En­tre­vis­ta.

Apren­dió de los gran­des y aho­ra él se ha con­ver­ti­do en uno de ellos. Es­te di­rec­tor de or­ques­ta gra­na­dino, ma­ri­do de la te­le­vi­si­va An­ne Igar­ti­bu­ru, es un ha­bi­tual en au­di­to­rios de Nue­va York, Berlín, Pa­rís o Ma­drid. Apro­ve­chan­do su pa­so por es­ta ciu­dad, do

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR VIR­GI­NIA DRA­KE / FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LU­JÁN

Pa­blo Heras-ca­sa­do, co­no­ci­do hoy por mu­chos por ser el ma­ri­do de An­ne Igar­ti­bu­ru, bri­lla con luz pro­pia co­mo uno de los gran­des di­rec­to­res de or­ques­ta a ni­vel mun­dial.

TIE­NE 38 AÑOS Y ES EL DI­REC­TOR prin­ci­pal de la Or­ches­tra of St. Luke’s de Nue­va York y prin­ci­pal di­rec­tor in­vi­ta­do del Tea­tro Real de Ma­drid. En 2011 di­ri­gió la Fi­lar­mó­ni­ca de Berlín y su nom­bre se ba­ra­jó años más tar­de co­mo po­si­ble con­duc­tor de es­ta; en enero de 2015 de­bu­tó al fren­te de la Fi­lar­mó­ni­ca de Vie­na y se ha subido al es­ce­na­rio del Me­tro­po­li­tan de Nue­va York en más de 30 oca­sio­nes. Su agen­da es­tá re­ple­ta de com­pro­mi­sos has­ta el año 2020 y pa­sa por ser uno de los gran­des di­rec­to­res de or­ques­ta in­ter­na­cio­na­les por su vir­tuo­sis­mo y su am­pli­tud de re­per­to­rio: des­de música an­ti­gua has­ta con­tem­po­rá­nea. Pa­blo Heras-ca­sa­do nos re­ci­be en una sa­la de en­sa­yo del Tea­tro Real de Ma­drid el día que se ha­ce pú­bli­co que su mu­jer, An­ne Igar­ti­bu­ru, aca­ba de te­ner un ni­ño. Pe­ro él no quie­re ha­blar de su vi­da pri­va­da: «Hoy to­ca con­tar mi ci­ta anual más im­por­tan­te: el gran con­cier­to so­li­da­rio Ayu­da en Ac­ción».

Xl­se­ma­nal. Un pro­yec­to so­li­da­rio en el que se im­pli­ca de ma­ne­ra muy es­pe­cial... Pa­blo Heras-ca­sa­do. Así es. La re­cau­da­ción se des­ti­na­rá a ayu­dar a la in­fan­cia y a las fa­mi­lias ne­ce­si­ta­das. La cri­sis eco­nó­mi­ca ha pro­du­ci­do mu­chos da­ños co­la­te­ra­les que to­da­vía per­sis­ten. Hay mu­chos ni­ños que no tie­nen ac­ce­so a la ali­men­ta­ción bá­si­ca o a la ayu­da mé­di­ca ne­ce­sa­ria. Uno de ca­da tres ni­ños en Es­pa­ña es­tá ex­pues­to a la po­bre­za. XL. Se tra­ta de un con­cier­to contra la po­bre­za in­fan­til en nues­tro país.

