LA QUE TU­VO…

Mu­sa del ci­ne eu­ro­peo, mi­to eró­ti­co, be­lle­za adic­ti­va... los ca­li­fi­ca­ti­vos que la acom­pa­ñan des­de los 18 años si­guen va­lien­do a sus 71. El pre­mio a la me­jor ac­triz en el Festival de Ve­ne­cia con­fir­ma su gran mo­men­to. Ha­bla­mos con la diva in­gle­sa acer­ca del

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR MATT­HEW CAMP­BELL / FO­TO­GRA­FÍA: YU TSAI

Nos re­ci­be en la puer­ta de su apar­ta­men­to en Pa­rís. No es muy al­ta (1,67), pe­ro, a sus 71 años, Char­lot­te Ram­pling ca­mi­na muy er­gui­da mien­tras nos con­du­ce a un sa­lón cu­bier­to de al­fom­bras orien­ta­les don­de sue­na mú­si­ca clá­si­ca. Des­de la muer­te de su úl­ti­ma pa­re­ja, en 2015, vi­ve so­la con dos ga­tos.

ICONO DEL ES­TI­LO Y MU­SA DE GRAN­DES

ci­neas­tas y fo­tó­gra­fos, la cé­le­bre ac­triz bri­tá­ni­ca ha apa­re­ci­do en más pe­lí­cu­las de las que pue­do re­cor­dar y, a una edad en la que mu­chas de sus con­tem­po­rá­neas es­tán muer­tas o lle­van tiem­po ju­bi­la­das, si­gue acu­mu­lan­do cré­di­tos con el mis­mo rompe­dor des­par­pa­jo con que abor­dó al­gu­nos de sus me­jo­res pa­pe­les. Uno de los más osa­dos, en 1974, fue el de una su­per­vi­vien­te a un cam­po de con­cen­tra­ción que es­ta­ble­ce una re­la­ción sa­do­ma­so­quis­ta con un an­ti­guo ofi­cial de las SS, in­ter­pre­ta­do por Dirk Bo­gar­de: El por­te­ro de no­che, de Li­lia­na Cavani. Aho­ra aca­ba de ga­nar el pre­mio a la me­jor ac­triz de la 74.º edi­ción de la Mos­tra de Ve­ne­cia por su in­ter­pre­ta­ción en Han­nah. Su pró­xi­mo es­treno en Es­pa­ña –el mes que vie­ne– es El sen­ti­do de un fi­nal, fil­me ba­sa­do en la no­ve­la de Ju­lian Bar­nes, y ha ro­da­do a su vez con Jen­ni­fer Law­ren­ce Red Spa­rrow, una pe­lí­cu­la so­bre es­pías ru­sos que se es­tre­na­rá en 2018. Char­lot­te sien­te gran ad­mi­ra­ción por la ac­triz me­jor pa­ga­da de Holly­wood, a quien co­no­ció en los Os­car del año pa­sa­do. «Jen­ni­fer per­te­ne­ce a esa ge­ne­ra­ción de chi­cas que son cool, que sa­ben lo que quieren y vi­ven fir­me­men­te an­cla­das en la reali­dad», afir­ma. La des­crip­ción bien pu­die­ra ser la de la pro­pia Ram­pling, si bien es cier­to que Char­lot­te ha pa­sa­do por unos cuan­tos ba­ches de im­por­tan­cia. En los no­ven­ta aban­do­nó su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal y po­co me­nos que des­apa­re­ció, pre­sa de sus pro­pios de­mo­nios in­te­rio­res. Era víc­ti­ma de una pro­fun­da de­pre­sión. «Es­ta­mos ha­blan­do de una en­fer­me­dad te­rri­ble, te­rri­ble de ve­ras –di­ce–. O sa­les de ella o no sa­les. Yo sa­lí, pe­ro ne­ce­si­té mu­cho tiem­po». De ello ha­bla en de­ta­lle en su li­bro, pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te, Who I am ('La per­so­na que soy'), aun­que el li­bro no es una au­to­bio­gra­fía con­ven­cio­nal. Para em­pe­zar, no hay men­ción a su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal du­ran­te cin­co de­ce­nios, sino que se cen­tra en una tra­ge­dia que hun­dió a su fa­mi­lia. Cuan­do Char­lot­te te­nía 20 años, su her­ma­na, Sa­rah, de 23, se sui­ci­dó. Nun­ca ha po­di­do su­pe­rar la pér­di­da. Hi­ja de An­ne Gur­teen –pin­to­ra y he­re­de­ra de una im­por­tan­te com­pa­ñía tex­til bri­tá­ni­ca– y de God­frey Ram­pling –ga­na­dor de una me­da­lla de oro en re­le­vos de 4 por 400 me­tros du­ran­te los Jue­gos Olím­pi­cos de 1936 y co­ro­nel del Ejér­ci­to–, la ac­triz na­ció en Stur­mer, Es­sex, en 1946. Sa­rah, 3 años ma­yor, era 'frá­gil' y siem­pre es­ta­ba en­fer­ma. «En su mo­men­to la ope­ra­ron –cuen­ta Ram­pling–. Me di­je­ron que se tra­ta­ba de al­go

