Qui­zá ten­go ca­ra de ma­lo, pe­ro es­toy en­can­ta­do”

Es­tá en ra­cha. «Pul­sa­cio­nes», la obra «Ca­lí­gu­la» y aho­ra «La ca­te­dral del mar» lo con­vier­ten en el chi­co de mo­da. Sue­ña con ha­cer una co­me­dia, na­dar le ayu­da a des­co­nec­tar y con­fie­sa: «El buen ac­tor es el que me­jor mien­te».

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

Le vi­mos co­mo En­ri­que IV de Cas­ti­lla en la se­rie Isabel, fue el ma­lo ma­lí­si­mo en la pe­lí­cu­la Los ojos de Ju­lia, don­de se las hi­zo pa­sar ca­nu­tas a Be­lén Rue­da, y aho­ra con el há­bi­to de mon­je in­qui­si­dor en La ca­te­dral del mar nos po­ne los pe­los de pun­ta. Pablo Der­qui (Barcelona, 1976) se hi­zo ac­tor pa­ra vi­vir mil y una vi­das. «Te po­nes un dis­fraz y eres otro y pa­sa­das unas ho­ras, vuel­ves a ser tú con tus his­to­rias. Es emo­cio­nan­te». Y aña­de con iro­nía: «Pe­ro cuan­do ter­mino la obra, no me lle­vo el fan­tas­ma a ca­sa. No es tan es­qui­zoi­de». Sa­tis­fe­cho tras su éxi­to con su bru­tal in­ter­pre­ta­ción de Ca­lí­gu­la so­bre las ta­blas, ase­gu­ra que su tiem­po li­bre es «pa­ra dis­fru­tar de mi mu­jer y mi hi­jo».

—-In­ter­pre­tas a Joan en la se­rie «La ca­te­dral del mar». ¿Otra de ma­lo?

—Pues sí, pe­ro es­toy en­can­ta­do, por­que es un per­so­na­je que da mucho jue­go. Los ro­les de mal­va­dos son más agra­de­ci­dos, más ju­go­sos a ni­vel de in­ter­pre­ta­ción. Es­te per­so­na­je ha su­pues­to un re­to, por­que no to­do es ne­gro o blan­co, hay gri­ses, y ahí es don­de hay que en­con­trar los ma­ti­ces y don­de es­tá la di­fi­cul­tad.

—¿Se­rá tu fí­si­co, te­ner unas fac­cio­nes un po­co du­ras, el mo­ti­vo por el que te pro­po­nen per­so­na­jes po­ten­tes y con per­so­na­li­da­des un tan­to mez­qui­nas?

—Es muy pro­ba­ble. Qui­zá es que ten­go ca­ra de ma­lo. Pe­ro co­mo has­ta aho­ra he he­cho per­so­na­jes muy in­tere­san­tes, con mu­chas do­ble­ces, yo en­can­ta­do de se­guir ha­cien­do de mal­va­do.

—-¿Qué te ha re­ga­la­do es­te per­so­na­je?

—La po­si­bi­li­dad de trans­mi­tir emo­cio­nes nue­vas que nun­ca ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do, co­mo la sen­sa­ción de aban­dono y el amor y la ad­mi­ra­ción que sien­te ha­cia su her­mano Ar­nau.

—-Al tra­tar­se de una adap­ta­ción de la no­ve­la de Il­de­fon­so Fal­co­nes, ¿te preo­cu­pa no cum­plir con las ex­pec­ta­ti­vas del pú­bli­co res­pec­to a tu per­so­na­je?

—Un po­co. Mi mie­do es de­frau­dar a la can­ti­dad de gen­te que ha­ya leí­do la no­ve­la y que di­gan que no se ima­gi­na­ban así a mi per­so­na­je. Pe­ro es inevi­ta­ble.

—Por cier­to, ¿co­no­cías la no­ve­la?

—Sí, y la leí ca­si al com­ple­to, pe­ro no la lle­gué a ter­mi­nar, por­que me mu­dé de ca­sa y le per­dí la pis­ta al li­bro. Cuan­do co­men­cé a es­tu­diar­me el guion, des­cu­brí có­mo fue el desen­la­ce de la his­to­ria.

—-¿El há­bi­to ha­ce al mon­je?

—¡Ja, ja, ja! A ni­vel in­ter­pre­ta­ti­vo, por su­pues­to. Cuan­do me vis­to con el há­bi­to de mon­je fran­cis­cano, voy de­jan­do de ser Pablo pa­ra con­ver­tir­me en Joan. El ves­tua­rio es mag­ní­fi­co y, si aña­di­mos la ca­rac­te­ri­za­ción, es­to nos ayu­da mucho a los ac­to­res a aden­trar­nos en el am­bien­te his­tó­ri­co en el que es­ta­mos ro­dan­do.