P.H.C. Sí, sí. Es­tas ci­fras las ima­gi­na uno en paí­ses del Ter­cer Mun­do o en vías de desa­rro­llo, pe­ro lo cier­to es que es­ta­mos ha­blan­do de Es­pa­ña. Yo veo que la gen­te es­tá preo­cu­pa­da por co­sas muy su­per­fluas –el fút­bol, la Eu­ro­co­pa…– y hay que de­cir que de­ba­jo de to­do es­to mi­les de ni­ños es­tán en pe­li­gro de ex­clu­sión. XL. Na­ció en Gra­na­da y ejer­ce co­mo tal, aun­que vi­vien­do a ca­ba­llo en­tre Ma­drid y Nue­va York. El acen­to lo ha per­di­do to­tal­men­te... P.H.C. [Ríe]. Es ver­dad, pe­ro me vuel­ve en cuan­to es­toy en Gra­na­da dos días se­gui­dos. XL. Es hi­jo de po­li­cía na­cio­nal y de ama de ca­sa y tie­ne una her­ma­na. Cuan­do te­nía ocho años, se apun­tó con su ma­dre a cla­ses de can­to... P.H.C. Fui yo quien la lle­vó a ella, por­que pe­dí a mis pa­dres que me apun­ta­ran a cla­ses de Música. XL. ¿Có­mo era el ba­rrio don­de vi­vían? P.H.C. Hu­mil­de, era un ba­rrio obre­ro de Gra­na­da. XL. ¿Tie­ne ya un car­men en el Al­bai­cín? P.H.C. ¡Sí!, con­se­guir esa ca­sa fren­te a la Al­ham­bra ha si­do mi sue­ño de to­da la vi­da y lo cum­plí ha­ce seis años. XL. ¿En­ton­ces to­có el cie­lo con los de­dos? P.H.C. En cier­to sen­ti­do, y no en el ma­te­rial, es así por­que con­si­gues cum­plir un sue­ño. Nun­ca he te­ni­do la ca­be­za pues­ta en ob­te­ner tal o cual co­sa, pe­ro en es­te ca­so par­ti­cu­lar –por mi amor tan fuer­te a ese ba­rrio del Al­bai­cín y a la Al­ham­bra– pien­so que, si me re­ti­ro aquí, se­ré el hom­bre más fe­liz del mun­do. XL. ¿Es una ca­sa pre­cio­sa? P.H.C. ¡Sí! Allí es to­do pre­cio­so. Ten­go una ca­sa que cui­do mu­cho, con un jar­dín que tam­bién cui­do mu­cho, cuan­do es­toy allí y des­de la dis­tan­cia. XL. ¿Sus pa­dres te­nían co­mo me­ta que es­tu­dia­ra una ca­rre­ra? P.H.C. Mis pa­dres per­te­ne­cen a la úl­ti­ma ge­ne­ra­ción de ese pe­rio­do ne­gro de Es­pa­ña que vi­vió las con­se­cuen­cias de la gue­rra, que vi­vió la dic­ta­du­ra y que, co­mo tan­tí­si­ma gen­te, su­frió mu­chas pe­na­li­da­des. Con un suel­do dis­cre­to, ellos eran la pri­me­ra ge­ne­ra­ción que po­día ofre­cer a sus hi­jos una edu­ca­ción uni­ver­si­ta­ria, y ese era su gran sue­ño. XL. Y, con to­do, de­jó el con­ser­va­to­rio a me­dias; se ma­tri­cu­ló en His­to­ria del Ar­te y tam­bién aban­do­nó es­ta ca­rre­ra sin ter­mi­nar­la… P.H.C. Iba muy se­gu­ro y muy li­bre por la vi­da. Sin sa­ber cuál era el ob­je­ti­vo exac­to, sí te­nía muy cla­ra cuál era la ma­ne­ra de ha­cer las co­sas: si no me gusta, fue­ra; si pier­do el tiem­po, fue­ra… Un tí­tu­lo ofi­cial a mí no me iba a ayu­dar a di­ri­gir me­jor y, sin em­bar­go, me ha­cía per­der el tiem­po. En la uni­ver­si­dad, me pa­sa­ba igual: ha­bía cier­tas cla­ses que no me apor­ta­ban na­da y por eso de­jé de ir. De­di­qué to­do mi tiem­po a la música, fun­dé yo mis­mo un co­ro, pe­dí di­ne­ro a las tien­das, me im­pri­mí los car­te­les… XL. Ha ele­gi­do una pro­fe­sión en la que muy po­cos lle­gan tan al­to co­mo us­ted, y más aún sin es­tu­dios pre­vios. P.H.C. Es una pro­fe­sión muy vo­ca­cio­nal. Yo no sa­bía has­ta dón­de iba a lle­gar, pe­ro una cier­ta con­fian­za en mí mis­mo sí que te­nía; y lo que sí sa­bía es la ma­ne­ra en la que que­ría lle­var las co­sas. XL. To­có te­cho en Gra­na­da, Bar­ce­lo­na se le que­dó pe­que­ña y aca­bó en Ale­ma­nia. P.H.C. Soy muy prag­má­ti­co y pa­ra mí lo im­por­tan­te era se­guir avan­zan­do y bus­car la for­ma de dar el si­guien­te pa­so. Por eso, cuan­do vi que aquí ya ha­bía he­cho to­do lo que po­día ha­cer, me fui a Ale­ma­nia y lue­go a Aus­tria, Suiza, Ho­lan­da, Pa­rís, Nue­va York… XL. Vi­ve ca­si to­do el año en­tre Nue­va York y Ma­drid, ¿gran con­tras­te? P.H.C. Mu­cho. El pa­no­ra­ma aquí es­tá muy mal y se sos­tie­ne so­lo por­que hay vo­ca­ción y por­que hay de­man­da de música, de tea­tro, de ópe­ra y de dan­za, tan­to por par­te de los ar­tis­tas co­mo del pú­bli­co; a pe­sar del nu­lo in­te­rés po­lí­ti­co e ins­ti­tu­cio­nal por es­te as­pec­to de la cul­tu­ra. XL. En paí­ses co­mo Es­ta­dos Uni­dos, Ale­ma­nia o Aus­tria, don­de el apo­yo a la música es bas­tan­te ma­yor, ¿la so­cie­dad es mu­cho me­jor? P.H.C. In­fi­ni­ta­men­te. La música no es un adorno ni un com­ple­men­to, es par­te esen­cial de ca­da uno. La música en­se­ña a va­lo­rar, a sa­ber es­cu­char, a res­pe­tar… El país que va­lo­ra su cul­tu­ra, su his­to­ria, su tra­di­ción y que se va­lo­ra a sí mis­mo es un país mu­cho me­jor a ni­vel so­cial. XL. ¿Aban­do­nó la ba­tu­ta por­que di­ri­gir con las ma­nos le re­sul­ta me­nos agre­si­vo? P.H.C. No. Se pue­de pen­sar que la ba­tu­ta es un sim­bo­lis­mo de la va­ra de man­do, pe­ro no es así. La ba­tu­ta no es la re­gla del pro­fe­sor, es sim­ple­men­te un ins­tru­men­to que se em­pe­zó a uti­li­zar cuan­do las or­ques­tas se hi­cie­ron más gran­des y, vi­sual­men­te, ayu­da­ba a ex­ten­der el ges­to. En mi ca­so es so­lo

