa­na Luaña

Tie­ne el apo­yo de su fa­mi­lia y de su enó­lo­go, pe­ro lo cier­to es que más de cin­co hec­tá­reas de vi­ñe­dos de la sub­zo­na Qui­ro­ga-Bi­bei de la Ri­bei­ra Sa­cra, una bo­de­ga y dos mar­cas de vino de­pen­den del tra­ba­jo de una bo­de­gue­ra y viticultora, Xiana Do­mín­guez, que a sus 35 años se ma­ne­ja con sol­tu­ra en el sec­tor. Sus cal­dos no de­jan de re­ci­bir re­co­no­ci­mien­tos, y ella no pue­de es­tar más sa­tis­fe­cha.

Xiana Do­mín­guez (A Po­bra de Trives, 1983) se crio en una fa­mi­lia de bo­de­gue­ros y, aun­que es­tu­dió In­ge­nie­ría Agrí­co­la en Lu­go y des­pués tra­ba­jó pa­ra una bo­de­ga en Va­len­cia, siem­pre tu­vo cla­ro que vol­ve­ría a ca­sa pa­ra ha­cer­se car­go del ne­go­cio fa­mi­liar. El ho­gar, el te­rru­ño, los vi­ñe­dos, el pai­sa­je, la fa­mi­lia y los ami­gos siem­pre ti­ra­ron. Ella cree que es un pri­vi­le­gio vi­vir en la Ri­bei­ra Sa­cra.

—¿Có­mo echó a an­dar la bo­de­ga Chao do Cou­so?

—Es­te año se cum­ple el vein­te aniver­sa­rio de la bo­de­ga, que es­tá en la pa­rro­quia de Pi­ñei­ro, en A Po­bra de Trives. Mis pa­dres te­nían sus tra­ba­jos, pe­ro los dos de­bían su­pe­rar unas opo­si­cio­nes, y co­mo no sa­bían cuál iba a ser el re­sul­ta­do y mi her­ma­na y yo éra­mos pe­que­ñas, de­ci­die­ron ha­cer un ne­go­cio del vino y de las vi­ñas que ya te­nía mi abue­lo. Mon­ta­ron una bo­de­ga, al prin­ci­pio pe­que­ña, y fue­ron am­plian­do el vi­ñe­do. Afor­tu­na­da­men­te los dos apro­ba­ron, pe­ro si­guie­ron com­pa­ti­bi­li­zan­do las dos co­sas.

—¿Y us­ted en qué mo­men­to se in­cor­po­ró?

—Yo me fui a Lu­go a es­tu­diar In­ge­nie­ría Agrí­co­la y al aca­bar es­tu­ve una tem­po­ra­da en Va­len­cia tra­ba­jan­do en una coope­ra­ti­va en la que era téc­ni­ca de ca­li­dad, pe­ro ya a los seis me­ses de­ci­dí ve­nir­me, pen­sé que en nin­gún si­tio iba a es­tar co­mo en ca­sa. Hi­ce esa ca­rre­ra pen­san­do en ha­cer­me car­go al­gún día de la bo­de­ga, pe­ro tam­po­co sé muy bien en qué mo­men­to lo de­ci­dí. Su­pon­go que al aca­bar los es­tu­dios me fui por co­no­cer un po­co de mun­do y sa­ber lo que se ha­cía fue­ra, pe­ro ya va a ha­cer diez años que es­toy aquí.

—¿Na­da más vol­ver ya se pu­so al fren­te de la bo­de­ga?

—A los po­cos me­ses de vol­ver, a mi pa­dre le diag­nos­ti­ca­ron es­cle­ro­sis múl­ti­ple, y en­ton­ces ya me que­dé yo. Mi pa­dre es­tá bien, afor­tu­na­da­men­te, pe­ro se ju­bi­ló en ese mo­men­to y me pu­se yo al fren­te.

—¿Có­mo lle­vó esa res­pon­sa­bi­li­dad, así de re­pen­te?

—Es­ta­ba preo­cu­pa­da por mi pa­dre, por­que fue un gol­pe du­ro pa­ra to­dos. Pe­ro yo ya vol­ví con la in­ten­ción de ha­cer­me car­go de es­to. Pue­de que al prin­ci­pio ver­me so­la me ago­bia­se un po­co, pe­ro mi pa­dre me ayu­dó mu­cho, y lo mis­mo el enó­lo­go que ten­go, Luis Buitrón, que me co­no­ce des­de que era ni­ña. Es el que te­nía mi pa­dre y lle­va vein­te años con no­so­tros.

—¿Ju­ga­ba ya us­ted en­tre vi­ñe­dos de pe­que­ña?

—Ten­go mu­chos re­cuer­dos de esa épo­ca. El tra­ba­jo en­ton­ces se ha­cía de otra for­ma, me acuer­do de arar las vi­ñas con el bu­rro o de apa­ñar cán­ta­ros de agua pa­ra dar sul­fa­to. Y de ir a ven­di­miar, que an­tes iba to­da la fa­mi­lia y lue­go se ha­cía una fies­ta, co­mía­mos to­dos en la vi­ña... Yo ya me crie en­tre los ban­ca­les. A ve­ces me caían unas re­pri­men­das tre­men­das si no aten­día el tra­ba­jo y me iba a ju­gar... Anéc­do­tas que a día de hoy me pa­re­cen muy di­ver­ti­das.

