Ten­den­cias.

Jue­gan al 'cro­quet', es­cu­chan 'jazz' en gra­mó­fo­nos, ven cine mu­do... Ves­tir y vi­vir a la an­ti­gua es­tá a la úl­ti­ma en Nue­va York. Co­no­ce­mos el fe­nó­meno de la mano de una es­pa­ño­la que se ha uni­do a la ten­den­cia.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - Por Ixone Díaz Landaluce

El vin­ta­ge arra­sa en Nue­va York. Nun­ca fue tan mo­derno vi­vir a la an­ti­gua. Una es­pa­ño­la nos da las cla­ves del fe­nó­meno.

OY, LA ETI­QUE­TA exi­ge ves­tir­se de tweed de los pies a la ca­be­za. Y Ma­ría Cuar­te­ro cum­ple es­cru­pu­lo­sa­men­te con la exi­gen­cia: ame­ri­ca­na, jer­sey, go­rra y pan­ta­lo­nes acam­pa­na­dos has­ta las ro­di­llas, más botines de tacón. To­do cien por cien vin­ta­ge. El look per­fec­to pa­ra pa­sear­se en bi­ci­cle­ta por el ba­rrio neo­yor­quino de Brooklyn. Cuar­te­ro, una es­pa­ño­la afin­ca­da en la ciu­dad des­de ha­ce ocho años, no lo ha­ce so­la. La acom­pa­ñan unas cua­ren­ta per­so­nas. To­das ves­ti­das de épo­ca y mon­ta­das en bi­ci­cle­tas an­ti­guas. No es­tán ro­dan­do una pe­lí­cu­la ni pro­ta­go­ni­zan una cam­pa­ña pu­bli­ci­ta­ria. El Brooklyn Tweet Ri­de es uno de los even­tos más po­pu­la­res de una co­mu­ni­dad cre­cien­te de aman­tes del vin­ta­ge que, des­de ha­ce unos años, es­tá to­man­do los ba­rrios de Nue­va

York. Aun­que es­te ti­po de en­cuen­tros ha em­pe­za­do a po­pu­la­ri­zar­se en to­do Es­ta­dos Uni­dos (y los tweed ri­des ya son ca­si un fe­nó­meno glo­bal), los 'an­ti­guos' neo­yor­qui­nos tie­nen una pe­cu­lia­ri­dad: no des­em­pol­van las re­li­quias de la abue­la pa­ra asis­tir a un even­to pun­tual; mu­chos de ellos se vis­ten de épo­ca ca­da día.

LA ES­CE­NO­GRA­FÍA PER­FEC­TA

An­tes de mu­dar­se a Nue­va York en 2009, Cuar­te­ro or­ga­ni­zó una fies­ta am­bien­ta­da en la épo­ca de la prohi­bi­ción pa­ra des­pe­dir­se de to­dos sus ami­gos en Ma­drid. En­ton­ces ya com­pra­ba en tien­das de se­gun­da mano, pe­ro cuan­do lle­gó a la Gran Man­za­na des­cu­brió un uni­ver­so des­co­no­ci­do pa­ra ella. En su pri­mer ve­rano en la ciu­dad fue a pa­sar el día a Go­ver­nors Is­land y ate­rri­zó, por ca­sua­li­dad, en una gran fies­ta am­bien­ta­da en los años vein­te, con cien­tos de per­so­nas ves­ti­das de épo­ca y una big band so­nan­do a rit­mo de jazz. «Me que­dé pren­da­da de aquel mun­do y em­pe­cé a co­no­cer a gen­te y a des­cu­brir to­do lo que or­ga­ni­za­ban», ex­pli­ca Cuar­te­ro, que en reali­dad pre­fie­re que nos re­fi­ra­mos a ella co­mo Miss Quar­ter­mo­ur­ning, un per­so­na­je de su ado­ra­do es­cri­tor e ilus­tra­dor Ed­ward Go­rey. Des­de que lle­gó, el fe­nó­meno ha ido a más. Hay even­tos to­das las se­ma­nas: des­de el tweed ri­de o la hat pa­ra­de (en la que sa­can a pa­sear sus me­jo­res som­bre­ros y to­ca­dos) has­ta las vi­si­tas a ae­ró­dro­mos con avio­nes an­ti­guos o los tra­yec­tos en un va­gón de me­tro de los años trein­ta que du­ran­te la épo­ca na­vi­de­ña re­co­rre una lí­nea de la ciu­dad. «Nue­va York te pro­por­cio­na la es­ce­no­gra­fía per­fec­ta», ex­pli­ca Cuar­te­ro, que es­tu­dió Me­di­ci­na y es psi­quia­tra en un hos­pi­tal pú­bli­co de la ciu­dad. Y, aun­que es una co­mu­ni­dad pin­to­res­ca, bohe­mia e in­te­lec­tual, es­te es un fe­nó­meno es­té­ti­co cu­yo ob­je­ti­vo, en reali­dad, es la di­ver­sión pu­ra y du­ra. «No creo que ha­ya nin­gu­na fi­lo­so­fía de­trás, pe­ro es­ta cla­se de co­rrien­tes sue­le ir li­ga­da a un ti­po de mú­si­ca, li­te­ra­tu­ra, cine o ac­ti­vi­da­des». Pe­ro tam­bién es una for­ma de eva­sión de las es­cla­vi­tu­des de la era di­gi­tal. «Con­sis­te en rom­per con la ru­ti­na, crear per­so­na­jes di­fe­ren­tes... No rei­vin­di­ca­mos na­da ni que­re­mos lla­mar la aten­ción. Es al­go que ha­ce­mos de ma­ne­ra na­tu­ral», ex­pli­ca.

