CAER BIEN

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Tercera Vuelta - PA­LO­MA BRA­VO, pe­rio­dis­ta y es­cri­to­ra

UNA CON­FE­SIÓN: cuan­do las mu­je­res nos reuni­mos, an­tes que de hom­bres, ha­bla­mos de nues­tros tra­ba­jos, de nues­tros hi­jos y siem­pre –¡siem­pre!– de nues­tras ma­dres. Por eso sé que la ma­dre de C. va de caí­da en caí­da. En cuan­to le dan el al­ta, se lar­ga de via­je. En cuan­to vuel­ve, se cae. No le gus­ta es­tar quie­ta. La ma­dre de O., en cam­bio, es­tu­vo a pun­to de ren­dir­se cuan­do se rom­pió la ca­de­ra, pe­ro aguan­ta (con Pro­zac y te­na­ci­dad). La ma­dre de E. no se cae por­que no pue­de: su hi­ja no tie­ne ho­ra­rios; ella es su úni­co back up. Cuan­do que­do con R., su ma­dre siem­pre lla­ma. Lla­ma a to­das ho­ras. Por fa­ce­ti­me, des­de otro con­ti­nen­te. Se echan de me­nos y se quie­ren cer­ca. Esas ma­dres de las que ha­bla­mos las mu­je­res son, ade­más (y a ve­ces so­bre to­do), las abue­las de nues­tros hi­jos. Si ellas se paran, no­so­tras nos es­tam­pa­mos. Sin las abue­las, mi­llo­nes de ni­ños va­ga­rían sin me­rien­da, sin con­sue­lo, sin be­sos. Sin las abue­las, mi­llo­nes de ma­dres no po­dría­mos sa­lir ca­da día a cam­biar el mun­do. Sin nues­tras ma­dres, mi­llo­nes de mu­je­res no sa­bría­mos ni si­quie­ra có­mo cam­biar­lo. Lo que pa­sa es que ya no so­mos jó­ve­nes: es­ta­mos en una edad en la que las ma­dres se nos caen. Li­te­ral­men­te. A YER MI MA­DRE me acom­pa­ñó, co­mo he­rra­mien­ta de con­trol, a ha­cer un re­ca­do im­por­tan­te. La ne­ce­si­ta­ba por­que to­da mi lu­ci­dez es su­ya (va­mos, que la tie­ne ella). Mi ma­dre es in­te­lec­tual, emo­cio­nal, pro­fe­sio­nal y es­pi­ri­tual­men­te gi­gan­te, pe­ro ese día —por cul­pa de mi pe­rra, que lió a un pe­rro que al fi­nal en­re­dó a mi ma­dre— se de­rrum­bó. Y el mun­do se de­tu­vo. Las pa­lo­mas, los re­par­ti­do­res de Glo­vo, las pa­re­jas que se es­ta­ban que­rien­do, los co­rre­do­res del vier­nes por la tar­de... To­dos en­tra­ron en pau­sa, con­mo­cio­na­dos, se­cos. En un mi­cro­se­gun­do se reac­ti­va­ron pa­ra in­ten­tar le­van­tar a esa mu­jer co­lo­sal que es mi ma­dre. El ve­te­ri­na­rio sa­lió co­rrien­do con hie­lo; un cha­val nos in­vi­tó al Ca­bify; los pa­cien­tes de Ur­gen­cias nos ur­gie­ron a co­lar­nos... “No es la ca­de­ra. No es la ca­de­ra. No es la ca­de­ra”. Mi ma­dre y yo re­pe­tía­mos un man­tra ca­si co­mo gri­to de vic­to­ria mien­tras su bre­cha san­gra­ba, su ojo se hin­cha­ba, la ra­dio­gra­fía es­cu­pía hue­sos, los mé­di­cos se ato­ra­ban y no ha­bía for­ma de en­con­trar el gru­po de What­sapp co­rrec­to pa­ra con­fe­sar a mis her­ma­nos que “no es de­fi­ni­ti­vo, pe­ro sí gra­ve: ma­má se ha caí­do por­que... por­que yo la ne­ce­si­ta­ba”. H

AN PA­SA­DO 24 ho­ras. Mi ma­dre tie­ne la ca­ra mo­ra­doos­cu­ro­ca­si­ne­gro y es­tá tan gua­pa y lú­ci­da co­mo siem­pre. Mi pa­dre la per­si­gue con una bol­sa de hie­lo. La pe­rra le pi­de per­dón (y co­mi­da). Sus hi­jos le pe­di­mos opi­nio­nes. Sus ami­gos le pi­den con­se­jos. Mi chi­co la chin­cha. Sus nie­tos la ado­ran... Mi ma­dre es­tá es­tu­pen­da. Qui­zá por­que cuan­do se cae des­de tan al­to se cae (ca­si) siem­pre bien.

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