"Me en­can­tó que me no­mi­na­ran al Os­car, pe­ro para ga­nar­lo es­tás obli­ga­da a ven­der­te co­mo lo­ca, dos me­ses de au­to­bom­bo... no, ni ha­blar"

re­la­cio­na­do con el sis­te­ma en­do­crino, pe­ro nun­ca lle­gué a sa­ber­lo de ver­dad. Tam­po­co pre­gun­té. Por en­ton­ces no era más que una cría. Y me mo­les­ta­ba que Sa­rah es­tu­vie­ra en­fer­ma, por­que mi ma­dre tan so­lo te­nía ojos para ella». «La más es­ta­ble de las dos» tra­tó de cui­dar de su her­ma­na, pe­ro Sa­rah se ca­só con un ri­co ha­cen­da­do ar­gen­tino y se mar­chó a vi­vir con él. Char­lot­te no vol­vió a ver­la: Sa­rah se ma­tó de un dis­pa­ro po­co des­pués de te­ner un hi­jo, Car­los, y es­tá en­te­rra­da en Bue­nos Ai­res. Al­go más tar­de, la ma­dre de Ram­pling su­frió una em­bo­lia y per­dió la voz. El pa­dre, quien por en­ton­ces era un al­to man­do en la OTAN, di­jo a su es­po­sa que Sa­rah ha­bía fa­lle­ci­do por una he­mo­rra­gia ce­re­bral. Hi­zo que Char­lot­te le ju­ra­se no con­tar­le la ver­dad a su mu­jer, car­ga que la ac­triz so­bre­lle­vó du­ran­te dé­ca­das, has­ta la muer­te de la ma­dre, en 2001. No lo men­cio­na en el li­bro, pe­ro Ram­pling nun­ca ha es­ta­do en Ar­gen­ti­na o en el ce­men­te­rio don­de ya­ce Sa­rah. «Sen­ci­lla­men­te, no quie­ro ir –cuen­ta–. Tam­po­co me pre­gun­to por qué. Bueno, una en el fon­do lo sa­be, pe­ro el he­cho es que no me sien­to pre­pa­ra­da, no sé có­mo de­cir­lo...».

