El PSOE y la plu­ri­na­cio­na­li­dad: ¡Arre! ¡So!

La Voz de Galicia (Carballo) - - OPINIÓN - RO­BER­TO L. BLAN­CO VAL­DÉS

¡Es­toy de­sola­do! Sí, sí, dé­jen­me que ma­ni­fies­te sin­ce­ra­men­te la de­cep­ción que me acon­go­ja. Per­mí­tan­me sa­car del co­ra­zón la trai­do­ra es­pi­na con que lo ha he­ri­do la di­rec­ción vo­lu­ble del PSOE, que ni tie­ne pa­la­bra, ni tie­ne se­rie­dad, ni tie­ne na­da.

Ha­ce me­ses, re­cién re­cu­pe­ra­da la se­cre­ta­ría ge­ne­ral, pro­me­tió Pe­dro Sán­chez que el PSOE iba a traer­nos una Es­pa­ña plu­ri­na­cio­nal y yo me ilu­sio­né, al igual que mi­llo­nes de es­pa­ño­les, con la idea de te­ner aquí lo que no exis­te en par­te al­gu­na. ¿Se ima­gi­nan? En EE.UU., Ca­na­dá, Aus­tra­lia, In­dia, Ar­gen­ti­na, Mé­xi­co o Bra­sil, paí­ses de in­men­sa geo­gra­fía y pro­fun­dos con­tras­tes cul­tu­ra­les, re­li­gio­sos, ra­cia­les y lin­güís­ti­cos, sus Es­ta­dos fe­de­ra­les se cons­tru­ye­ron so­bre la vo­lun­tad de crear una na­ción que cohe­sio­na­se la gran di­ver­si­dad que en to­dos era fru­to de su his­to­ria. ¡Po­bri­ños! Tan gran­des y tan po­co am­bi­cio­sos que so­lo quie­ren una na­ción por Es­ta­do, cuan­do ca­da uno po­dría as­pi­rar a te­ner una do­ce­na.

Si los go­ber­nan­tes de esos gran­des es­ta­dos mi­ra­sen ha­cia Es­pa­ña po­drían ha­ber vis­to el ejem­plo sin par de Pe­dro Sán­chez, que, has­ta que se nos arru­gó ha­ce dos días, ha­bía de­mos­tra­do su gran­de­za de mi­ras, su am­bi­ción his­tó­ri­ca, al de­fen­der la plu­ri­na­cio­na­li­dad de Es­pa­ña, pe­se a ser me­nor en ex­ten­sión que al­gu­nos de los es­ta­dos nor­te­ame­ri­ca­nos, los es­ta­dos bra­si­le­ños o las pro­vin­cias canadienses. ¡Ahí se ve la ma­de­ra de los lí­de­res! ¡Que le im­por­ta a Sán­chez lo que ocu­rra en el pla­ne­ta! El quie­re (¡que­ría!) pa­ra Es­pa­ña lo me­jor y por eso as­pi­ra­ba a que nues­tro país, ¡él so­li­to!, tu­vie­ra más de to­do, in­clui­das más na­cio­nes.

Pe­ro a Sán­chez lo han obli­ga­do a aban­do­nar la que, sin du­da, hu­bie­ra si­do su gran apor­ta­ción a la cul­tu­ra po­lí­ti­ca mun­dial: una na­ción de na­cio­nes. ¡Ahí es na­da! ¿Qué ha ocu­rri­do, Pe­dro? ¿Quién te ha pre­sio­na­do pa­ra que nos de­jes ti­ra­dos cuan­do ya to­cá­ba­mos con las ma­nos el cie­lo de la plu­ri­na­cio­na­li­dad? De­bes con­tár­nos­lo: ¿Ha si­do el Ibex 35? ¿Han si­do Su­sa­na y sus se­cua­ces? ¿Qui­zá la Tri­la­te­ral? ¿La OTAN? ¿El G8? ¿El G20? Quien te ha tor­ci­do, Pe­dro, el bra­zo, pa­ra que re­nun­cies al úni­co ob­je­ti­vo que po­día de ver­dad trans­for­mar a es­te país.

He de re­co­no­cer­les que al igual que los res­tan­tes mi­llo­nes de es­pa­ño­les a los que la di­rec­ción del PSOE ha su­mi­do en una te­rri­ble frus­tra­ción, no te­nía yo ni la más pa­jo­le­ra idea de qué en­ten­dían los di­ri­gen­tes so­cia­lis­tas por plu­ri­na­cio­na­li­dad. Y es que nin­guno se mo­les­tó en dar la me­nor ex­pli­ca­ción. Pe­ro la co­sa te­nía que ser bue­na, pues, si lo es te­ner más tre­nes, más pis­ci­nas y más es­tre­llas Mi­che­lín ¿co­mo no va a ser­lo te­ner más na­cio­nes? Yo es­pe­ra­ba, al menos, una por Co­mu­ni­dad Au­tó­no­ma y, ya pues­tos, qui­zá en al­gu­na de ellas dos o tres.

Pe­ro Pe­dro se arru­gó y nos de­jó com­pues­tos y sin na­cio­nes. Y eso no se ha­ce. Eso no es se­rio. Si se pro­me­te la plu­ri­na­cio­na­li­dad no se pue­de lue­go re­nun­ciar a ella cuan­do tan­ta gen­te la es­pe­ra­ba con la mis­ma ilu­sión con la que es­pe­ran los ni­ños a Melchor, Gas­par y Bal­ta­sar.

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