Yo me sen­tía un po­co pa­ti­to feo, co­mo un bi­cho ra­ro” N El agen­te más des­fa­sa­do de «Cuer­po de éli­te» tam­bién tie­ne su ex­pe­rien­cia en el mun­do de la no­che, aun­que aho­ra vi­ve mu­cho más re­la­ja­do y en­tre­ga­do a su fa­ce­ta de pa­dre. Cuen­ta que iba para mé­di­co,

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - CURICSO - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

ano es la pa­la­bra que más re­pi­te Xi­mo, su per­so­na­je en Cuer­po de

éli­te. Un té­dax que se que­dó to­ca­do de la ru­ta del ba­ca­lao y que no tie­ne mu­cho en co­mún con él. Oc­ta­vi se cui­da, y mu­cho, para man­te­ner ese cuer­pa­zo que in­cen­dió las redes cuan­do col­gó una fo­to des­nu­do para ce­le­brar el éxi­to de la se­rie. Para cuer­po de éli­te, el su­yo.

—Oc­ta­vi, me­nu­do exi­ta­zo con la se­rie. ¡En­ho­ra­bue­na, nano!

—¡Ja, ja, ja! Mu­chí­si­mas gra­cias, es­ta­mos to­dos muy con­ten­tos. Aho­ra a ver, es­pe­ra­mos que si­ga bien, pe­ro yo creo que te­ne­mos un pro­duc­to en las ma­nos que fun­cio­na y que pue­de en­gan­char mu­cho al pú­bli­co.

—¿Pue­de de­jar­le a uno tan to­ca­do la ru­ta del ba­ca­lao?

—Jo­lín, ma­dre mía, ya lo creo. Yo creo que Xi­mo ya vie­ne un po­co ta­ra­di­to de ba­se, pe­ro sí, sí, él vi­vió la ru­ta del ba­ca­lao con mu­cha in­ten­si­dad y, tal y co­mo era eso, po­co le ha pa­sa­do.

—¿Fuis­te tú mu­cho de fies­ta o eras de los res­pon­sa­bles?

—No, yo tra­ba­jé de no­che du­ran­te tres años, eso sí que es ver­dad, pe­ro sa­lía más o me­nos co­mo to­do el mun­do du­ran­te una épo­ca. Y lue­go ya, por tra­ba­jo, res­pon­sa­bi­li­da­des y tal... Me gus­ta sa­lir, pe­ro na­da que ver con lo de Xi­mo, lo su­yo es de otro ni­vel.

—Ya te veía yo muy suel­to en las es­ce­nas en las que te pu­sis­te de DJ en el pri­mer ca­pí­tu­lo.

—¡Pues eso era a las seis de la ma­ña­na e iba de café has­ta las ce­jas por­que me es­ta­ba dur­mien­do! —Xi­mo es ar­ti­fi­cie­ro, pe­ro al mis­mo tiem­po es una bom­ba de re­lo­je­ría. —Sí, él es muy bueno en lo su­yo, se ha cria­do en­tre pól­vo­ra, ha si­do su gran pa­sión jun­to con la mú­si­ca, pe­ro es una per­so­na­li­dad muy im­pul­si­va, y eso no es lo más re­co­men­da­ble para ser un té­dax. Aún así, si­gue sien­do muy bueno y ade­más que es un in­cons­cien­te y se aca­ba me­tien­do don­de otra gen­te no se atre­ve a me­ter­se.

—¿Te re­co­no­ces en eso?

—No, no, no. Yo creo que es uno de los pa­pe­les más dis­tin­tos a mí de los que me ha to­ca­do in­ter­pre­tar. Yo soy una per­so­na bas­tan­te cal­ma­da, re­fle­xi­va y con un ni­vel de ener­gía bá­si­co, mu­cho más ba­jo que el de Xi­mo. De he­cho, al prin­ci­pio, po­ner­se a su ni­vel vi­tal fue to­do un re­to.

—Bueno, «Cuer­po de éli­te» el tu­yo. La que lias­te con el des­nu­do que subis­te a Ins­ta­gram para ce­le­brar el éxi­to de la se­rie...