LA DE­PRE­SIÓN. En el li­bro tam­po­co men­cio­na a Car­los, su so­brino: Ram­pling me ex­pli­ca que hoy es­tá casado, que tie­ne tres hi­jos y es­tá al fren­te de la ha­cien­da fa­mi­liar. Tam­bién re­ve­la que sus pa­dres es­tu­vie­ron en con­tac­to con él cuan­do era ni­ño. El pa­dre «hi­zo que la ni­ñe­ra vi­nie­ra con él unas cuan­tas ve­ces. Lo co­no­ci­mos sien­do un be­bé to­da­vía, y mis pa­dres via­ja­ron a Ar­gen­ti­na y vol­vie­ron a ver­lo cuan­do te­nía unos 10 años. Pe­ro yo no los acom­pa­ñé». Lue­go, cuan­do Car­los te­nía 18 años, se vie­ron de nue­vo, y Da­vid, el hi­jo que la ac­triz tu­vo con el mú­si­co Jean-mi­chel Ja­rre en 1977, vi­si­tó in­clu­so Bue­nos Ai­res y aún tie­ne tra­to con su pri­mo. La ac­triz se es­tre­me­ce cuan­do le pre­gun­to otra vez por la de­pre­sión y me in­tere­so por sus cau­sas. La primera vez que la tra­ta­ron de la en­fer­me­dad fue en 1984; más tar­de su­frió un co­lap­so ner­vio­so. En 1997 se se­pa­ró de Ja­rre, des­pués de que es­te fue­ra vis­to en­tran­do en un ho­tel con otra mu­jer. «To­do in­flu­ye, y no pue­des ma­ne­jar­te con tan­tas co­sas a la vez –ex­pli­ca–. Lo más fá­cil es de­cir: 'Es­tá cla­ro, su her­ma­na se sui­ci­dó, su ma­ri­do la aban­do­nó, por eso tu­vo la de­pre­sión...'». Du­ran­te los si­guien­tes 5 años acep­tó muy po­cos pa­pe­les. «En­tre los 40 y los 50 años tu­ve que vér­me­las con to­do eso (la de­pre­sión). No po­día ha­cer ca­si na­da más». Tan so­lo des­pués de la muer­te de su ma­dre re­to­mó su ca­rre­ra ci­ne­ma­to­grá­fi­ca. «Co­men­cé a ser yo mis­ma otra vez, a tra­ba­jar en pe­lí­cu­las de nue­vo. In­clu­so em­pe­cé a ha­cer tea­tro... An­tes nun­ca ha­bía es­ta­do in­tere­sa­da».

'MÉNAGE À TROIS' . Char­lot­te Ram­pling fue una de las má­xi­mas be­lle­zas de su tiem­po, un icono del Lon­dres en­fe­bre­ci­do de los años se­sen­ta, an­tes in­clu­so de cau­sar sen­sa­ción en las pan­ta­llas. Su pa­dre la en­vió a una es­cue­la para se­cre­ta­rias cuan­do te­nía 17 años, pe­ro si lo que pre­ten­día era sal­var­la de la ten­den­cia al ex­hi­bi­cio­nis­mo, no fue eso lo que con­si­guió. Des­cu­bier­ta por un

Su pa­dre le pi­dió que ocul­ta­se a su ma­dre el sui­ci­dio de su her­ma­na. La ac­triz ca­lló du­ran­te dé­ca­das. Pe­ro so­lo tras la muer­te de su ma­dre pu­do vol­ver a tra­ba­jar

ca­za­ta­len­tos que un día se acer­có a la sa­la de me­ca­no­gra­fía, Char­lot­te pron­to apa­re­ció en un anun­cio pu­bli­ci­ta­rio de los cho­co­la­tes Cad­bury's. Co­no­ci­da co­mo 'Char­ley', em­pe­zó a mo­ver­se por el gla­mu­ro­so ba­rrio de Chel­sea. Se acuer­da con cla­ri­dad de cier­ta se­sión en la que el fo­tó­gra­fo le in­di­có que po­sa­ra sen­ta­da en un ori­nal, des­nu­da. La fo­to apa­re­ció en un li­bro ilus­tra­do ti­tu­la­do Birds of Bri­tain. «La fo­to era ex­tra­or­di­na­ria –di­ce Ram­pling– y me mor­ti­fi­ca­ba pen­sar que mis pa­dres pu­die­ran ver­la». Sin em­bar­go, no pa­re­ce que eso ha­ya su­ce­di­do. La 'mi­ni­fal­de­ra' que es­ta­ba en to­das las fies­tas era la co­mi­di­lla de los pe­rió­di­cos sen­sa­cio­na­lis­tas in­gle­ses. Du­ran­te un tiem­po, Ram­pling vi­vió una es­pe­cie de ménage à trois con su agen­te, Br­yan South­com­be, quien más tar­de se con­vir­tió en su pri­mer ma­ri­do, y con Ran­dall Lau­ren­ce, un mo­de­lo neo­ze­lan­dés. Ram­pling in­sis­tía en que tan so­lo com­par­tía pi­so con es­tos dos hom­bres. Char­lot­te re­co­no­ce que siem­pre ha si­do pro­cli­ve a lle­var la con­tra­ria, a obe­de­cer a una voz in­te­rior que le ins­ta –afir­ma– a ha­cer las co­sas «a mi ma­ne­ra». «Lo lle­vo en mi ADN. Siem­pre he na­da­do contra co­rrien­te. Es mi for­ma de co­no­cer­me a mí mis­ma». Ram­pling tu­vo un hi­jo con South­com­be, Bar­naby, y se fue­ron a vi­vir a Fran­cia a co­mien­zos de los se­ten­ta. En 1976, Char­lot­te co­no­ció a Ja­rre en una ce­na en Saint-tro­pez y, en otro arre­ba­to in­con­for­mis­ta, po­cos días des­pués de­jó a su ma­ri­do y a su hi­jo para es­tar con el fran­cés. Es­tu­vo con él has­ta 1997. Des­pués, tras Ja­rre, ha te­ni­do otra gran pa­re­ja, Jean-nöel Tas­sez, el con­sul­tor em­pre­sa­rial con quien es­tu­vo vi­vien­do 18 años. Mu­rió en 2015 tras per­der la ba­ta­lla contra el cán­cer.

