La an­gus­tia vi­tal de la que Jo­se sa­có un li­bro

Vi­vió los años del plo­mo de ETA en el País Vas­co. Lo con­tó en una pu­bli­ca­ción con efec­to bal­sá­mi­co

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MA­RÍA HER­MI­DA RA­MÓN LEI­RO

Las his­to­rias de los años del plo­mo de ETA, de có­mo se vi­vía aquel ro­sa­rio de aten­ta­dos des­de den­tro, des­de las fa­mi­lias de las víc­ti­mas y de los eta­rras, se es­tán co­lan­do en de­ce­nas de vi­das ac­tual­men­te a cuen­ta del li­bro de Fer­nan­do Aram­bu­ru, Pa­tria, aho­ra mis­mo en el cres­ta de la ola. Jo­se Al­fon­so Romero, pa­ra bien o pa­ra mal, no ne­ce­si­ta leer en nin­gún lado lo que ocu­rrió en aque­llos tiem­pos en el País Vas­co. Es­ta­ba allí. Lo vi­vió en pri­me­ra per­so­na co­mo agen­te de la Guar­dia Ci­vil. De he­cho, tam­bién lo con­tó en un li­bro. Él, que lle­va ca­si to­da la vi­da afin­ca­do en Cal­das aun­que aho­ra es­té pa­san­do una tem­po­ra­da en Ex­tre­ma­du­ra, lo hi­zo en una pu­bli­ca­ción de re­la­tos lla­ma­da La hi­ja del txa­ku­rra, pu­bli­ca­da en el 2015. Su li­bro no es exac­ta­men­te au­to­bio­grá­fi­co. No na­rra co­sas que le pa­sa­ron a él. Pe­ro, en reali­dad, sí cuen­ta mu­chas co­sas de él. Por­que, tal y co­mo él in­di­ca, su li­bro va del do­lor que to­do aque­llo pro­du­jo y que él sin­tió en sus car­nes, que aún sien­te hoy. Va tam­bién de que las pa­la­bras sir­van co­mo bál­sa­mo, co­mo re­cuer­do, co­mo ho­me­na­je. Y a él, se­gún se­ña­la, ha­ber­las es­cri­to le han apor­ta­do cal­ma. Es con ese so­sie­go con el que se po­ne al te­lé­fono des­de tie­rras ex­tre­me­ñas en una ma­ña­na de luz in­ten­sa y pri­mo­ro­so cie­lo azul de las que a él le gus­tan.

Jo­se, sin til­de en la e, co­mo le lla­man sus alle­ga­dos, em­pie­za su na­rra­ción en un pue­blo de Ou­ren­se. Fue allí don­de na­ció. Era hi­jo de un guar­dia ci­vil. Y, sien­do aún un ni­ño, lo en­via­ron a Ma­drid a es­tu­diar en un co­le­gio pa­ra se­guir los pa­sos de su pa­dre. No le tiem­bla la voz al des­cri­bir có­mo vi­vió esa épo­ca: «Se me ha­cía odio­so. Vi­vía­mos hu­mi­lla­cio­nes ab­sur­das, na­da te­nía sen- ti­do», re­cuer­da. Ahí se for­mó y, ya con­ver­ti­do en guar­dia ci­vil, le die­ron un des­tino que a la pos­tre le aca­ba­ría cam­bian­do la vi­da. Se fue, con sus 19 años pe­la­dos y sus ilu­sio­nes en la ma­le­ta, a San Se­bas­tián. Es­tu­vo en On­da­rre­ta y en Intxaurrondo.

«Éra­mos gen­te con re­pues­to»

