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La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ME­LIS­SA RO­DRÍ­GUEZ

LAS ME­JO­RES VA­CA­CIO­NES son las que más se dis­fru­tan, pe­ro hay mu­chas for­mas de ha­cer­lo. Des­de los que se van de cám­ping con to­dos los bár­tu­los has­ta los que re­pi­ten des­tino, sin ol­vi­dar­se de los que arran­can con la ma­le­ta des­de el pri­mer se­gun­do

Ha­yMADRILEÑOS EN MAL­PI­CA LAS ABUE­LAS: ISA­BEL (A LA DE­RE­CHA) Y MA­RI CRUZ; LOS YERNOS, ÍÑI­GO (CON BAR­BA) Y PE­DRO; Y LOS NIE­TOS: ÁL­VA­RO, THIA­GO Y DA­NIEL

Aquí dis­fru­ta­mos de co­sas que en Ma­drid no po­de­mos ha­cer y nun­ca nos he­mos plan­tea­do cam­biar de lu­gar. Ni pen­sar­lo. Es­to en­gan­cha”

quien ca­da ve­rano tie­ne un des­tino va­ca­cio­nal di­fe­ren­te pa­ra ir co­no­cien­do nue­vos mun­dos. No obs­tan­te, tam­bién los hay que ya han en­con­tra­do un lu­gar que los lle­na por com­ple­to. Se tra­ta de una fa­mi­lia que aun­que tie­ne raí­ces ga­lle­gas, y más con­cre­ta­men­te lu­cen­ses (Chan­ta­da), ha re­si­di­do y he­cho to­da su vi­da en Ma­drid. Con to­do, des­de ha­ce más de 20 años, pa­sa siem­pre el mes de ju­lio en Mal­pi­ca de Ber­gan­ti­ños, un en­cla­ve tu­rís­ti­co de la Cos­ta da Mor­te.

«Yo por aquel tiem­po tra­ba­ja­ba, y fue mi her­ma­na la que por unos ami­gos via­jó a Mal­pi­ca y se tra­jo a mis hi­jos. Y a par­tir de ahí, vi­ni­mos se­gui­do», ex­pli­ca Isa­bel Ca­rral, de 70 años, en re­fe­ren­cia a su her­ma­na Ma­ri Cruz, de 75. ¿La diferencia? Que por en­ton­ces sus tres hi­jos —Gon­za­lo, Mai­te y Ma­ría Fe­rrei­ro— es­ta­ban sol­te­ros. Aho­ra, dos de ellos ya es­tán ca­sa­dos. Ade­más, ella aho­ra ya dis­fru­ta de la ju­bi­la­ción y vie­ne con sus nie­tos: Thia­go, Ál­va­ro y Da­niel, de 4, 6 y 10 años. Tie­ne to­da una vi­da pa­ra dis­fru­tar. Y así lo ha­ce. Siem­pre en com­pa­ñía de su fa­mi­lia.

ENA­MO­RA­DOS DE GA­LI­CIA

¿Pe­ro qué tie­ne es­te pue­blo que tan­to los ha en­can­di­la­do? «La tran­qui­li­dad»; «que es muy pe­que­ño»; «la gen­te»; «lo fres­qui­tos que es­ta­mos»; «la pla­ya»…, co­men­tan en­tre to­dos. Pe­ro es en la co­mi­da don­de más se ex­tien­den: «Los per­ce­bes me en­can­tan»; «a mí las né­co­ras»; «yo el cal­do a la ga­lle­ga»; «el ra­xo». «Y es que sea el pro­duc­to que sea, lo prue­bas en otro si­tio y no hay co­lor», ase­gu­ran. La ru­ti­na que es­ta fa­mi­lia ha­ce to­dos los días es la si­guien­te: «Nos le­van­ta­mos y mi­ra­mos el día por la ven­ta­na. Ba­ja­mos a desa­yu­nar. Nos va­mos a la pla­ya has­ta la ru­ta del ape­ri­ti­vo. Subimos a co­mer y dor­mi­mos la sies­ta por los pe­que­ños. Lue­go nos vol­ve­mos de nue­vo pa­ra la are­na, y allí nos que­da­mos has­ta las 9 o más tar­de», cuen­ta Isa. Y cuan­do lle­ga la no­che, to­da­vía si­gue la fies­ta: «Va­mos a to­das las bar­ba­coas de los ba­res y así no ha­go de ce­nar. ¿Dón­de asan hoy?». No pa­ran. Y las abue­las aún apro­ve­chan has­ta úl­ti­ma ho­ra pa­ra jun­tar­se con las ami­gas y ju­gar una par­ti­da a las car­tas.

