JOANA BIAR­NÉS, FO­TO­PE­RIO­DIS­TA

Los otros fo­tó­gra­fos la mi­ra­ban con con­des­cen­den­cia, pe­ro ella se co­la­ba en la ha­bi­ta­cion de los Beatles, se em­ba­rra­ba en inun­da­cio­nes y de­mos­tra­ba una y otra vez su pa­sión y su ta­len­to. A sus 82 años, la pri­me­ra fo­to­pe­rio­dis­ta de nues­tro país re­ci­be el r

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

Siem­pre me pre­sen­ta­ba co­mo fo­tó­gra­fo, nun­ca co­mo fo­tó­gra­fa. No que­ría que pen­sa­ran que pe­día pri­vi­le­gios por ser mu­jer”. Los ojos de Joana Biar­nés (Ta­rra­sa, 1935) re­bo­san vi­ta­li­dad y su am­plia son­ri­sa, bon­dad. Ella fue la pri­me­ra mu­jer fo­to­pe­rio­dis­ta en Es­pa­ña y se abrió pa­so en un mun­do de hom­bres a gol­pe de co­ra­je y desen­vol­tu­ra, pa­ra con­ver­tir­se en un in­dis­cu­ti­ble re­fe­ren­te de la fo­to­gra­fía en nues­tro país. Con­si­go trae un sin­fín de aven­tu­ras que nos ha­blan de una mu­jer va­lien­te y ale­gre, pe­ro so­bre to­do, de al­guien que ne­ce­si­ta creer en lo que ha­ce, la fo­to­gra­fía. Con mo­ti­vo de la inauguración de la ex­po­si­ción A con­tra­co­rrien­te (en el Pa­lau Ro­bert de Bar­ce­lo­na, has­ta el 2 de abril de 2018) y de la pre­sen­ta­ción del li­bro bio­grá­fi­co Joana Biar­nés. Dis­pa­ran­do con el co­ra­zón (Blu­me), ha­bla­mos con ella una tar­de llu­vio­sa, en el bar de un ho­tel de Ta­rra­sa.

Mu­jer­hoy. Par­ti­do de fut­bol Bar­ce­lo­naEs­pa­ñol, año 1965. Uno de los fo­tó­gra­fos a pie de cam­po lle­va fal­da. El ár­bi­tro, in­quie­to, no ini­cia el par­ti­do. ¿Qué pa­sa? Joana Biar­nés. ¡Un gran es­cán­da­lo! El ár­bi­tro no co­mien­za el par­ti­do por­que quie­re que yo me va­ya. Vie­ne y me pre­gun­ta qué ha­go allí. “¡Ven­go a ha­cer fo­tos!”, le con­tes­to. Me di­ce que ahí no pue­do es­tar. “¿Por qué?”, le suel­to. “Por­que eres una mu­jer”, me res­pon­de. Y em­pie­za el lío.

¿Y el pú­bli­co?

Te pue­des ima­gi­nar... Co­mo no em­pe­za­ba el par­ti­do, em­pe­za­ron a in­sul­tar­me: “Gua­rra”; “Ve­te a fre­gar pla­tos”... Las pier­nas y las ma­nos me tem­bla­ban, era muy jo­ven. Pe­ro me sa­lió mi par­te re­bel­de. ¿Por qué no po­día es­tar ahí? Me di­je: “De aquí no me mue­vo”. Sa­qué mi acre­di­ta­ción de la Fe­de­ra­ción de Fút­bol y se la en­se­ñé al je­fe de cam­po. Cuan­do vio el car­net, le di­jo al á rbi­tro que es­ta­ba au­to­ri­za­da, que me po­día que­dar. Fue el pri­me­ro de mu­chos epi­so­dios. To­da mi tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal ha es­ta­do mar­ca­da por la frase: “¿Y es­ta qué vie­ne a ha­cer aquí?”.