Lle­gó en el año 1979 y se mar­chó en 1983. Lo pri­me­ro que cuen­ta de su lle­ga­da al País Vas­co es la be­lle­za de la pla­ya de Con­cha, de los pai­sa­jes en ver­des de Eus­ka­di. Uno le es­cu­cha y has­ta pa­re­ce que va a ha­cer un re­la­to idí­li­co de aque­llos tiem­pos. Por­que Jo­se tie­ne sen­si­bi­li­dad y ca­pa­ci­dad pa­ra ha­blar bo­ni­to. Es ca­paz de na­rrar de los años más du­ros de su vi­da y ha­cer pe­que­ños re­ce­sos pa­ra con­tar que es­tá en Ex­tre­ma­du­ra vien­do una go­lon­dri­na y que su sim­ple y na­tu­ral vuel­vo le ha­cen es­tre­me­cer. Por eso sor­pren­de el ma­za­zo ver­bal que da de re­pen­te: «Fue­ron du­rí­si­mos los años del plo­mo, los que me to­có vi­vir allí. A mí no me ma­ta­ron. Tu­ve suer­te, por­que aque­llo era una cues­tión de suer­te y de nú­me­ros. Éra­mos mu­chos... unos caía­mos y otros no. Pe­ro vi mo­rir a com­pa­ñe­ros. Y vi­ví có­mo no­so­tros, las víc­ti­mas y sus fa­mi­lias éra­mos unos apes­ta­dos. Na­die te sa­lu­da­ba en la ta­ber­na, na­die te mi­ra­ba a la ca­ra, na­die te lla­ma­ba por tu nom­bre. Yo era un txa­ku­ra, un pe­rro, que es co­mo nos lla­ma­ban allí a los guar­dias. Y pa­ra el Es­ta­do eras un nú­me­ro. Te­nías to- do el tiem­po la sen­sa­ción de que éra­mos gen­te con re­pues­to, que si nos ma­ta­ban ven­drían otros a sus­ti­tuir­nos y no pa­sa­ría na­da», di­ce. Se­ña­la que a él no le to­có ha­cer la­bo­res con­flic­ti­vas. Que su ocu­pa­ción era ir al Ban­co de Es­pa­ña, a pri­sio­nes y ac­tos ru­ti­na­rios se­me­jan­tes. Pe­ro que allí da­ba igual. Pa­ra mues­tra, uno de los ca­sos que re­co­ge en su li­bro: el de unos com­pa­ñe­ros, mo­to­ris­tas, que fue­ron a re­gu­lar una vuel­ta ci­clis­ta a un pue­blo de Ála­va. La or­ga­ni­za­ción los en­tre­tu­vo has­ta que lle­ga­ron sus ver­du­gos.

Su úni­co re­cuer­do ama­ble de los años del plo­mo sue­na co­mo una can­ción de Se­rrat. Se lla­ma Lu­cía. Jo­se aún no en­tien­de que ella, ex­tre­me­ña afin­ca­da en Eus­ka­di, se atre­vie­se a re­la­cio­nar- se con él, «con un pa­ria, por­que eso es lo que era allí, un apes­ta­do». Pe­ro lo hi­zo. Y se aca­ba­ron vi­nien­do jun­tos a Ga­li­cia. Tu­vo va­rios des­ti­nos. Y fi­nal­men­te am­bos, pri­me­ro no­vios y lue­go ma­tri­mo­nio, mon­ta­ron el cam­pa­men­to ba­se en Cal­das. Jo­se se ju­bi­ló a los trein­ta y po­cos años, aque­ja­do de an­gus­tia vi­tal y es­trés pos­trau­má­ti­co y sin en­ten­der de­ma­sia­das co­sas. «La vi­da a ve­ces es ex­tra­ña. Yo cuan­do vol­ví an­du­ve en te­mas sin­di­ca­les, den­tro de la Guar­dia Ci­vil, y me acuer­do de po­ner­nos las ca­pu­chas pa­ra leer co­mu­ni­ca­dos... yo que ve­nía de un si­tio en el que los que ha­cían los co­mu­ni­ca­dos con ca­pu­cha eran los te­rro­ris­tas... me tu­ve que po­ner una pa­ra de­fen­der la de­mo­cra­cia. La ver­dad es que es una pa­ra­do­ja», di­ce.

La ju­bi­la­ción tan tem­pra­na tu­vo tam­bién su par­te bue­na. Vio cre­cer a Lu­cía y Adrián, sus hi­jos. Cuan­do ha­bla de ellos, la vi­sión amar­ga que tie­ne de par­te de su exis­ten­cia se tor­na en re­cuer­dos ama­bles. «Con lo rá­pi­do que an­da­mos por el mun­do sí que es una ma­ra­vi­lla po­der criar a tus hi­jos», in­di­ca. Tam­bién pu­do cum­plir su sue­ño de es­cri­bir y pu­bli­car su li­bro. Lo hi­zo gra­cias a un mi­cro­me­ce­naz­go y a su im­bo­rra­ble me­mo­ria. Y aho­ra, a los 56 años y des­de Ex­tre­ma­du­ra, la tie­rra de su mu­jer, de la que re­gre­sa de cuan­do en cuan­do a Cal­das, pien­sa en sa­car de su men­te poe­mas o li­bre­tos tea­tra­les. Ha­bla des­de allí de un cie­lo in­fi­ni­ta­men­te azul. De cam­pos lle­nos de flo­res. De una be­lle­za su­per­la­ti­va del cam­po que pi­sa. Y se sien­te aque­ja­do del sín­dro­me de Stend­hal, ese vér­ti­go que di­cen que pro­du­ce la be­lle­za ar­tís­ti­ca su­pre­ma. Tam­bién cuen­ta que tie­ne mie­do a mo­rir e ir a un si­tio «que no se lla­me Lu­cía», co­mo la mu­jer a la que ama. Pe­ro no se asus­ten. Qui­zás no es­té tan mal. Sim­ple­men­te, es un li­te­ra­to.

Al­fon­so, que vi­ve des­de ha­ce años en Cal­das, es­tá aho­ra en Ex­tre­ma­du­ra, la tie­rra de su mu­jer.

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