—¡Ja, ja! Dios mío, pa­re­ce que en las redes to­do tie­ne mu­cho eco, pe­ro si no se ve na­da. Es re­cien­te y va en­la­za­do con el éxi­to de la se­rie, que es lo real­men­te im­por­tan­te, ¿no?

—Ya, ya, ya...

—¡Ja, ja, ja!

—¿Cómo se con­si­gue esa for­ma fí­si­ca? No se­rás de los que pe­san la co­mi­da...

—No, no pe­so la co­mi­da pe­ro sí vi­gi­lo lo que co­mo, por­que uno tie­ne una edad. Siem­pre he he­cho de­por­te, du­ran­te to­da mi vida, y he cui­da­do mi ali­men­ta­ción. Y lue­go cla­ro, se aña­de que si tra­ba­jas con tu ima­gen, quie­res que se te vea bien.

—Sue­les ha­blar de tu gran cam­bio.

—Sí, ha­blé en al­gún mo­men­to. Y cual­quie­ra que ha­ya en­tre­na­do con pe­sas más o me­nos en se­rio lo co­no­ce­rá un po­co, que pri­me­ro te po­nes fuer­te, te po­nes gran­do­te y des­pués afi­nas. Ese fue el pro­ce­so. Yo em­pe­cé a en­tre­nar con 15 años, sien­do muy fla­qui­to, a los cin­co años ya es­ta­ba muy gran­do­te y pa­sa­do de pe­so, y con 21 ya me que­dé mar­ca­do. Es el pro­ce­so de vo­lu­men y de­fi­ni­ción que más o me­nos pa­sa to­do el mun­do cuan­do ha­ce cul­tu­ris­mo.

—¿Eres cul­tu­ris­ta?

—Sí, en­treno con pe­sas. Por aquel en­ton­ces se lla­ma­ba cul­tu­ris­mo, hoy lo com­pa­gino con otras co­sas, pe­ro la fi­lo­so­fía del en­tre­na­mien­to es esa.

—¿Eras un pa­ti­to feo?

—Sí, más que na­da por­que aho­ra ten­go 43 años y por aquel en­ton­ces te­nía 20. Ha­ce 23 años no ha­bía tan­ta gen­te que en­tre­na­ra, ade­más era jo­ven para ser tan gran­do­te y era un po­co un bi­cho ra­ro. Lo que sí que es ver­dad es que me aho­rró mu­chas pe­leas en la dis­co­te­ca. En cuan­to ha­bía al­gu­na mo­vi­da con mis ami­gos y apa­re­cía yo, to­do el mun­do se iba.

—Ya, pe­ro me re­fe­ría al an­tes, cuan­do de­ci­des po­ner­te a en­tre­nar.

—Sí, an­tes, al prin­ci­pio de la ado­les­cen­cia, era un cha­val fla­qui­to, mien­tras que de ni­ño fui gor­di­to. Cuan­do em­pe­cé a en­tre­nar cambió to­do y em­pe­cé a preo­cu­par­me por mi ima­gen.

—Tú es­tu­dias­te Me­di­ci­na, te sa­cas­te el mir, con­se­guis­te la pla­za, y lo de­jas­te. An­da que...

—Pues se cru­zó ca­si por ca­sua­li­dad en mi ca­mino el te­ma de la in­ter­pre­ta­ción. Yo ha­bía he­cho co­sas de tea­tro en el co­le­gio, pe­ro lue­go ti­ré por el ca­mino con­ven­cio­nal. Es­tu­dié Me­di­ci­na, y en­tre que aca­bé la ca­rre­ra e hi­ce el exa­men mir, que hay co­mo un año, fue cuan­do em­pe­cé a ha­cer tra­ba­ji­tos de fo­to­gra­fía y de pu­bli­ci­dad. Una pro­duc­to­ra me pasó el cás­ting de la pri­me­ra se­rie que hi­ce, que era Happy Hou­se, jus­to des­pués de ha­cer el exa­men mir y an­tes de ele­gir la pla­za. Me co­gie­ron, em­pe­cé a ro­dar, apla­cé un año la in­cor­po­ra­ción a la es­pe­cia­li­dad y

des­pués, cuan­do se aca­bó el pla­zo y te­nía que ele­gir en­tre una co­sa u otra, di­je: «Ven­ga, va­mos a in­ten­tar­lo, que es­ta es una co­sa que se pre­sen­ta po­cas ve­ces en la vida». Y des­de en­ton­ces has­ta aho­ra.

