¿Qué le pa­sa a Amaia Mon­te­ro?

Amaia Mon­te­ro CAN­TAN­TE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

La voz de to­da una ge­ne­ra­ción del pop es­pa­ñol ce­le­bra sus 20 años de ca­rre­ra con un nue­vo dis­co, «Na­ci­dos pa­ra creer», y vuel­ve dis­pues­ta a plan­tar­le ca­ra a to­dos los que se atre­ven a cri­ti­car­la: «Aho­ra di­cen que me he trans­for­ma­do la ca­ra, y que se fi­jen en eso el día que lle­gas ilu­sio­na­da con una can­ción des­pués de años de tra­ba­jo, te sor­pren­de»

Amaia Mon­te­ro si­gue cre­yen­do en sí mis­ma. Tras las úl­ti­mas po­lé­mi­cas, que acha­có a pro­ble­mas de so­ni­do, pi­dió per­dón a sus se­gui­do­res y ti­ró pa­ra ade­lan­te. «No es que to­do te dé igual, pe­ro yo lle­vo ya vein­te años de ca­rre­ra», di­ce es­ta can­tan­te que to­mó una de las de­ci­sio­nes más di­fí­ci­les de su vi­da el día que de­ci­dió aban­do­nar La Ore­ja de Van Gogh, y que no es­con­de el pe­so que su­po­ne lan­zar­se en so­li­ta­rio. A pe­sar de to­do, «se­rán siem­pre mis cua­tro án­ge­les», ase­gu­ra de los miem­bros de la ban­da que la vio na­cer. Pe­ro ella no ne­ce­si­ta que la guar­den... Se de­fien­de bien so­la.

—«Na­ci­dos pa­ra creer»... Ya nos lo di­ces tú, ca­da uno de no­so­tros lle­ga­mos a es­te mun­do pa­ra creer en al­go, ¿no?

—Pues sí, hay que se­guir cre­yen­do, por­que a ve­ces nos de­silu­sio­na­mos. Hay que creer, so­bre to­do en uno mis­mo y en lo que uno quie­re vi­vir, en lo que uno quie­re ser, en lo que uno quie­re con­se­guir.

—¿En qué crees tú hoy?, ¿cuál es el mo­tor que te mue­ve?

—A mí siem­pre me ha mo­vi­do es­te mo­tor, que es la mú­si­ca. Y aho­ra es­toy muy ilu­sio­na­da, por­que por fin ha sa­li­do a la luz es­te dis­co. Ade­más, creo en to­das aque­llas co­sas que me­re­cen la pe­na, creo en los míos, co­mo di­ce la can­ción, los que nun­ca ba­jan los bra­zos. En esos creo.

—Sin esa gen­te no se­ría­mos na­da, ¿ver­dad? Sin las per­so­nas que nos man­tie­nen en pie.

—Esas son las im­por­tan­tes, por­que a ve­ces da­mos equi­vo­ca­da­men­te im­por­tan­cia a otras co­sas. A mí me ha pa­sa­do en otros tiem­pos qui­zás, co­mo di­go tam­bién en la can­ción. Por­que al fi­nal es­ta can­ción es un po­co un ajus­te de cuen­tas.

—Sí, úl­ti­ma­men­te pa­re­ce que di­jis­te: «Que se ca­llen de una vez», ¿no?

—Sí, di­je: aho­ra ya ha­blo yo, aho­ra ya ha lle­ga­do mi turno por­que me ha da­do la ga­na de de­cir­lo, y esas co­sas que he es­cu­cha­do so­bre mí, pues me han do­li­do. Pe­ro a esas co­sas son a las que no hay que dar­les im­por­tan­cia. Hay que dár­se­la a lo que de ver­dad se lo me­re­ce.

—Pues sí. ¿Ha si­do mu­cha pre­sión la que has te­ni­do que so­por­tar?