La con­cien­cia de la de­sigual­dad en­tre hom­bres y mu­je­res se fue en­ton­ces la­bran­do a tra­vés de es­tas ex­pe­rien­cias. Exac­to. Mi­ra, mi pa­dre [Joan Biar­nés, tam­bién fo­tó­gra­fo] era un hom­bre muy que­ri­do. Si yo lle­ga­ba, por ejem­plo, a una ca­rre­ra ci­clis­ta y se oía al ma­cho de turno de­cir: “¿Qué ha­ce aquí es­ta tía?”, siem­pre ha­bía al­guien que con­tes­ta­ba: “Shhh, que es la hi­ja de Biar­nés”. Es­to pa­ra mí era un ba­lón de oxí­geno que me lle­vó a no que­rer de­frau­dar­le nun­ca. Cuan­do le pe­dí per­mi­so pa­ra tras­la­dar­me de Ta­rra­sa a Bar­ce­lo­na, pa­ra tra­ba­jar en la ca­pi­tal, me di­jo: “Te en­tien­do per­fec­ta­men­te, pe­ro te pi­do un fa­vor: no me ha­gas ba­jar la ca­be­za”. Esa fuer­za me sir­vió pa­ra en­fren­tar­me a las in­jus­ti­cias y ti­rar pa­ra ade­lan­te.

Se di­ce que te­nía us­ted arro­jo y des­par­pa­jo.

Tu­ve que ser así. En­tré en el dia­rio Pue­blo, don­de ha­bía seis fo­tó­gra­fos más, to­dos hom­bres. Y yo sa­bía que ha­bía una do­ble va­ra de me­dir, así que ha­bía que ga­nar­les la par­ti­da sa­can­do unas fo­tos tan bue­nas que el re­dac­tor je­fe me lla­ma­ra pa­ra fe­li­ci­tar­me. Nun­ca tu­ve nin­gún pro­ble­ma con mis com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo, eran ex­ce­len­tes. Pe­ro te­nía que ha­cer­me res­pe­tar en un mun­do de hom­bres. Tu­ve que ser va­lien­te sí o sí, no me que­da­ba otra. Que­ría que cuan­do lle­ga­ra al pe­rió­di­co di­je­ran: “¡Ca­ray! Ha me­re­ci­do la pe­na con­fiar en es­ta chi­ca”.

NO PUE­DES ES­TAR AQUÍ, ERES UNA MU­JER”, DI­JO EL ÁR­BI­TRO. PE­RO ME SA­LIÓ LA RE­BEL­DÍA”.

¿Por qué se hi­zo us­ted fo­tó­gra­fa?

De ni­ña que­ría ser te­le­fo­nis­ta, pe­ro mi pa­dre me di­jo que eso no te­nía fu­tu­ro. Él era co­rres­pon­sal fotográfico en la co­mar­ca del Va­llès de la pren­sa de­por­ti­va de Bar­ce­lo­na. Siem­pre in­tuí que le ha­bría gus­ta­do que yo fue­ra chico y ha­cer­me su ayudante. Esa idea me ha­cía su­frir. Era un hom­bre muy ca­ri­ño­so y yo pen­sa­ba que no me que­ría tan­to por­que era chi­ca. Un día de­ci­dí de­mos­trar­le que po­día con­ver­tir­me en su ilu­sión. Unos ex­cur­sio­nis­tas vi­nie­ron a ca­sa. Ha­bían des­cu­bier­to una si­ma con es­ta­lac­ti­tas y es­ta­lag­mi­tas, y que­rían do­cu­men­tar­la grá­fi­ca­men­te. Mi pa­dre les di­jo que no; te­nía que cu­brir un par­ti­do de fút­bol. Esa fue mi opor­tu­ni­dad. Les di­je que yo po­día ha­cer­lo. Te­nía 20 años.

Tie­ne us­ted una gran anéc­do­ta con los Beatles.