—Se­guis­te tu im­pul­so.

—Sí, com­ple­ta­men­te.

—Pe­ro cues­ta pen­sar cómo se pue­de aban­do­nar al­go para lo que has es­ta­do tan­tos años lu­chan­do.

—Cla­ro, la ca­rre­ra son seis años, lue­go otro año para pre­pa­rar el mir y des­pués la es­pe­cia­li­dad, que ya no la hi­ce. Era Psi­quia­tría. Vas ti­ran­do un po­co con el pi­lo­to au­to­má­ti­co has­ta que al fi­nal eli­ges. Yo en otros paí­ses no sé, pe­ro creo que en Es­pa­ña hay po­ca in­for­ma­ción so­bre el fu­tu­ro pro­fe­sio­nal, lo que sig­ni­fi­ca y lo que es ca­da ca­rre­ra. Yo es­ta­ba ha­cien­do Me­di­ci­na, pe­ro qui­zás tam­po­co era lo mío. Bueno, a la vis­ta es­tá que no era lo mío cuan­do me sa­lió la opor­tu­ni­dad y me cam­bié.

—Y cuan­do em­pe­zas­te con «Cen­tro Mé­di­co», ¿tu­vis­te que sa­car los apun­tes para re­pa­sar?

—En Cen­tro Mé­di­co re­fres­qué mu­chos co­no­ci­mien­tos, me re­sul­tó más fá­cil el ro­da­je. Fue un ro­da­je com­pli­ca­do, por­que en el tex­to hay mu­cha in­for­ma­ción téc­ni­ca, y la ver­dad es que te­ner los co­no­ci­mien­tos pre­vios me re­sul­tó de uti­li­dad.

—Si vuel­ves la vis­ta atrás, ¿hu­bie­ses he­cho to­do de la mis­ma ma­ne­ra? ¿A día de hoy, ha­cien­do ba­lan­ce, crees que has to­ma­do buenas de­ci­sio­nes?

—Yo creo que sí, por­que ade­más el mun­do uni­ver­si­ta­rio con­ven­cio­nal me sir­vió de mu­cho, el te­ner una dis­ci­pli­na de es­tu­dio y de tra­ba­jo. No cam­bia­ría na­da.

—¿Qué ti­po de pa­dre eres?

—Soy un pa­dre di­vor­cia­do, por mo­ti­vos la­bo­ra­les no pue­do es­tar tan­to co­mo me gus­ta­ría con ellos. Ellos vi­ven en Bar­ce­lo­na, yo tra­ba­jo en Ma­drid, pe­ro los fi­nes de se­ma­na que me to­ca me voy para allá, voy a sus ac­ti­vi­da­des ex­tra­es­co­la­res... Cuan­do el tiem­po me lo per­mi­te, in­ten­to es­tar el má­xi­mo para ellos y ser un pa­dre cer­cano, pe­ro sin per­der de vis­ta que la pa­ter­ni­dad obli­ga a man­te­ner un or­den y una je­rar­quía que no se pue­de ob­viar.

—Eso de ser ami­gos de los hi­jos has­ta cier­to pun­to, ¿no?

—Ami­go has­ta cier­to pun­to, sí, sí. Quie­nes al fi­nal toman las de­ci­sio­nes tie­nen que ser los pa­dres, es que es im­pe­pi­na­ble.

—¿Cuán­to ha­ce ya que te se­pa­ras­te?

—Pues tres año y medio.

—¿Y cómo tie­ne que ser la mu­jer que te con­ven­za para vol­ver a es­tar en pa­re­ja?

—Pues su­pon­go que es bá­si­co que acep­te es­te es­ti­lo de vida tan po­co con­ven­cio­nal pe­ro, so­bre to­do, que me ha­ga reír. El hu­mor es bá­si­co en cual­quier re­la­ción sen­ti­men­tal.

FO­TO: RO­BER­TO GARVES

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