—Sí, es mu­cha pre­sión... Al­gu­nos ya es­ta­mos al­go más acos­tum­bra­dos,

la­men­ta­ble­men­te, pe­ro sí. La ver­dad es que aho­ra tu­ve un epi­so­dio ha­ce po­co en el que de­cían que me ha­bía trans­for­ma­do la ca­ra di­rec­ta­men­te, en­ton­ces con eso te que­das sor­pren­di­da. Tam­po­co es ver­dad, y lo pu­bli­can me­dios su­pues­ta­men­te se­rios, cuan­do el día 8 de mar­zo se lle­nan to­dos la bo­ca y lle­nan las pá­gi­nas di­cien­do que la mu­jer tie­ne que des­ta­car por sus ca­pa­ci­da­des, por sus ac­ti­tu­des, y no so­lo por su fí­si­co, que es por lo que nos va­lo­ran mu­chas ve­ces. Tú de re­pen­te vas con to­da la ilu­sión a en­se­ñar la can­ción des­pués de años de tra­ba­jo y te en­cuen­tras con es­to, y sin con­tras­tar­lo... Pues te sor­pren­de, cla­ro.

—Na­die te lla­mó pa­ra pre­gun­tár­te­lo.

—¿Có­mo un me­dio su­pues­ta­men­te se­rio da una in­for­ma­ción por bue­na no con­tras­ta­da? Yo sen­tí que to­do lo del día 8 tam­bién era men­ti­ra, que tam­bién era so­la­men­te pa­ra el clic.

—¿Se­gui­mos sin apli­car­lo?

—Sí, yo creo que to­das ese día nos sen­ti­mos muy con­ten­tas, aun­que la­men­ta­ble­men­te te­ne­mos que se­guir lu­chan­do. Te­ne­mos que se­guir de­mos­tran­do las co­sas quin­ce ve­ces, ha­cien­do quin­ce mi­llo­nes de co­sas más pa­ra que nos re­co­noz­can quin­ce mi­llo­nes de ve­ces me­nos, pe­ro bueno, al fi­nal es­ta­mos en ello y ese día creo que fue muy bo­ni­to pa­ra to­das. Al me­nos pa­ra mí sí, y yo creo que tam­bién lo fue pa­ra mu­chas. El pro­ble­ma vie­ne cuan­do cua­tro días des­pués pa­sa es­to. Y ya no se ha­bla en ab­so­lu­to de mi nue­vo dis­co ni de to­do el tra­ba­jo que me ha lle­va­do lle­gar has­ta aquí. En­ton­ces, ¿có­mo te que­das con es­to? Im­pre­sio­na­da.

—Yo por la ca­ra no te iba a pre­gun­tar, pe­ro es evi­den­te que has adel­ga­za­do pa­ra el es­treno de es­te dis­co.

—Sí, sí, he adel­ga­za­do. Pe­ro bueno, es­to lo he he­cho y lo he di­cho mu­chas ve­ces. Lle­vo des­de los 21 años en es­to y ten­go 41, y de eso tam­bién se ha ha­bla­do mu­cho. Nun­ca he ne­ga­do que ha ha­bi­do ve­ces que he es­ta­do más gor­di­ta. Bueno, no es que lo ha­ya ne­ga­do, es que es evi­den­te, me ha­béis vis­to.

—Bueno, co­mo to­dos, ¿no? Es di­fí­cil per­ma­ne­cer co­mo un ser iner­te.

—Cla­ro, ¡es que no pa­sa na­da! Yo si­go sien­do la mis­ma. ¿Qué pro­ble­ma es que no en­tres en tus va­que­ros? Pa­re­ce que por eso ya no sir­ves, cuan­do al fi­nal uno es el mis­mo, eres la mis­ma per­so­na. A mí cuan­do me ape­te­ce po­ner­me a die­ta y adel­ga­zar, pues lo ha­go. Y cuan­do me ape­te­ce es­tar un po­co así re­la­ja­da, pues lo ha­go tam­bién.

—En el vi­deo­clip te me­ten pre­sa en una cárcel. ¿Te sen­tis­te al­gu­na vez así, co­mo atra­pa­da en una cel­da?