LA PLA­YA, SU PA­RAÍ­SO

La pla­ya es su si­tio pre­fe­ri­do. En es­te ca­so, Area Maior. Y aun­que son cons­cien­tes de que el tiem­po en Ga­li­cia es muy ines­ta­ble, di­cen al­to y cla­ro: «Eso nos da igual, si no es­ta­ría­mos en el sur. Sal­vo que ha­ya mu­cho vien­to, ba­ja­mos igual». Y es que pa­ra los ni­ños, las va­ca­cio­nes en Mal­pi­ca son un lu­ja­zo. Pue­den an­dar a su ai­re por la pla­ya, pu­dien­do la abue­la te­ner­los con­tro­la­dos en to­do mo­men­to: «En Be­ni­dorm ya no me lo plan­teo. Aquí hay po­ca gen­te y es mejor pa­ra ellos, que dis­fru­tan más». El ma­yor, Da­niel, tie­ne muy cla­ro por qué le gus­ta es­ta zo­na: «Me en­can­ta sal­tar las olas y bus­car can­gre­jos en las ro­cas». Y cla­ro, pa­ra que ellos jue­guen y los gran­des des­can­sen, se ba­jan a la are­na «una fur­go­ne­ta en­te­ra», di­cen. El des­plie­gue es bru­tal. Con pin­ta­la­bios in­clui­dos pa­ra las abue­las, que son muy co­que­tas. Tan­to, que ya de­jan to­do ex­ten­di­do mien­tras suben a ca­sa a co­mer. Su si­tio es fi­jo año tras año: de­lan­te de los so­co­rris­tas.

Pe­ro tam­bién tie­nen plan al­ter­na­ti­vo pa­ra los días de llu­via: «En Ma­ri­ne­da nos ha­cen la ola», di­ce Pe­dro To­ro, uno de sus yernos. Otras op­cio­nes son los pa­seos por el puerto, el par­que o, in­clu­so, por Car­ba­llo. Por «el bo­ca a bo­ca», di­cen ha­ber­se jun­ta­do has­ta 40 ma­dri­le­ños en el mis­mo are­nal. «Mal­pi­ca en­gan­cha», re­cal­can. Y dan más detalles: «Aquí ha­ce­mos co­sas que en Ma­drid no po­de­mos ha­cer». Y an­te la pre­gun­ta de si no se plan­tean al­gún día ve­ra­near en otro lu­gar, res­pon­den con­ven­ci­dos: «Nun­ca. Ni pen­sar­lo. An­tes nos ma­ta­mos». Su otro yerno, Íñi­go, in­clu­so ba­ra­ja la op­ción de, en un fu­tu­ro, vivir en A Co­ru­ña con Ma­ría.

Cuan­do aca­be agos­to y con él las llu­vias en es­te pue­blo ma­ri­ne­ro, los hi­jos y los nie­tos re­gre­sa­rán a la ca­pi­tal, pe­ro las her­ma­nas Ca­rral aún via­ja­rán a su se­gun­do des­tino ve­ra­nie­go ha­bi­tual: Don­cos, en As No­gais. Y allí se que­dan has­ta sep­tiem­bre u oc­tu­bre dis­fru­tan­do de su ca­sa y de la na­tu­ra­le­za ver­de de Ga­li­cia; la que fue, es y se­rá su tie­rra.

FO­TO: ANA GAR­CÍA

FO­TO: ANA GAR­CÍA

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