—¿Có­mo ha si­do el re­en­cuen­tro con Mi­che­lle Jen­ner, con quien ya ro­das­te en la se­rie «Isabel»?

—Fan­tás­ti­co. Tra­ba­jar con ella es sie pre un se­gu­ro, una sal­va­guar­da, y de­mos­tró in­ter­pre­tan­do a la reina Cas­ti­lla. Hu­bo muy buen am­bien­te tre to­do el equi­po y es­pe­ra­mos eng char al pú­bli­co.

—Tu «Ca­lí­gu­la» te ha va­li­do unas ti­cas es­pec­ta­cu­la­res. «Der­qui es­tá b tal, arre­ba­ta­dor, apa­bu­llan­te». ¿No te suben los co­lo­res?

—Las bue­nas crí­ti­cas siem­pre son bi ve­ni­das, pe­ro tam­bién son un po­co tr po­sas. A ve­ces crean de­ma­sia­das exp ta­ti­vas y tam­po­co sabemos si las va

po­der cum­plir. Es­pe­ro que la gen­te sfru­te de la obra tan­to co­mo yo.

-¿Te cues­ta des­pren­der­te del per­so­je una vez que te ba­jas del es­ce­nay re­gre­sas a ca­sa?

No. Cues­ta li­be­rar­se del can­san­cio. o te vas con el fan­tas­ma a ca­sa, no es n es­qui­zoi­de. Pe­ro en el es­ce­na­rio se ne­ran mu­chas emo­cio­nes y eso es lo e real­men­te nos ago­ta.

Tam­bién te he­mos vis­to es­te año en se­rie «Pul­sa­cio­nes». ¿Có­mo ha si­do ner de je­fe a Emi­lio Ara­gón?

—Me tron­cha­ba con él vién­do­le en En

vi­vo y en di­rec­to. En el ro­da­je fue muy tra­ba­ja­dor, con­ci­lia­dor y muy abier­to a nues­tras pro­pues­tas. Es el re­fe­ren­te de mi in­fan­cia.

—Tras «His­pa­nia», ro­das­te «Isabel» y des­pués te he­mos vis­to en «Pul­sa­cio­nes». ¿Te lle­gan aho­ra más pro­yec­tos?

—Sí, la te­le­vi­sión tie­ne una pro­yec­ción que no tie­ne otro me­dio, te da más vi­si­bi­li­dad, y es­tán em­pe­zan­do a lle­gar­me más co­sas que an­tes, in­clu­so es­toy en un mo­men­to en que pue­do em­pe­zar a es­co­ger, que es el gran lu­jo. Uno dis­fru­ta más cuan­do más mo­ti­va­do es­tá, y sin du­da, lo es­tás si has es­co­gi­do tú el pa­pel. A ver lo que du­ra es­ta ra­cha.

—¿Y qué es lo que te atra­pó del ofi­cio?

—Que jue­gas a vi­vir una y mil vi­das. Te po­nes un dis­fraz y eres otro, y pa­sa­das unas ho­ras vuel­ves a ser tú, con tus his­to­rias y tu día a día. Es un jue­go ma­ra­vi­llo­so don­de los ac­to­res a tra­vés del tra­ba­jo del cuer­po y las emo­cio­nes fin­gi­mos ser otros. El buen ac­tor es el que me­jor mien­te.

—-¿Y pa­ra cuán­do una co­me­dia?

—Es­ta­ría ge­nial, por­que siem­pre ha­go per­so­na­jes mal­va­dos y que ha­cen su­frir. Me gus­ta­ría cam­biar el re­gis­tro y ha­cer reír, no pa­de­cer tan­to mien­tras ac­túo.

—-De no ha­ber­te de­di­ca­do a es­to…

—Se­ría pe­rio­dis­ta o pro­fe­sor de ins­ti­tu­to. Es­tu­dié Hu­ma­ni­da­des, es­pe­cia­li­za­do en Pen­sa­mien­to. Me gus­ta la Filosofía.

—¿Pa­ra des­co­nec­tar?

—Na­dar por las ma­ña­nas. Me re­la­ja y me de­ja co­mo nue­vo. Y dis­fru­tar de mi mu­jer y mi hi­jo. Mi tiem­po li­bre es pa­ra ellos.

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