—Sí, es que es lo que di­ce la can­ción. La can­ción es pa­ra to­dos, hom­bres y mu­je­res, por­que si tú es­cu­chas el es­tri­bi­llo [Si tú no sa­bes na­da de mí / Ni dón­de ni con quién ni cuan­do / Si cuel­go a Dios o al dia­blo en la pa­red /A qué me atre­ví o qué nun­ca ha­ré /¿A cuán­to ven­des tú la ver­dad? / ¿Quién te dio ve­la en es­te en­tie­rro? / No bus­co un cla­vo ar­dien­do / Y si mi­ro atrás tu no estás ahí / Con los que pon­drán la mano en el fue­go por mí], la pri­me­ra par­te ha­bla des­de un pun­to de vis­ta de mu­jer. La pri­me­ra fra­se ya lo di­ce, que una mu­jer si a los 40 aún no es­tá ca­sa­da es súper ra­ro. To­da­vía se si­gue cre­yen­do.

—¿Te has sen­ti­do al­gu­na vez es­tig­ma­ti­za­da por es­tar sol­te­ra?

—Cuan­do una mu­jer de­ci­de es­tar so­la, no ha en­con­tra­do a la per­so­na ade­cua­da o le ha da­do la ga­na de se­guir así, se si­gue vien­do ex­tra­ño. Si un hom­bre es­tá sol­te­ro a los 40 años ya es el sol­te­ro de oro, por­que es ver­dad. Si ha en­gor­da­do un po­qui­to más, son los fo­fi­sa­nos. Y no­so­tras en­gor­da­mos y ya nos cri­ti­can. Des­de ese pun­to de vis­ta es una can­ción fe­mi­nis­ta, cla­ro que sí, por­que soy mu­jer y por­que eso ocu­rre. Son ver­da­des co­mo pu­ños.

—En­tre los ade­lan­tos de tu dis­co es­ta­ba tam­bién el te­ma «Mi Bue­nos Ai­res», don­de pa­re­ce que de nue­vo ha­blas de una ex­pe­rien­cia do­lo­ro­sa. ¿Es una can­ción es­pe­cial pa­ra ti?

—Mi Bue­nos Ai­res na­ce de una si­tua­ción en la que yo es­ta­ba de gi­ra por La­ti­noa­mé­ri­ca, que es­tu­ve cinco me­ses allí. Fue un mo­men­to di­fí­cil en el que sen­tía que es­ta­ba de­ma­sia­do le­jos, y ha si­do una gi­ra ma­ra­vi­llo­sa­men­te du­ra en la que me sen­tí a la vez muy que­ri­da. Era un mo­men­to di­fí­cil, pe­ro en los mo­men­tos di­fí­ci­les sue­le ocu­rrir que tam­bién en­cuen­tras co­sas de ti que es­ta­ban, pe­ro que las te­nías un po­co ol­vi­da­das. Co­mo di­ce tam­bién la can­ción Ave fé­nix, [Y haz­le ca­so a tu ave fé­nix / Ar­de y lue­go pon­te en pie].

—Es­te dis­co tie­ne un to­que bas­tan­te du­ro. ¿Es un pun­to de in­fle­xión? Siem­pre has si­do sin­ce­ra, pe­ro es­ta vez te has de­ja­do ver más.

—Me en­can­ta eso. Sí, to­tal­men­te. Yo es­te dis­co lo de­fino co­mo un strip­tea­se emo­cio­nal.

Es ver­dad que tie­ne un plus, yo no sé si son los 40, la evo­lu­ción... Pe­ro de to­das for­mas es­te dis­co tie­ne mu­cha ver­dad y mu­cha poe­sía, por­que tu­ve la gran suer­te de com­po­ner mu­chas can­cio­nes y mu­chas le­tras con Benjamín Pra­do. Eso es un sue­ño, y co­mo que lle­ga un pun­to que ya no es que to­do te dé igual, pe­ro yo lle­vo ya vein­te años de ca­rre­ra y me sien­to dis­tin­ta tam­bién. Ten­go 41 años, ya no me sien­to co­mo cuan­do te­nía 25, y es­te ál­bum re­fle­ja muy bien la épo­ca que es­toy vi­vien­do.