—¿Siem­pre tu­vo cla­ro que que­ría vi­vir en el cam­po?

—Cuan­do era ado­les­cen­te creo que en lo úni­co que pen­sa­ba era en ir­me, y siem­pre qui­se ir­me a un si­tio con mar, y me fui a Lu­go, que no tie­ne mar, y aca­bé vol­vien­do a ca­sa por­que que­ría es­tar aquí. Me en­can­ta vi­vir en el ru­ral, con mis mon­ta­ñas y con es­ta tran­qui­li­dad. Creo que vol­ver y que­dar­me fue mi me­jor de­ci­sión.

—¿Có­mo son sus vi­nos?

—Es­ta­mos en la sub­zo­na Qui­ro­ga-Bi­bei de la Ri­bei­ra Sa­cra. Es la zo­na del río Bi­bei y fui­mos los úl­ti­mos en en­trar en la de­no­mi­na­ción de ori­gen, que se creó po­co an­tes de mon­tar mi pa­dre la bo­de­ga. Él ha­cía un men­cía crian­za, Al­cou­ce, y yo aho­ra ha­go tam­bién un men­cía jo­ven, Xiana. Xiana Do­mín­guez co­mer­cia­li­za las dos mar­cas: Al­cou­ce, que ya ha­cía su pa­dre, y la su­ya pro­pia, Xiana.

—Xiana lle­va su ca­ra en la eti­que­ta, ¿có­mo se le ocu­rrió?

—Es que el año que de­ci­dí ha­cer mi pro­pio vino, en el 2015, ca­yó aquí una tre­men­da granizada y lo arra­só to­do. El vino iba a te­ner otro nom­bre y otra eti­que­ta, pe­ro co­mo fue to­do muy com­pli­ca­do, de­ci­dí dar­me un ho­me­na­je y le pu­se mi nom­bre. Y al fi­nal to­do sa­lió bien, es­toy muy con­ten­ta con el re­sul­ta­do del vino.

—¿Có­mo pue­de con to­do us­ted so­la, que es au­tó­no­ma?

—Has­ta la vendimia pro­cu­ro ocu­par­me yo de to­do y pa­ra la épo­ca de la po­da con­tra­to gen­te, tam­bién pa­ra des­bro­zar o sul­fa­tar. De­pen­de de si me apa­ño so­la o no. Del per­so­nal de la vendimia se en­car­ga una bo­de­ga, por­que ade­más de ha­cer nues­tros pro­pios vi­nos, la ma­yo­ría de la pro­duc­ción de uva la ven­do.

—¿Cuán­tas hec­tá­reas tra­ba­ja?

—Aho­ra te­ne­mos cin­co y me­dia, ca­da año va­mos am­plian­do un po­co. Al­gu­nas ya eran de mis abue­los y otras las fui­mos com­pran­do.

—Tres años tie­ne su vino y ya es­tá con­si­guien­do re­co­no­ci­mien­tos. ¿Cuál es el se­cre­to?

—El pri­mer año ya fue un éxi­to. Los dos vi­nos tu­vie­ron va­rios pre­mios, el úl­ti­mo fue en un con­cur­so que or­ga­ni­za la Fe­de­ra­ción Es­pa­ño­la de Enó­lo­gos. El Xiana con­si­guió el Gran Oro, la má­xi­ma dis­tin­ción, y el Al­cou­ce con­si­guió la pla­ta. Es­toy muy con­ten­ta. Los pre­mios pa­ra mí son un re­co­no­ci­mien­to a mi tra­ba­jo y al de mi enó­lo­go, pe­ro so­bre to­do, me ale­gro por la zo­na, por­que es una pro­mo­ción muy bue­na. Pe­ro ya si ha­bla­mos del vino, el mé­ri­to es de mi enó­lo­go. Yo le di­je más o me­nos lo que que­ría y el re­sul­ta­do no pu­do ser me­jor. Él man­da y yo cum­plo ór­de­nes. Creo que for­ma­mos un gran equi­po.

—¿No le asus­ta tra­ba­jar en un mun­do de hom­bres?

—No. A lo me­jor ha­ce trein­ta años... Me sien­to arro­pa­da por la fa­mi­lia y por los ve­ci­nos, por­que mi vino pro­pio, Xiana, lo hi­ce por­que me lo pe­dían en los ne­go­cios de Trives y no me can­sa­ré de dar­les las gra­cias. Nun­ca no­té nin­gu­na dis­cri­mi­na­ción por ser mu­jer, aun­que al­gu­na vez me gus­ta­ría que hu­bie­se un am­bien­te al­go más fe­me­nino en el sec­tor, la ver­dad.

«Mi vino pro­pio lo hi­ce por­que me lo pe­dían en Trives, y no me can­sa­ré de dar­les las gra­cias»

| LO­LI­TA VÁZ­QUEZ

Va­rios pre­mios ava­lan el tra­ba­jo de Xiana Do­mín­guez al fren­te de la bo­de­ga Chao do Cou­so.

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