TUS VA­LO­RES, EN JUE­GO

¿APRUEBAS ES­TE EXA­MEN SO­BRE TI MIS­MO?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEXTO: ANA ABE­LEN­DA

¿Cuál es el va­lor que más te mue­ve?, ¿eres agre­si­vo, su­mi­so o aser­ti­vo?, ¿qué son las ne­ce­si­da­des de Mas­low y qué pa­pel tie­nen en tu vi­da?, ¿qué no­ta sa­ca­rías en in­te­li­gen­cia emo­cio­nal? «Ob­ser­var­se es la pri­me­ra clave pa­ra vi­vir de for­ma emo­cio­nal­men­te in­te­li­gen­te. Las emo­cio­nes no hay que to­car­las, hay que es­cu­char­las y no es­ta­mos en­tre­na­dos en ello», ad­vier­ten Olga Cas­tan­yer y Olga Ca­ñi­za­res, au­to­ras de Voy a ser aser­ti­va. Hay seis gran­des emo­cio­nes que mus­cu­lar, ¿in­clui­das las ma­las? «Es­to es como ir al gim­na­sio. O como ir al cine y sen­tar­te en el pa­tio de bu­ta­cas pe­ro a ver una pe­lí­cu­la que eres tú, por­que se tra­ta de ver có­mo ha­blas, có­mo te sien­tes o có­mo te mue­ves. Y ojo, no hay nin­gu­na emo­ción ma­la, to­das son ne­ce­sa­rias. Nues­tras emo­cio­nes [ale­gría, en­fa­do, tris­te­za, as­co, mie­do y sor­pre­sa] son como las lu­ce­ci­tas de un co­che, tes­ti­gos que vie­nen a avi­sar­nos de co­sas so­bre nosotros. Si sien­tes mie­do, te fal­tan re­cur­sos; si sien­tes tris­te­za, has per­di­do al­go... Las emo­cio­nes dan siem­pre au­to­co­no­ci­mien­to. Es un error ne­gar­las», orien­tan.

Si has vis­to la pe­li Del re­vés (In­si­de Out) sa­brás cuál es el po­der de la tris­te­za por más que se prio­ri­ce la ale­gría, que bri­lla so­lo si es de ver­dad... ¿no? Cre­cen las pre­gun­tas. ¿Por qué en fe­me­nino, Voy a ser

aser­ti­va; se tra­ta de un en­sa­yo so­lo pa­ra mu­je­res? «No, po­dría ser per­fec­ta­men­te pa­ra hom­bres, pe­ro nos su­gi­rie­ron en­fo­car­lo en ellas», di­ce la coach, por­que su ni­vel de exi­gen­cia fa­mi­liar y so­cial es «muy al­to». «Hay tó­pi­cos y re­sor­tes que abo­nan nues­tro sen­ti­mien­to de cul­pa. Las ma­dres idea­les, las mu­je­res idea­les, las hi­jas idea­les son mo­de­los irrea­les que nos mar­can. Hay una dis­tan­cia gran­de entre esos mo­de­los que nos ven­den y lo que so­mos, o que­re­mos ser, en reali­dad. Nos mar­ca el pa­trón de con­duc­ta edu­ca­cio­nal y hay que to­mar dis­tan­cia, ver más allá. Des­de ni­ñas ve­mos abier­to una es­pe­cie de li­bro gordo de Pe­te­te en el que los de­más es­cri­ben co­sas que se es­pe­ran de ti; tu fa­mi­lia, tus pro­fe­so­res; co­sas como ‘Las ni­ñas de­ben...’, ‘Las ni­ñas tie­nen que...’. Llega un mo­men­to en que esos ‘de­be­res’ se con­vier­ten en un pa­trón co­mún. De ni­ña vas cum­plien­do, pe­ro llega un día en que te ves en tu vi­da adul­ta y di­ces: ‘¡Oye, que no!’, que no voy a ir to­dos los días a co­mer a ca­sa de mi ma­dre... por ejem­plo, y ahí em­pie­za la cul­pa, por­que sien­tes que ya no eres ‘la hi­ja ideal’. Las mu­je­res su­fri­mos de un ex­ce­so de com­pro­mi­so. La sen­sa­ción de ‘No pue­do fa­llar, to­do de­pen­de de mí’... ¿pe­ro bueno, qué es es­to?».