—Vein­te años de ca­rre­ra y cuar­to dis­co en so­li­ta­rio. ¡Fe­li­ci­da­des!

—Mu­chas gra­cias, eso sí que es di­fí­cil.

—Y más arries­gan­do co­mo lo has he­cho tú... Cum­ple vein­te años «Di­le al Sol», el pri­mer dis­co de La Ore­ja de Van Gogh. Te re­cuer­do sal­tan­do sin pa­rar so­bre el es­ce­na­rio del Co­li­seo de A Co­ru­ña y can­tan­do con una ener­gía des­bor­dan­te.

—¡Pa­ra que lue­go di­gan que los del nor­te so­mos fríos! Me acuer­do per­fec­ta­men­te, el pú­bli­co es­ta­ba en­tre­ga­dí­si­mo sal­tan­do. Es tan­ta la ener­gía, la emo­ción, la co­ne­xión con el pú­bli­co, la ener­gía que se crea ahí, que pue­des con to­do. A mí me ha pa­sa­do de es­tar en un con­cier­to con un es­guin­ce que te due­le, pe­ro si­gues sal­tan­do igual por­que estás tan en­chu­fa­do que ni lo sien­tes.

—¿La eta­pa de La Ore­ja de Van Gogh fue bru­tal pa­ra ti?

—Sí, cla­ro que sí. Y es que era su­per­jo­ven­ci­ta, era una ni­ña. Lo vi­ví así to­do de gol­pe, de re­pen­te nos cam­bió la vi­da y en­tra­mos en otra nueva y ab­so­lu­ta­men­te ma­ra­vi­llo­sa. Por­que vi­vir de al­go que es tu pa­sión, de lo que te gus­ta, y po­der de­di­car­te en cuer­po y al­ma a ello, es un pri­vi­le­gio. Y tam­bién po­der con­tar­lo y se­guir ahí vein­te años des­pués.

—¿Al­gu­na vez te re­plan­teas­te la de­ci­sión de de­jar La Ore­ja de Van Gogh?

—Fue muy, muy com­pli­ca­do... mu­cho.

—¿Pe­ro di­rías que ha si­do una bue­na de­ci­sión?

—Es­toy con­ten­ta, por­que la mía es una ca­rre­ra de vein­te años en la que hay dos par­tes. Una par­te es ab­so­lu­ta­men­te ma­ra­vi­llo­sa, que si no hu­bie­ra exis­ti­do no

¿Qué pro­ble­ma es que no en­tres en tus va­que­ros? Ellos en­gor­dan y son los fo­fi­sa­nos, y a no­so­tras nos cri­ti­can”

Yo es­te dis­co lo de­fino co­mo un ‘strip­tea­se’ emo­cio­nal. Tie­ne un plus de sin­ce­ri­dad, no sé si son los 40”

se­ría quien soy, y en ella cre­cí muy rá­pi­do y me cam­bió la vi­da de for­ma ra­di­cal sien­do muy jo­ven. Y to­do eso con una re­la­ción en­tre no­so­tros ab­so­lu­ta­men­te es­pe­cial, que no a to­do el mun­do le pa­sa. Y aho­ra vi­vo es­ta eta­pa que es más du­ra por­que to­do re­cae so­bre mí, lo bueno, lo ma­lo, las res­pon­sa­bi­li­da­des... to­do. En un gru­po se re­par­te to­do, aquí apren­des mu­cho más rá­pi­do, por­que tie­nes que es­tar mu­cho más aten­ta, to­do pa­sa por ti. Pe­ro va­mos, am­bas eta­pas han si­do ab­so­lu­ta­men­te ma­ra­vi­llo­sas.

