El es­ta­jo­na­vis­ta del Es­te que trans­for­mó al Vi­la­gar­cía

El exin­ter­na­cio­nal ucra­niano apu­ra su ca­rre­ra en la ca­pi­tal arou­sa­na mien­tras se la­bra un fu­tu­ro co­mo fo­tó­gra­fo

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - PA­BLO PENEDO

«Me­nos mal que mi pa­dre no me hi­zo ca­so». Por­que de ha­ber­lo he­cho, el Vi­la­gar­cía Tenis de Me­sa no se­ría des­de el pa­sa­do sá­ba­do el pri­mer equi­po arou­sano en dar el gran sal­to a la Su­per­di­vi­sión, la má­xi­ma ca­te­go­ría del de­por­te de la pa­la en Es­pa­ña y una de las li­gas más po­ten­tes del vie­jo con­ti­nen­te. Me­nos mal que el pa­dre de Ser­gíy Ni­ge­ruk (Kiev, 27 de Mar­zo de 1975) su­po ser fiel a la cul­tu­ra de la dis­ci­pli­na y el es­fuer­zo que Ucra­nia com­par­tía con el res­to de la ex­tin­ta Unión So­vié­ti­ca, y trans­mi­tír­se­la a su vás­ta­go co­mo brú­ju­la de una vi­da que ha­ce 14 años le mar­có rum­bo al sur pa­ra se­guir vi­vien­do de su ma­ne­jo de la pa­la en Es­pa­ña. Los 9 úl­ti­mos en Vi­la­gar­cía, don­de en el 2012 se afin­có jun­to a su mu­jer e hi­jo.

Cuan­do la ma­yo­ría de su quin­ta so­ña­ba con ser fut­bo­lis­ta por el Di­na­mo de Kiev, con 8 años a Ser­gíy le lla­mó la aten­ción un club de su ba­rrio. «Qui­se pro­bar, y el en­tre­na­dor me hi­zo un test. Dar 50 to­ques a la pe­lo­ta sin pa­rar con una ca­ra de la pa­la, 50 con la otra, y 50 con am­bas. Al­gu­nos ni­ños ne­ce­si­ta­ban una se­ma­na pa­ra con­se­guir­lo. Yo lo hi­ce sin pro­ble­ma», re­cuer­da.

Con­ven­ci­do el en­tre­na­dor del Club Lí­der, el más lau­rea­do de Ucra­nia, to­ca­ba pa­sar la úl­ti­ma cri­ba. «Mi pa­dre me di­jo que sí, pe­ro que te­nía un mes pa­ra de­ci­dir­me. En Ucra­nia no es co­mo aquí. Allí el con­cep­to es ha­cer una co­sa, pe­ro ha­cer­la en se­rio». Por ello, cuan­do pa­sa­dos un par de me­ses «lle­gué un día a ca­sa y le di­je a mi pa­dre ‘Ya no pue­do, me matan de can­san­cio’» no co­ló. Co­mo tam­po­co cuan­do con 11 años tu­vo su se­gun­da cri­sis. «Me da­ban más ca­ña. Los en­tre­na­do­res me me­tie­ron jue­go más ac­ti­vo, jue­go chino, a ga­nar con un sa- que dán­do­le un le­ña­zo a la bo­la. Aho­ra es lo nor­mal, pe­ro en­ton­ces no se es­ti­la­ba». El pro­ge­ni­tor de Ser­gíy tam­po­co ce­dió a los la­men­tos de su hi­jo. Y con ello no so­lo su­peró el úl­ti­mo ba­che psi­co­ló­gi­co de su ca­rre­ra. Con al­guien en ca­sa que le re­cor­da­ba la fra­se que col­ga­ba de to­dos los pa­be­llo­nes de de­por­tes so­vié­ti­cos, ‘Pa­ra reír­se en los cam­peo­na­tos hay que llo­rar en los en­tre­na­mien­tos’, Ni­ge­ruk ad­qui­rió una téc­ni­ca ade­lan­ta­da a su tiem­po, y em­pe­zó a sem­brar el que aca­ba­ría sien­do su me­dio de vi­da.

Con mul­ti­tud de tí­tu­los en Ucra­nia, al Lí­der le si­guie­ron en la ca­rre­ra de Ni­ge­ruk el equi­po pro­fe­sio­nal de la Uni­ver­si­dad de Kiev, en la que se li­cen­ció en INEF, un club del en­torno de Do­netsk y el Sumy, con el que dis­pu­tó la se­gun­da com­pe­ti­ción eu­ro­pea, mi­dién­do­se al Of­fem­bur­go ale­mán. Su ac­tua­ción ese mis­mo 2001 con la se­lec­ción ucra­nia­na en el Mun­dial Ab­so­lu­to de Osa­ka aca­bó con un con­tra­to fir­ma­do con el Of­fem­bur­go sin sa­lir de Ja­pón. Dos años se pa­só en el club teu­tón, «en­tre­nán­do­me con el equi­po de la Bun­des­li­ga —la ma­yor com­pe­ti- ción de clu­bes de Eu­ro­pa– y ju­gan­do con el de Cuar­ta Di­vi­sión, en el que los clu­bes gran­des po­nían a com­pe­tir a al­gu­nos de sus ju­ga­do­res de éli­te».