Con ellos em­pe­cé a de­mos­trar mi va­lor. Cuan­do me en­te­ré de que ve­nían a Es­pa­ña, me di­je: “Ten­go que lle­gar al pe­rió­di­co con al­go que les de­je aton­ta­dos”. En la rue­da de pren­sa vi que to­dos ha­cía­mos las mis­mas fo­tos. Y se me ocu­rrió com­prar un bi­lle­te en el mis­mo vuelo en que iban ellos. Una vez en el avión, me di­ri­gí al ba­ño. Lle­va­ba una cá­ma­ra con zoom den­tro del bol­so e iba ves­ti­da co­mo siem­pre. Des­de el la­va­bo, em­pe­cé a ha­cer­les fo­tos. Rin­go Starr ter­mi­nó por des­cu­brir­me... ¡pe­ro ya te­nía las fo­tos que na­die te­nía! ¡Se me pa­ró el co­ra­zón de la emo­ción!

Pe­ro no era su­fi­cien­te…

Cuan­do lle­gué a Bar­ce­lo­na, ya te­nía el gu­sa­ni­llo en el cuer­po. ¿Por qué no ir un po­co más le­jos? Sa­bía en qué ho­tel se iban a alo­jar. En la re­cep­ción me di­je­ron que ha­bían re­ser­va­do to­da la plan­ta y que un guar­daes­pal­das vi­gi­la­ba el as­cen­sor. Subí por el mon­ta­car­gas, lla­mé a la puer­ta de su ha­bi­ta­ción y me abrió Rin­go Starr. Me re­co­no­ció en­se­gui­da. Le pe­dí que me de­ja­ran ha­cer una úl­ti­ma foto. El mi­ró aden­tro, los de­más de­bie­ron de asen­tir y me de­jó pa­sar. Me de­bie­ron de to­mar por una fan en­lo­que­ci­da. Es­tu­ve ca­si tres ho­ras con ellos y no sa­qué el flash pa­ra no de­la­tar­me. Así es­ta­ban más re­la­ja­dos. Mien­tras, ha­bla­mos de cual­quier co­sa, yo con mi in­gles ho­rro­ro­so. Me pre­gun­ta­ron so­bre las gui­ta­rras es­pa­ño­las, las pal­mas... Yo, in­ven­tan­do to­do el ra­to, ter­mi­né con­tán­do­les co­mo pre­pa­rar pan con to­ma­te y bu­ti­fa­rra con alu­bias.

ME SUBÍ AL AVIÓN EN QUE IBAN LOS BEATLES. RIN­GO STARR ME DES­CU­BRIÓ, PE­RO YA TE­NÍA LAS FO­TOS”.

En la re­dac­ción de­bie­ron de alu­ci­nar.

Re­ve­lé las fo­tos y fui al pe­rió­di­co co­mo una lo­ca. Y el re­dac­tor je­fe me di­jo: “¿Pe­ro dón­de vas con es­to?”. El Go­bierno ha­bía prohi­bi­do dar­les más pro­mo­ción a los “me­le­nu­dos”. Las fo­tos eran una ex­clu­si­va mun­dial y no me las pu­bli­ca­ron. Se las re­ga­lé a la re­vis­ta On­das.

A us­ted la be­só Clint East­wood. Eso pa­sa una vez en la vi­da. Yo te­nía un des­par­pa­jo que pa­re­cía que es­ta­ba de vuel­ta de to­do, co­sa que

no era ver­dad, pe­ro con Clint East­wood me que­dé pe­tri­fi­ca­da. En la ce­na de los corresponsales ex­tran­je­ros de los Os­car, lo veo y me em­pie­za a en­trar un su­dor frío en to­do el cuer­po. Ese pe­da­zo de se­ñor, que me en­can­ta­ba, ve­nía ha­cia mí ca­mi­nan­do en plan cow­boy. Y yo afe­rra­da a mi cá­ma­ra, in­mó­vil co­mo una idio­ta, mien­tras me de­cía que le fo­to­gra­fia­ra. Se acer­có, me co­gió la ca­ra y me dio un pi­qui­to.

Ya que es­ta­mos, ¿có­mo era Jack Lem­mon?

Sim­pa­ti­quí­si­mo y muy gra­cio­so. En los con­tra­tos siem­pre pe­día te­ner un piano y una ca­ja de cer­ve­zas. En­tre plano y plano, to­ca­ba y se to­ma­ba una cer­ve­ci­ta. Cuan­do me pre­sen­ta­ron, me di­jo: “¿Y vie­ne us­ted de Es­pa­ña pa­ra re­tra­tar­me a mí? ¡Pues sí que soy un ti­po im­por­tan­te!”.