¿LA AGEN­DA LLE­NA?. Ram­pling ha apa­re­ci­do en más de cien pe­lí­cu­las y ha tra­ba­ja­do con to­dos los gran­des, in­clu­yen­do a Woody Allen, quien la des­cri­bió co­mo «la mu­jer ideal». ¿Me pre­gun­to si al­gu­na vez se can­sa de la vi­da en el can­de­le­ro? «No sé a qué otra co­sa po­dría de­di­car­me –con­tes­ta–. Soy más bien inú­til en to­do lo de­más». Por esa ra­zón, es­pe­ra –con­fie­sa– que le si­gan lle­gan­do ofer­tas del ci­ne. «A mu­chos ac­to­res los ju­bi­lan an­ti­ci­pa­da­men­te. Pe­ro si eres co­mo yo y es­tás acos­tum­bra­da a lu­char, ha­ces lo po­si­ble para que aún no te arrin­co­nen». De he­cho, el año pa­sa­do es­tu­vo no­mi­na­da a los Os­car por su tra­ba­jo en 45 años. «No ga­né por­que no hi­ce lo que de­bía para ga­nar­lo. No es­toy di­cien­do que fue­ran a con­ce­dér­me­lo, pe­ro... Es­tás obli­ga­da a ven­der­te co­mo lo­ca, los pro­duc­to­res de­ben po­ner un mon­tón de di­ne­ro para ase­gu­rar el ga­lar­dón, el ac­tor de­be de­di­car dos me­ses al au­to­bom­bo sin po­der ha­cer otra co­sa... Y no, no te­nía nin­gu­na ga­na de pa­sar por el tu­bo. Eso sí, me en­can­tó que me no­mi­na­ran». Se­gún re­co­no­ce, si no tu­vie­ra tra­ba­jo, «ten­dría mie­do de lo que pu­die­ra ser de mí». Así que Ram­pling siem­pre an­da muy ocu­pa­da –sus nie­tos la lla­man 'go-go', por­que no para quie­ta–, pe­ro, con su mo­des­tia ca­rac­te­rís­ti­ca, fin­ge que no es el ca­so. «No sé por qué to­dos pien­san que siem­pre es­toy ocu­pa­da. Qui­zá por­que me ha­go la lis­ta y les di­go: 'Lo sien­to, pe­ro no pue­do acep­tar. Ten­go la agen­da lle­na...». Ba­ja la voz y agre­ga con me­dia son­ri­sa: «Y la ver­dad es que no ten­go la agen­da lle­na en ab­so­lu­to». Q

"Siem­pre he na­da­do contra co­rrien­te. Lo lle­vo en mi ADN. Es la for­ma que ten­go de co­no­cer­me a mí mis­ma"

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