—¿Ellos si­guen sien­do tus cua­tro án­ge­les, co­mo de­cía la can­ción?

—Sí, siem­pre lo se­rán, pa­ra mí siem­pre lo se­rán.

—Da gus­to oír­te, por­que hay ban­das que se se­pa­ran y des­pués no pue­den ha­blar con nor­ma­li­dad ni se guar­dan ese ca­ri­ño.

—Es que es­to es im­po­si­ble de ol­vi­dar. Nos que­re­mos y nos que­ría­mos mu­chí­si­mo. Es que es­tas co­sas no le pa­san a to­do el mun­do, van a ser mis cua­tro án­ge­les siem­pre, pa­sen los años que pa­sen, por mu­cho que pa­sen los años de lar­go en tu vi­da, co­mo di­ce La can­ción más bo­ni­ta del mun­do (de La Ore­ja de Van Gogh).

—Unos cuan­tos dis­cos des­pués, a ni­vel mun­dial su­pe­ras­te ya los ocho mi­llo­nes de co­pias.

—Es­toy muy or­gu­llo­sa de ello. Pe­ro yo a lo que real­men­te le doy prio­ri­dad aho­ra mis­mo es a apren­der a dis­fru­tar de ello. Por­que cuan­do ha­bla­mos so­lo de ci­fras y uno se fi­ja úni­ca­men­te en los re­sul­ta­dos, no dis­fru­tas de lo que ha­ces.

—A lo lar­go de tu ca­rre­ra hi­cis­te mu­chas co­la­bo­ra­cio­nes, una de ellas fue la de «Las Ma­ña­ni­tas», con Ma­ría Do­lo­res Pra­de­ra. ¿Qué re­cuer­dos tie­nes de ella?

—Es ma­ra­vi­llo­sa, me da tan­ta pe­na... Era al­guien muy es­pe­cial, in­creí­ble, con una ca­rre­ra tan úni­ca co­mo ella. Per­so­nal­men­te era al­guien muy di­ver­ti­do, una per­so­na muy gran­de a la que quie­ro un mon­tón, no voy a de­cir la que­ría, por­que la quie­ro un mon­tón. Es una le­yen­da, siem­pre va a es­tar. Es de­ma­sia­do gran­de Ma­ría Do­lo­res.

—¿Lle­ga­rá por aquí por Ga­li­cia la gi­ra de «Na­ci­dos pa­ra creer»?

—Aho­ra es­ta­mos muy cen­tra­dos en la pro­mo­ción del dis­co, tan­to en Es­pa­ña co­mo en Amé­ri­ca, y sí que es­ta­mos pre­pa­ran­do la gi­ra, pe­ro ya te di­go que pa­sa­ré por Ga­li­cia se­gu­ro. Es que me en­can­ta Ga­li­cia, me re­cuer­da mu­cho a mi tie­rra tam­bién. Es que el nor­te se no­ta, y lue­go sois muy bue­na gen­te.

—¿Ya no ha­ces na­da pa­ra gus­tar­le a la gen­te?

—No, yo no ha­go na­da pa­ra que a la gen­te le gus­te, so­lo pon­go en un dis­co lo que a mí me gus­ta, me con­mue­ve y me emo­cio­na. Si lo ha­ces al re­vés no creo que eso le gus­te a na­die, lo im­por­tan­te es ser uno, dis­fru­tar uno. Y si lue­go le gus­ta a la gen­te, pues per­fec­to.

—Y si ya les gus­tas du­ran­te vein­te años, pues ge­nial, ¿no?

—¡Sí, efec­ti­va­men­te! Ja, ja.

Lo de La Ore­ja de Van Gogh es im­po­si­ble de ol­vi­dar. Los chi­cos y yo nos que­re­mos y nos que­ría­mos mu­chí­si­mo”

Yo ya no ha­go na­da pa­ra que a la gen­te le gus­te. Lo im­por­tan­te es ser uno, dis­fru­tar­lo. Y si lue­go ade­más gus­ta, pues per­fec­to”

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