¿Y Ro­man Po­lans­ki?

En los ve­ra­nos de los 60 y 70, Pue­blo nos man­da­ba a Pal­ma de Ma­llor­ca, Be­ni­dorm y To­rre­mo­li­nos a la ca­za de fa­mo­sos. Un día, en el ae­ro­puer­to de Marbella, ve­mos que lle­ga el avión de Play­boy y de él sa­len Ro­man Po­lans­ki y Hugh Hef­ner, con sus co­ne­ji­tas. ¡Aquí hay te­ma! Po­lans­ki se acer­ca y nos di­ce, a mi com­pa­ñe­ro Jo­sé Luis Na­vas y a mí, que quie­re al­qui­lar un bar­co pa­ra ha­cer esquí acuá­ti­co. Se lo con­se­gui­mos y Jo­sé Luis me pre­sen­ta co­mo su mu­jer. Ellos se van a es­quiar y yo, des­de la ven­ta­na de la ca­sa, que da­ba a la pla­ya, me pon­go a ha­cer­les fo­tos. Al aca­bar, Jo­sé Luis le in­vi­ta a co­mer, di­cién­do­le que su mu­jer, yo, ha he­cho pae­lla. Y ahí, foto va, foto vie­ne. Po­lans­ki ve­nía del mun­do del ci­ne, pe­ro en nin­gún mo­men­to se per­ca­tó de que es­tá­ba­mos ac­tuan­do. ¡De esa co­mi­da sa­lió un gran re­por­ta­je!

Pe­ro no so­lo ha tra­ba­ja­do us­ted en el mun­do de las ce­le­bri­ties y la farándula. La gen­te lo cree por­que era lo úni­co que se po­día ha­cer en ese mo­men­to. Pe­ro hu­bo otras co­sas. En 1968, Jo­sé Luis Na­vas y yo su­pi­mos que en el co­le­gio San Fernando, de la Dipu­tación de Ma­drid, ha­bía ca­sos de mal­tra­to a hi­jos de ma­dres sol­te­ras. En­con­tra­mos a un ni­ño de nue­ve años al que le ha­bían ro­to el tím­pano de una bo­fe­ta­da y te­nía to­da la ca­ra mo­ra­da. El po­bre te­nía el mie­do me­ti­do en el cuer­po. El di­rec­tor se jus­ti­fi­có: “Al fin y al ca­bo, son hi­jos de sol­te­ra”. Na­vas ti­tu­ló así el re­por­ta­je, que cau­só gran po­lé­mi­ca. La po­li­cía me pi­dió los ne­ga­ti­vos pa­ra ver si es­ta­ban tru­ca­dos. El co­le­gio fue amo­nes­ta­do y nos tu­vi­mos que ir de Ma­drid una tem­po­ra­da.

No fue su úni­co re­por­ta­je du­ro...

He pa­sa­do tres prue­bas de va­lor en mi vi­da. La pri­me­ra, cuan­do cu­brí el Bar­ce­lo­na-es­pa­ñol. La se­gun­da fue du­ran­te la ca­rre­ra de Pe­rio­dis­mo. Un pro­fe­sor, Ma­nuel de Lar­go, ex­tra­or­di­na­rio co­lum­nis­ta de to­ros en La Van­guar­dia, me pre­gun­tó si me gus­ta­ban los to­ros. Le di­je que no. No so­por­ta­ba la sangre. Y me en­car­gó un re­por­ta­je en el ma­ta­de­ro de Bar­ce­lo­na. ¿Te ima­gi­nas? Me pa­só co­mo en el fút­bol. La pes­te, los gri­tos de los ani­ma­les, las mi­ra­das de los ma­ta­ri­fes en plan: “¿Qué, gua­pa, vie­nes de gua­sa o qué?”. Es­ta­ba ate­rra­da, pe­ro me so­bre­pu­se. Cuan­do ya ha­bían ma­ta­do a to­dos los ani­ma­les, pre­gun­té: “¿Se ha aca­ba­do?”. Y me lle­va­ron al mu­seo de los ho­rro­res, don­de te­nían una vaca con un so­lo ojo, una ca­bra con sie­te pa­tas... Al fi­nal, las fo­tos gus­ta­ron tan­to que me las com­pró un ve­te­ri­na­rio, pa­ra un li­bro. La ter­ce­ra prue­ba de va­lor fue en las inun­da­cio­nes del Va­llès, en 1962. Fue muy du­ro. Nos di­vi­di­mos el te­rri­to­rio en­tre mi pa­dre y yo. Me im­pac­tó ver a gen­te aho­ga­da en el ba­rro y a fa­mi­lias dur­mien­do a la in­tem­pe­rie, jus­to al la­do de sus ca­sas des­tro­za­das. Las fo­to­gra­fías abrie­ron el pe­rió­di­co al día si­guien­te.