"LA BA­TU­TA NO ES UN SÍM­BO­LO DE MAN­DO. EN MI CA­SO, DI­RI­GIR CON LAS MA­NOS ME RE­SUL­TA MU­CHO MÁS NA­TU­RAL" "UN TÍ­TU­LO OFI­CIAL NO ME IBA A AYU­DAR A DI­RI­GIR ME­JOR Y ME HA­CÍA PER­DER EL TIEM­PO. SI NO ME GUSTA, FUE­RA. SI PIER­DO EL TIEM­PO, FUE­RA"

Con ocho años ya es­tu­dia­ba Música. Más tar­de apren­dió de dos gran­des di­rec­to­res, co­mo Harry Ch­ris­top­hers y Ch­ris­top­her Hog­wood. una elec­ción per­so­nal, di­ri­gir con las ma­nos me re­sul­ta mu­cho más na­tu­ral co­mo ca­nal de co­mu­ni­ca­ción; pe­ro no se tra­ta de aca­ri­ciar: una mano pue­de ser un pu­ño y un bra­zo pue­de ser muy enér­gi­co. XL. Des­pués de 20 años, ¿cuál es aho­ra su ob­je­ti­vo? P.H.C. El re­to siem­pre es la per­fec­ción. Los gran­des di­rec­to­res, ti­po Ka­ra­jan o Klei­ber, en su úl­ti­ma dé­ca­da se ob­se­sio­na­ron con un gru­po de obras y de sin­fo­nías que ha­bían di­ri­gi­do has­ta la sa­cie­dad, buscando la per­fec­ción. Esa per­fec­ción que no exis­te es lo que bus­ca­mos to­dos y lo que ha­ce que la música sue­ne co­mo al­go nue­vo ca­da vez. XL. Le gusta el de­por­te; co­rre, mon­ta en bi­ci­cle­ta, prac­ti­ca el bri­kam yo­ga y se ha mar­ca­do un re­to per­so­nal an­tes de cum­plir los 40 años: co­rrer una maratón im­por­tan­te. P.H.C. ¡Sí! Ten­go que en­con­trar tiem­po y ser muy cons­tan­te a la ho­ra de en­tre­nar. Me gus­ta­ría mu­cho co­rrer en­te­ra la de Nue­va York. Em­pe­za­ré con al­gu­na otra me­dia maratón si pue­do y lue­go in­ten­ta­ré la de Nue­va York, que ya la he vi­vi­do tres ve­ces, tres años con­se­cu­ti­vos, y lo má­xi­mo que he co­rri­do han si­do 15 ki­ló­me­tros se­gui­dos. Pe­ro es­toy se­gu­ro de que lo con­se­gui­ré. XL. Tie­ne ca­sa en Nue­va York, en la 70 con Broad­way, muy cer­ca del MET; ca­sa en Gra­na­da, ca­sa en Ma­drid… P.H.C. [Se­rio]. Yo no ten­go que de­cla­rar mis bie­nes co­mo lo ha­cen los po­lí­ti­cos… XL. Tra­ta­ba de pre­gun­tar­le dón­de vi­ve más a gus­to… P.H.C. Es­toy a gus­to don­de es­té ro­dea­do de gen­te im­por­tan­te pa­ra mí, tan­to des­de el pun­to de vis­ta fa­mi­liar co­mo ar­tís­ti­co. Me sien­to bien en ca­si to­dos los si­tios por­que, es­té le­jos o cer­ca de ca­sa, es­toy bien acom­pa­ña­do por una fa­mi­lia ar­tís­ti­ca con la que he crea­do unos la­zos fuer­tes.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.