La diseñadora que ga­nó mil ba­ta­llas y un pre­mio

Las hue­llas de la bió­lo­ga es­tán por el Sa­lón do Li­bro, la Fei­ra Fran­ca y la me­jor co­lec­ción de mo­da del 2016

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - CAR­MEN GAR­CÍA DE BURGOS

Cuan­do son­ríe se le ilu­mi­na to­da la ca­ra. No lo ha­ce con la fre­cuen­cia que de­be­ría. Es su ti­mi­dez, que no le per­mi­te arru­gar un po­co los ojos pa­ra que le bri­llen has­ta que no tie­ne un po­co de con­fian­za con la per­so­na que tie­ne en­fren­te. Es tam­bién por esa ra­zón por la que no le gus­tan mu­cho las cá­ma­ras cuan­do la mi­ran a ella. Pe­ro di­ce que sa­be que tie­ne que ha­cer­lo. Su pro­fe­sión se lo exi­ge. No la de bió­lo­ga, sino la otra, la de diseñadora.

Ma­ría Paz Ro­sa­les tie­ne 36 años y más sa­bi­du­ría que mu­cha gen­te con más edad. Cuan­do em­pe­zó a es­tu­diar Bio­lo­gía no sa­bía por qué lo ha­cía, aun­que «no fue por vo­ca­ción ni mu­cho me­nos». Sí que se iba a orien­tar ha­cia una ca­rre­ra de cien­cias. ¿Lo te­nía cla­ro? «No, no es­ta­ba na­da cla­ro, ya se vio», ad­mi­te, y ríe. Tam­po­co te­nía cla­ro a qué iba a de­di­car­se una vez la ter­mi­na­ra. Así que, cuan­do sa­lió de la Uni­ver­si­da­de de Vi­go y le ofre­cie­ron un tra­ba­jo tem­po­ral en el cen­tro de in­ves­ti­ga­cio­nes fo­res­ta­les de Lou­ri­zán, lo acep­tó. Al prin­ci­pio, con ilu­sión, pe­ro pron­to se con­vir­tió en mo­no­to­nía. «Era co­mo un tra­ba­jo de bi­blio­te­ca­ria pe­ro con hier­bas, al­go pa­re­ci­do. Te­nía que do­cu­men­tar­las y te­ner­las or­de­na­das, te­ner­lo to­do al día». En­ca­de­nó va­rios con­tra­tos tem­po­ra­les has­ta que lo de­jó.

Su pri­me­ra idea era ti­rar por la ra­ma me­dioam­bien­tal y sa­car­se unas opo­si­cio­nes. Pe­ro no sa­lían, y ella, mien­tras es­tu­dia­ba pri­me­ro en el ins­ti­tu­to y más tar­de en la fa­cul­tad, y lue­go cuan­do tra­ba­ja­ba, ayu­da­ba a su pri­ma Án­ge­la Paz a de­co­rar to­da Pon­te­ve­dra. Pri­me­ro, en el Sa­lón do Li­bro In­fan­til e Xu­ve­nil, de cu­ya am­bien­ta­ción se hi­zo car­go en po­co tiempo Pas­pa­llás; más tar­de, a tra­vés de la Edad Me­dia y su Fei­ra Fran­ca. Y, aun­que la afi­ción por co­ser le ve­nía de su ma­dre y de su abue­la —que no lo ha­cían so­lo por ne­ce­si­dad, sino por pla­cer—, fue gra­cias a sus pi­ni­tos co­mo de­co­ra­do­ra co­mo des­cu­brió que, en reali­dad, lo que le gus­ta­ba era la mo­da.

La cos­tu­ra tam­bién pe­ro, so­bre to­do, la par­te crea­ti­va. Co­mo ocu­rre a to­do ser hu­mano una vez que cum­ple 15 años, se veía muy ma­yor pa­ra em­pe­zar otros es­tu­dios. Eran so­lo tres años de gra­do, pe­ro Ma­ría ya te­nía una li­cen­cia­tu­ra cien­tí­fi­ca a sus es­pal­das y creía que sus com­pa­ñe­ros de Es­dem­ga iban a ser más jó­ve­nes que ella. Su fa­mi­lia tu­vo que con­ven­cer­la y ella se de­jó. Allí se en­con­tró con alum­nos de to­das las eda­des y con­di­cio­nes. Al­gu­nos ni si­quie­ra que­rían con­ver­tir­se en di­se­ña­do­res, sino en crí­ti­cos u otras pro­fe­sio­nes.

