YO ME VEO

«Yo pien­so que soy una per­so­na muy po­si­ti­va, que siem­pre in­ten­to ver­le el la­do bueno a las co­sas. En ca­sa siem­pre fui el pa­ya­so, el que ha­ce reír. Lu­cho pa­ra que mi pro­yec­to co­mo em­pren­de­dor va­ya bien, y creo que irá bien»

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA -

hi­jo de unos pa­dres que en su día fue­ron emi­gran­tes. Así que en su pro­pia ca­sa tie­ne ejem­plos de lo du­ra que pue­de ser la vi­da laboral. Es­tu­dió en el Prín­ci­pe Fe­li­pe pri­me­ro, don­de los maes­tros so­lían de­cir­le que «vi­vía de ren­tas» por­que apro­ba­ba es­tu­dian­do el úl­ti­mo día, y lue­go hi­zo ba­chi­ller y COU en el To­rren­te Ba­lles­ter. Lo su­yo, al igual que lo de su her­mano, siem­pre fue la in­for- má­ti­ca. Em­pe­zó un ci­clo pri­me­ro. Se ani­mó con la ca­rre­ra. La de­jó y re­gre­só al ci­clo. A par­tir de ahí, em­pe­zó a tra­ba­jar en dis­tin­tas em­pre­sas. Has­ta que de su ca­be­za sa­lió Con­cien­cia­tec. «Se me ocu­rrió un pro­yec­to que con­sis­te en en­se­ñar a apro­ve­char las nue­vas tec­no­lo­gías. Des­de en­se­ñar a ma­yo­res a uti­li­zar los mó­vi­les o un or­de­na­dor a otros mu­chos cam­pos, co­mo uno que más me in­tere­sa, que es el de dar­le la po­si­bi­li­dad a los pa­dres, ofre­cer­les he­rra­mien­tas téc­ni­cas, pa­ra que pue­dan co­no­cer y es­tar al tan­to de qué ha­cen sus hi­jos en In­ter­net y con las apli­ca­cio­nes y apa­ra­tos que ellos uti­li­cen».

De­man­da de con­se­jos

Se pu­so en mar­cha. Y le apa­re­cie­ron clien­tes. Se ríe al re­cor­dar lo bien que se lo pa­sa en­se­ñan­do a ma­yo­res a usar apli­ca­cio­nes y la sa­tis­fac­ción que lee en sus ros­tros cuan­do al fin pue­den ha­cer por ellos mis­mos lo que más desea­ban: usar el What­sApp u otras apli­ca­cio­nes pa­ra co­mu­ni­car­se con sus hi­jos y nie­tos. Pe­ro Da­vid tam­bién tu­vo mo­men­tos di­fí­ci­les en el po­co tiem­po que lle­va co­mo em­pren­de­dor. Amén de que los ini­cios son du­ros eco­nó­mi­ca­men­te, se dio cuen­ta de que los pa­dres, ade­más de he­rra­mien­tas téc­ni­cas, de­man­dan mu­cha ayu­da pe­da­gó­gi­ca, mu­chos con­se­jos so­bre qué se de­be con­tro­lar y qué no... así que Da­vid se to­mó a con­cien­cia de que le to­ca­ba po­ner­se a es­tu­diar. Acu­de a char­las, a cur­sos, se es­tá sa­can­do la ha­bi­li­ta­ción co­mo for­ma­dor, es un asis­ten­te fi­jo en reunio­nes re­la­cio­na­das con la crea­ti­vi­dad... co­mo re­su­me en su Fa­ce­book, su «ca­be­za no pa­ra». Da­vid in­sis­te en que, más allá de las tec­no­lo­gías, él se que­da con el ca­ra a ca­ra con el clien­te. Con el tra­to personal. Y uno lo en­tien­de cuan­do, sen­ta­do en una me­sa de su ofi­ci­na, sa­le con la men­te de ese es­pa­cio y se tras­la­da a su ca­sa.

Ha­bla en­ton­ces de que úl­ti­ma­men­te le to­ca arri­mar el hom­bro. Su pa­dre tie­ne una dis­ca­pa­ci­dad. Su ma­dre es­tá re­cién ope­ra­da. Y hay un abue­lo de 95 años al que no so­por­ta oír de­cir «ay, ay, ay». Así que se de­di­ca a le­van­tar­le el áni­mo. Cuen­ta que no oía. Y que tu­vo que lu­char has­ta que lo­gró con­ven­cer­le pa­ra com­prar unos au­dí­fo­nos. «Aho­ra es­tá fe­liz», di­ce. El si­guien­te re­to es que acep­te la lu­pa que pien­sa lle­var­le pa­ra que pue­da vol­ver a leer el pe­rió­di­co. Ha­bla de él, de la fa­mi­lia, de que «hay que es­tar sí o sí cuan­do hay que es­tar» y se le ilu­mi­na la ca­ra. Di­ce que a ve­ces su tra­ba­jo con­sis­te en ha­cer­les reír. Pe­ro que tam­bién apren­dió a po­ner­le pañales a un adul­to. Lo cuen­ta to­do con esa car­ca­ja­da tan ca­rac­te­rís­ti­ca su­ya. Y di­ce: «Es­toy se­gu­ro que el pro­yec­to laboral me irá bien». Pues se­gu­ro.

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