«Cuan­do en­tra un clien­te, mu­chas ve­ces ya sé lo que vie­ne a com­prar»

El co­mer­cian­te lle­va 52 años en la pa­pe­le­ría Com­pos­te­la, que ve abo­ca­da al cie­rre

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MAR­GA MOSTEIRO

«A mi tam­bién me da mu­cha pe­na ce­rrar», pe­ro «no que­da otra», apun­ta Mi­guel Gon­zá­lez Abral­des des­de el otro la­do del mos­tra­dor ca­si cen­te­na­rio de la pa­pe­le­ría Com­pos­te­la. Los co­mer­cia­les han co­men­za­do a des­pe­dir­se y los clien­tes se acer­can sor­pren­di­dos por el car­tel que anun­cia en sus es­ca­pa­ra­tes el des­cuen­to del 25 % por el cie­rre de­fi­ni­ti­vo del lo­cal. En mar­zo del 2018 de­ja­rá de exis­tir una de las pa­pe­le­rías más an­ti­guas del cas­co his­tó­ri­co de San­tia­go y la ciu­dad per­de­rá así un po­co de su his­to­ria. En la rúa Cas­tro, pa­ra los com­pos­te­la­nos «las cin­co ca­lles», la pa­pe­le­ría Com­pos­te­la co­men­zó a fun­cio­nar en 1931, de la mano del pa­dre de Mi­guel Gon­zá­lez, su ac­tual ges­tor, que em­pe­zó a tra­ba­jar en el ne­go­cio fa­mi­liar «al vol­ver de la mi­li, con 21 años, no qui­se es­tu­diar; así que al co­mer­cio».

A lo lar­go de los años, Mi­guel se con­vir­tió en to­do un re­fe­ren­te del co­mer­cio com­pos­te­lano. Tras 52 años en la pa­pe­le­ría, ase­gu­ra que «yo se­gui­ría aquí, por ga­nas no es, pe­ro la sa­lud no per­do­na». Ha­ce unos me­ses tu­vo un buen sus­to y aho­ra, pen­dien­te de un par de ope­ra­cio­nes, pre­fie­re op­tar por la ju­bi­la­ción a sus 73 años. Aun­que tie­ne tres hi­jos, nin­guno se­gui­rá su es­te­la. «Uno es Quí­mi­co y tie­ne su em­pre­sa. Otro es her­mano de La Sa­lle. Y la más pe­que­ña, que po­dría se­guir, no pue­de por sa­lud», co­men­ta. Tam­po­co es op­ti­mis­ta so­bre la po­si­bi­li­dad de que al­guien man­ten­ga vi­vo el ne­go­cio: «No sé, quién sa­be. Por aho­ra, no hay na­da. Ce­rra­ré cuan­do se ter­mi­ne la mer­can­cía o en mar­zo del 2018, que es el pla­zo que nos han da­do pa­ra li­qui­dar­lo to­do. No sé co­mo irá», ex­pli­ca.

Mi­guel re­co­no­ce que el mun­do del co­mer­cio «cam­bió mu­cho» du­ran­te sus 52 años de tra­ba­jo, y en las pa­pe­le­rías «ca­si más, por­que aho­ra hay co­mer­cia­les que van por las ofi­ci­nas y tam­bién es­tán las gran­des su­per­fi­cies. Nos que­da­mos so­lo con los vecinos de la ca­lle», la­men­ta. Aún re­cuer­da cuan­do se ven­dían «los pi­za­rri­llos, y el pa­so al lá­piz, y al bo­lí­gra­fo». Des­pués de los años, Mi­guel es de los pa­pe­le­ros que des­ci­fra el ti­po de pa­pel, co­lo­res o ro­tu­la­do­res que pre­ci­sa el clien­te aun­que las ex­pli­ca­cio­nes sean es­ca­sas. Y es que «so­lo con ver­le en­trar por la puer­ta, ya sé lo que vie­ne a bus­car, lo que ne­ce­si­ta».

En la pa­pe­le­ría Com­pos­te­la, re­cuer­da, «ven­día­mos el li­bro Ál­va­rez», y sien­te no ha­ber­se que­da­do con un ejem­plar, «pe­ro quién iba a pen­sar en eso en­ton­ces». El pro­ta­go­nis­ta. Mi­guel Gon­zá­lez Abral­des em­pe­zó a tra­ba­jar en el ne­go­cio fa­mi­liar, la pa­pe­le­ría Com­pos­te­la, con 21 años.

Pa­pe­le­ría Com­pos­te­la. Abrió sus puer­tas en 1931 de la mano del pa­dre del ac­tual re­gen­te, y ce­rra­rá en mar­zo del 2018 o an­tes, si li­qui­da la mer­can­cía.

Los li­bros de tex­to de­ja­ron de ven­der­se «cuan­do em­pe­za­ron a pe­dir di­fe­ren­tes li­bros, de va­rias edi­to­ria­les. Era un lío, y lo de­ja­mos», pe­ro lo que no aban­do­na­ron fue­ron dic­cio­na­rios, ca­te­cis­mos y cua­der­nos Ru­bio, «que si­guen ven­dién­do­se, no tan­to co­mo an­tes, pe­ro aún se pi­den».

Ade­más de su tra­ba­jo, Mi­guel Gon­zá­lez hi­zo sus pi­ni­tos en el fút­bol com­pos­te­lano. «Me ten­ta­ron del Com­pos­te­la, pe­ro no fui», co­men­ta res­tan­do im­por­tan­cia al he­cho. En su co­ra­zón es­tá su pri­mer equi­po, La Sa­lle. «Yo fui de los fun­da­do­res del co­le­gio. Allí es­tu­die yo, mis tres hi­jos, y aho­ra los nie­tos», apun­ta con or­gu­llo. Tras su pa­so por el equi­po de fút­bol del co­le­gio la­sa­liano ju­gó en el San Lo­ren­zo y San Pe­dro, y en 1971 fun­dó el Rua­no­va, «por­que el cu­ra de Sa­lo­mé nos pi­dió ayu­da». «Ha­bía cha­va­les que que­rían ju­gar, y nos apun­ta­mos. Al prin­ci­pio era­mos más, pe­ro po­co a po­co se fue­ron mar­chan­do, y que­de yo. Es­tu­ve 30 años y tam­bién me can­se». De los acon­te­ci­mien­tos la­men­ta­bles que se es­tán pro­du­cien­do en el fút­bol ba­se, Mi­guel se­ña­la que «siem­pre hu­bo pa­dres que creían te­ner un crac», pe­ro di­ce que la si­tua­ción es «una pe­na».

SAN­DRA ALON­SO

Mi­guel Gon­zá­lez Abral­des, de 73 años, ce­rra­rá la pa­pe­le­ría fa­mi­liar con «mu­cha pe­na».

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