Más se­gu­ra de sus po­si­bi­li­da­des, em­pe­zó a es­tu­diar y se sa­có el tí­tu­lo en tres años. Y paró. La vi­da le di­bu­jó una ese, y ella la si­guió. Apren­dió, lu­chó y ga­nó tan­to en aque­llos me­ses que sus ma­nos no pu­die­ron evi­tar que lo plas­ma­ra to­do en pa­tro­nes que rom­pían con lo que ha­bía he­cho has­ta el mo­men­to. Y pue­de que has­ta con lo que vuel­va a ha­cer. Pos­pu­so la pre­sen­ta­ción del pro­yec­to fin de gra­do otros tres años.

El pri­mer pre­mio

Du­ran­te to­do el tiempo que per­ma­ne­ció ale­ja­da de las au­las, la jo­ven se aga­rró a su pro­pia co­lec­ción, la pri­me­ra com­ple­ta­men­te su­ya, pa­ra re­cor­dar la im­por­tan­cia de la iden­ti­dad. No im­por­ta cuál sea, por­que siem­pre es una. Por eso to­das sus mo­de­los lle­van una ca­po­ta en la ca­be­za. Eso las ha­ce igua­les, o lo in­ten­ta, aun­que en reali­dad to­das sean di­fe­ren­tes. Con el pe­lo cu­bier­to «no hay ru­bias ni mo­re­nas» y, aun así, si­guen sien­do úni­cas.

Es­tan­cias era su par­ti­cu­lar for­ma de con­tar sus vi­ven­cias, de reivin­di­car lo que era su­yo y lo que la ha­ce úni­ca. A lo lar­go de los tres años que du­ró el pro­ce­so des­de que la creo en su ca­be­za has­ta que la plas­mó en va­rios di­se­ños con­cre­tos y es­tos, a su vez, en un ca­tá­lo­go con el que con­cu­rrir, aho­ra sí, a De­but, fue cam­bian­do y evo­lu­cio­nan­do, adap­tán­do­se a las cur­vas, fre­na­zos y ace­le­ro­nes de ca­da día.

El re­sul­ta­do fue una co­lec­ción que Ma­ría re­co­no­ce que hay quien con­si­de­ra tris­te. Pe­ro con­fie­sa que lo im­por­tan­te es im­pac­tar. Y que sa­ber que un di­se­ño su­yo lo­gra con­mo­ver o lle­gar a al­guien a quien no co­no­ce es el ma­yor lo­gro que se lle­vó de la pa­sa­re­la anual que or­ga­ni­za la es­cue­la de mo­da. Más in­clu­so que ga­nar el pri­mer pre­mio. Tam­bién se lo lle­vó, por cier­to.

Ni ella se lo es­pe­ra­ba ni lo ha­cía la co-ga­na­do­ra de la úl­ti­ma edi­ción. Eran dos con­cep­tos tan ale­ja­dos en­tre sí co­mo de la lí­nea que sue­le mar­car Es­dem­ga. Fue una rup­tu­ra to­tal de la ten­den­cia de la es­cue­la, y el hi­lo con­duc­tor lle­va­ba las lí­neas gri­ses y los co­lo­res os­cu­ros y rec­tos de Ma­ría. Pa­ra el des­fi­le vis­tió a sus mo­de­los con te­ji­dos muy fle­xi­bles y li­ge­ros, pe­ro con­te­ni­dos por com­ple­men­tos rí­gi­dos: cin­tu­ro­nes o ma­no­plas que res­ta­ban li­ber­tad a las ma­nos.

Aho­ra quie­re re­lan­zar su ca­rre­ra co­mo diseñadora y ex­pri­mir­la. Sa­be que tie­ne ta­len­to, y quie­re apro­ve­char­lo co­mo free lan­ce, tra­ba­jan­do pa­ra mar­cas que le per­mi­tan dar co­lor a sus ideas. Y ex­pre­sar con for­mas y tex­tu­ras lo que tan­to cues­ta de­cir de otras ma­ne­ras. In­clu­so, a ve­ces, con su son­ri­sa.

CAPOTILLO

Ma­ría Paz Ro­sa­les co­men­zó su tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal co­mo bió­lo­ga, pe­ro pron­to des­cu­brió que lo su­yo eran la mo­da y el di­se­ño.

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