La co­sa pin­ta­ba bien. Pe­ro un cam­bio en la nor­ma­ti­va so­bre ju­ga­do­res ex­tran­je­ros le obli­gó a de­jar Ale­ma­nia. De la mano de su ex­com­pa­ñe­ro en el Lí­der y buen ami­go Ser­gíy So­ko­lovs­ki Ni­ge­ruk fi­chó por el Bur­gos, re­cién as­cen­di­do a Su­per­di­vi­sión. En ella com­pi­tió dos tem­po­ra­das en Bur­gos y otras tres en el Ar­teal de San­tia­go. Has­ta re­ci­bir una ofer­ta irre­cha­za­ble del Oro­so TM. «Me ofre­cie­ron un tra­ba­jo de en­tre­na­dor en un pro­yec­to que pre­ten­día ser una es­pe­cie de CAR, y un tra­ba­jo pa­ra mi mu­jer», re­la­ta. Enamo­ra- do ya de Ga­li­cia, re­cién sal­da­dos 4 años de lu­cha pa­ra con­se­guir re­agru­par a su fa­mi­lia, acep­tó. «El pro­ble­ma es que no cum­plie­ron ni la mi­tad», cuen­ta.

Lo úni­co bueno de aque­lla ex­pe­rien­cia es que la co­ne­xión en­tre el Oro­so y el Li­ceo Casino lo pu­so a ju­gar en Vi­la­gar­cía en Pri­me­ra Na­cio­nal. Fue ha­ce 9 años. A la tem­po­ra­da si­guien­te acep­ta­ba la ofer­ta arou­sa­na pa­ra com­pa­gi­nar la pa­la con la en­se­ñan­za de sus can­te­ra­nos. Y se le abrió el cie­lo. «En Vi­la­gar­cía no me sien­to un tra­ba­ja­dor, sino en un gru­po de ami­gos». Y tras re­co­no­cer que «sin un pro­fe­sio­nal de mi ni­vel el equi­po lo ten­dría di­fí­cil», re­cal­ca que el mé­ri­to del ascenso «hay que di­vi­dir­lo en­tre to­dos los com­pa­ñe­ros. So­mos una fa­mi­lia».

De sus vás­ta­gos, los can­te­ra­nos, se ocu­pa Ser­gíy. Apli­can­do con to­do el ri­gor la men­ta­li­dad ucra­nia­na de tra­ba­jo y es­fuer­zo a aque­llos de­ci­di­dos a lle­gar a lo más al­to en un de­por­te que exi­ge la má­xi­ma en­tre­ga. Pe­ro tam­bién a «un va­go», co­mo se de­fi­ne a sí mis­mo, men­ta­li­za­do de te­ner por de­lan­te una du­ra pues­ta a pun­to pa­ra re­cu­pe­rar con 42 años el tono exi­gi­do en la Su­per­di­vi­sión. «Vi­vo del de­por­te, y de­bo ha­cer el es­fuer­zo», ase­gu­ra.

Al me­nos así se­rá mien­tras no lo pue­da ha­cer de su pa­sión. La que su pa­dre le in­cul­có de niño por la fo­to­gra­fía. De su pri­me­ra Sme­na 8M a un equi­po pro­fe­sio­nal de Ni­kon, un pro­fun­do pro­ce­so de au­to­apren­di­za­je a tra­vés de tu­to­ria­les y cur­sos por in­ter­net le abrie­ron a Ser­gíy las puer­tas de los fo­to­ban­cos. Gran­des empresas de com­pra-ven­ta de imá­ge­nes, en los que hay que de­mos­trar unos al­tí­si­mos es­tán­da­res de ca­li­dad pa­ra po­der en­trar co­mo au­tor. «De es­to se pue­de vi­vir con un por­ta­fo­lio de 15.00020.000 fo­tos. Yo ten­go 4.000». Sin du­da la cul­tu­ra ucra­nia­na le ha­rá re­co­rrer el res­to del ca­mino.

MAR­TI­NA MISER

A los 42 años Ser­gíy Ni­ge­ruk tran­si­ta en­tre su ca­rre­ra co­mo te­nis­ta de me­sa y de fo­tó­gra­fo.

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