FAC­TU­RAS EMO­CIO­NA­LES ¿Sus­pen­de­mos las mu­je­res de hoy en aser­ti­vi­dad? «No. No creo... —di­ce Olga Ca­ñi­za­res—. La mu­je­res hoy he­mos desa­rro­lla­do mu­chas ca­pa­ci­da­des y con­duc­tas aser­ti­vas, una con­cien­cia, pe­ro nues­tro pa­pe­lón an­tro­po­ló­gi­co, de pro­te­ger y cui­dar, nos com­pro­me­te, nos ha­ce ale­jar­nos del de­re­cho a de­cir no y po­ner lí­mi­tes, pa­ra em­pu­jar­nos a ce­der. Te di­ces: ‘Bueno, si ten­go que ce­der en es­to... pues lo ha­ré’. Error, por­que ge­ne­ra en ti fac­tu­ras emo­cio­na­les que co­bra­rás».

So­le­mos mo­ver­nos entre po­los, y es por no tra­tar­nos bien, por no co­no­cer­nos. Hay tres gran­des ti­pos de per­so­nas, emo­cio­nal­men­te ha­blan­do: agre­si­vas, su­mi­sas y aser­ti­vas, dicen las ex­per­tas. Lo des­cu- bro en un ca­fé con una ami­ga, que sa­ca bo­li, pa­pel y me in­vi­ta a ha­cer el Jue­go de los Va­lo­res (a la de­re­cha), uno de los que pro­po­ne el li­broVoy a ser aser­ti­va. Es un ejer­ci­cio que con­sis­te en ha­cer una lis­ta de 10 cua­li­da­des que ten­gas, or­de­na­das de ma­yor a me­nor im­por­tan­cia (en­tu­sias­mo, te­na­ci­dad, in­te­li­gen­cia, ho­nes­ti­dad...). El jue­go va de ir des­pren­dién­do­se de cua­li­da­des, de una en una, a cam­bio de co­sas tan im­por­tan­tes como la des­apa­ri­ción de la po­bre­za o del cán­cer. Ha­cien­do el ejer­ci­cio, veo que no tar­do en sol­tar el pri­me­ro de los va­lo­res que anoté en mi lis­ta y que uno de los que de­jé pa­ra el fi­nal es aquel con el que me que­do, el úni­co, tras en­tre­gar el res­to. «Sí, sue­le pa­sar...», di­ce Ca­ñi­za­res. ¿Por qué, nos co­no­ce­mos po­co? «Vi­vi­mos muy en au­to­má­ti­co. Con ese ejer­ci­cio te das cuen­ta de que si un día tu­vie­ses que ti­rar de al­go real­men­te im­por­tan­te pa­ra ti, igual cam­bia­ba tu rán­king...», avan­za. Lo pri­me­ro, apun­ta, es iden­ti­fi­car tus va­lo­res, re­co­no­cer esos mo­to­res in­ter­nos, pa­ra ti­rar de ellos de for­ma cons­cien­te.

Emo­cio­nes y sen­ti­mien­tos no son lo mis­mo, acla­ran. Y las pri­me­ras hay que re­gu­lar­las pri­me­ro. «Con una car­ga emo­cio­nal de mie­do, la men­te se re­sien­te; es in­ca­paz de to­mar de­ci­sio­nes», ase­gu­ra la coach. Cui­da­do con las tram­pas del len­gua­je, «que tie­ne el po­der de ge­ne­rar reali­dad», con gran­des tó­pi­cos como «El pro­ble­ma es que no te or­ga­ni­zas». Igual no es cier­to, pe­ro es­tas fra­ses, a fuer­za de re­pe­tir­se, «van de­jan­do un sur­co neu­ro­nal, y aca­bas sien­do como pien­sas».

Aho­ra di­me, ¿qué pien­sas so­bre ti?

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