EN BRE­VE

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Cu­rrícu­lo. Es­tu­dió psi­co­lo­gía y lue­go hi­zo un pos­gra­do de psi­co­lo­gía apli­ca­da al al­to ren­di­mien­to de­por­ti­vo en Uni­ver­si­dad Au­tó­no­ma de Bar­ce­lo­na.

Tra­yec­to­ria. Tra­ba­jó con dis­tin­tos equi­pos co­mo el Cel­ta o el Pon­te­ve­dra y es co­la­bo­ra­dor ha­bi­tual en el cen­tro de tec­ni­fi­ca­ción de Pon­te­ve­dra.

fa Na­dal. En sus me­jo­res tiem­pos lo que siem­pre des­ta­ca­ba de él era la ca­be­za que te­nía, su tem­plan­za. Esa ma­ne­ra su­ya de no per­der nun­ca los ner­vios». Cita a otro gran­de del de­por­te: Ja­vier Gó­mez No­ya. «Nun­ca tra­ba­jé con él, pe­ro creo que es otro gran re­fe­ren­te», in­di­ca. Tra­ba­ja de for­ma ha­bi­tual, y con dis­tin­tas fe­de­ra­cio­nes en el Cen­tro Ga­le­go de Tec­ni­fi­ca­ción De­por­ti­va. En­tre­na a gran­des de­por­tis­tas de lu­cha, bád­min­ton o na­ta­ción. Y lo ha­ce siem­pre con la mis­ma fi­lo­so­fía: «Siem­pre se pue­de me­jo­rar en la vi­da, no hay que po­ner­se lí­mi­tes. Sin per­der la pers­pec­ti­va, sien­do rea­lis­tas, hay que te­ner con­fian­za en que siem­pre hay mar­gen de me­jo­ra».

Le lla­man de con­ce­llos y en­ti­da­des pa­ra dar char­las y cur­sos. Al­gu­nas po­nen­cias es­tán re­la­cio­na­das con un asun­to en la cres­ta de la ola, co­mo la que va a dar el vier­nes en Ma­rín —a las 20.30 ho­ras en la bi­blio­te­ca Vidal Pa­zos—: ha­bla­rá del pa­pel de los pa­dres en el de­por­te. ¿Qué opi­na él al res­pec­to? «Los pa­dres sue­len po­ner la me­jor de las vo­lun­ta­des. En la ma­yo­ría de los ca­sos que me en­con­tré es­ta­ban preo­cu­pa­dos, so­bre to­do, por no sa­ber ayu­dar a sus hi­jos cuan­do se po­nen ner­vio­sos pa­ra com­pe­tir o cuan­do se sien­ten muy mal por per­der».

Los pa­dres y el de­por­te

Es de­cir eso y que la char­la de­ri­ve en una re­fle­xión so­bre el mie­do que hay en la so­cie­dad al fra­ca­so. «No creo que ha­ya pa­dres, sal­vo al­gún de­men­te, que abo­chor­nen a sus hi­jos y les ha­gan sen­tir mal por per­der en una com­pe­ti­ción. Pe­ro sí ocu­rre que a ve­ces es­ta­mos vien­do un par­ti­do, Mes- o cual­quier otro fa­llan un pe­nal­ti y to­do el mun­do les lla­ma pa­que­tes y los cri­ti­ca. Los ni­ños son co­mo es­pon­jas y eso lo ven. No­tan que fra­ca­sar no es­tá bien vis­to», in­di­ca Ia­go.

Ia­go ha­bla de ni­ños y re­cuer­da el ni­ño que él fue. Re­cuer­da su co­le­gio, el Ál­va­rez Li­me­ses, y di­ce que le guar­da mu­chí­si­mo ca­ri­ño. Ha­bla tam­bién del fút­bol y del atle­tis­mo. Y, ca­si co­mo sin que­rer, di­ce: «Me gus­ta­ba ha­cer de­por­te, pe­ro no pu­de ha­cer to­do el que qui­se por­que es­tu­ve en­fer­mo». Lo cuen­ta co­mo si hu­bie­se te­ni­do una gri­pe. Al­go pa­sa­je­ro. Pe­ro no fue así. Le diag­nos­ti­ca­ron un cáncer a los cin­co años. Y no fue has­ta la ado­les­cen­cia cuan­do la en­fer­me­dad le dio cuar­te­li­llo. No es él de vic­ti­mis­mos. Ni de de­jar­se caer. Di­ce que no tie­ne re­cuer­dos ma­los del cáncer. «Era pe­que­ño, su­pon­go que fue peor pa­ra mis pa­dres», cuen­ta. Lue­go, in­sis­te en lo mu­cho que le ayu­da­ron en el co­le­gio. En que le mi­ma­ron. Re­sal­ta lo bueno de su vi­da. Y con­clu­ye: «Hay que re­la­ti­vi­zar los pro­ble­mas. Es­ta­mos aquí, te­ne­mos vi­da, dis­fru­te­mos y me­jo­re­mos».

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