NOS­TÁL­GI­COS Y LI­BE­RA­LES

En es­te am­bien­te cul­to y so­fis­ti­ca­do, las for­mas lo son to­do. «Un ob­ser­va­dor ex­terno po­dría pen­sar que es al­go im­pos­ta­do. Pe­ro no lo es. Mis ami­gos pa­re­cen sa­li­dos de una pe­lí­cu­la, pe­ro son au­tén­ti­cos. Es una ma­ne­ra de ser un po­co ex­cén­tri­co en un lu­gar don­de ser ex­tra­va­gan­te no es­tá mal vis­to», cuen­ta Cuar­te­ro. Eso

AL­GU­NOS SE VIS­TEN ASÍ CA­DA DÍA, TAM­BIÉN PA­RA IR A TRA­BA­JAR

sí, su look an­ti­cua­do no tie­ne na­da que ver con sus ideas: son li­be­ra­les, de­mó­cra­tas y es­tán en pie de gue­rra con­tra Do­nald Trump. Tam­po­co hay que con­fun­dir lo nos­tál­gi­co de su as­pec­to con el an­he­lo de vi­vir a prin­ci­pios del si­glo XX, con lo que eso su­po­nía, por ejem­plo, pa­ra las mu­je­res. Ni hay que me­nos­pre­ciar­lo: es­to no es nin­gún car­na­val. «No uti­li­za­mos la pa­la­bra 'dis­fraz', por­que no es eso lo que ha­ce­mos. Es­to es un es­ti­lo de vi­da. Al­gu­nos de mis ami­gos siem­pre van ves­ti­dos así. Yo aho­ra no pue­do… Tra­ba­jan­do en un hos­pi­tal y en psi­quia­tría… no pro­ce­de», se la­men­ta.

Los aman­tes de lo vin­ta­ge tran­si­tan las dé­ca­das de los vein­te, trein­ta, cua­ren­ta y «co­mo mu­cho los cin­cuen­ta. Lue­go, ya es de­ma­sia­do mo­derno…», di­ce Cuar­te­ro. Y Nue­va York es el pa­raí­so te­rre­nal pa­ra ellos: la ciu­dad es­tá pla­ga­da de tien­das de se­gun­da mano. Los pei­na­dos de épo­ca y el ma­qui­lla­je tam­bién tie­nen su cien­cia: hay quien re­cu­rre a los tu­to­ria­les de Youtu­be y quien pre­fie­re acu­dir a fuen­tes ori­gi­na­les, co­mo la bi­blia de la be­lle­za de los años cin­cuen­ta The West­mo­re beauty book. Ade­más, sur­tir sus fon­dos de ar­ma­rio con jo­yas vin­ta­ge se ha con­ver­ti­do en una for­ma de co­lec­cio­nis­mo. Ese tam­bién es el sue­ño de Cuar­te­ro. «Me gus­ta­ría res­ca­tar el vin­ta­ge es­pa­ñol, que es ma­ra­vi­llo­so: los man­to­nes de Ma­ni­la, las pei­ne­tas de ná­car, la jo­ye­ría de tra­je re­gio­nal...».

SUS IDEAS SON LI­BE­RA­LES, Y ES­TÁN EN PIE DE GUE­RRA CON­TRA TRUMP

La es­pa­ño­la Ma­ría Cuar­te­ro, en Roc­ke­fe­ller Cen­ter.

En Co­ney Is­land.

Du­ran­te el Brooklyn Tweed Ri­de. En la Jazz Age Lawn Party, en Go­ver­nors Is­land.

La hat pa­ra­de (to­dos con som­bre­ro) es uno de los mu­chos even­tos. El look de los 30 ins­pi­ra a Han­nah Schiff.

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