Sin em­bar­go, el sen­sa­cio­na­lis­mo se fue im­po­nien­do y us­ted no aguan­tó más. Lo que re­pre­sen­ta­ba el fo­to­pe­rio­dis­mo pa­ra mí fue des­apa­re­cien­do. Sur­gie­ron los paparazzi y los re­por­ta­jes se va­lo­ra­ban se­gún el mor­bo que te­nían. Un día lle­vé al dia­rio un re­por­ta­je de un se­ñor que se ha­bía cu­ra­do de cán­cer en Pam­plo­na; el re­dac­tor je­fe me di­jo. “Es­to no ven­de, Jua­na”. Y de­ci­dí re­ti­rar­me. Pe­ro he vuel­to. Ha­ce po­co pu­bli­qué un tra­ba­jo so­bre un cen­tro de dis­ca­pa­ci­dad in­te­lec­tual. Me enamo­ré de esa gen­te. Aún hay per­so­nas que ha­cen co­sas por los de­más.

SUR­GIE­RON LOS PAPARAZZI Y EL MOR­BO Y DE­CI­DÍ RE­TI­RAR­ME. PE­RO HE VUEL­TO A TRA­BA­JAR”.

¿Al­gún con­se­jo pa­ra jó­ve­nes fo­tó­gra­fas?

Las co­sas han cam­bia­do bas­tan­te. Pe­ro la mu­jer si­gue co­bran­do me­nos y se la si­gue va­lo­ran­do me­nos. Por eso hay que ser va­lien­te. En la vi­da hay que ser va­lien­te.

2. Ro­cío Dur­cal, en el ro­da­je de Las Lean­dras (Ma­drid, 1969).

3.

Joana Biar­nés, re­pa­san­do la pri­me­ra se­lec­ción de fo­to­gra­fías pa­ra su li­bro Dis­pa­ran­do con el co­ra­zón (Blu­me). Foto de Im­ma Cor­tés.

Los Beatles, ba­jan­do del avión (Bar­ce­lo­na, 1965).

5. Biar­nés en el cam­po de fút­bol. Ima­gen del do­cu­men­tal Joana Biar­nés, una en­tre to­dos, de REC pro­duc­cions en co­pro­duc­ción con TV3 y TVE. Di­ri­gi­do por Òscar Mo­reno y Jordi Ro­vi­ra.

4. Re­por­ta­je de Ma­ri­sol en la ba­se mi­li­tar de To­rre­jón de Ar­doz (Ma­drid, 1967). 6. Se­sión de mo­da en ple­na ca­lle (Bar­ce­lo­na, 1962).

8. Lu­cía Bo­sé, ca­rac­te­ri­za­da co­mo Geor­ge Sand en el ro­da­je de Un in­vierno en Ma­llor­ca (Ma­llor­ca, 1969). 9. Se­sión fo­to­grá­fi­ca con Car­men Se­vi­lla (Ma­drid, 1969).

7. Ima­gen del re­por­ta­je fotográfico de Joana so­bre las te­rri­bles inun­da­cio­nes del Va­llès (1962).

10. Con su ma­ri­do, Jean Mi­chel Bam­ber­ger, ex­co­rres­pon­sal de Pa­ris Match en Bar­ce­lo­na.

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