El pro­fe­sor lle­ga­do de la Bre­ta­ña que hi­zo de su morriña un ne­go­cio

De­jó Fran­cia pa­ra ve­nir­se a Ga­li­cia y le en­can­ta es­ta tie­rra; pe­ro tan­to echa­ba de me­nos las cre­pes que aho­ra las ha­ce y ven­de

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MA­RÍA HER­MI­DA

Je­remy Tho­mas, na­tu­ral de la Bre­ta­ña fran­ce­sa y afin­ca­do en Bueu, po­dría pa­re­cer la tí­pi­ca per­so­na que en­ca­de­na pro­yec­tos con efer­ves­cen­cia, con más ra­pi­dez que ra­zón. Po­dría pa­re­cer­lo, por­que tie­ne so­lo 25 años y ya ha­ce un lus­tro que de­jó su país pa­ra ve­nir­se a Ga­li­cia; por­que en ple­na ju­ven­tud tie­ne tres fren­tes la­bo­ra­les abier­tos tan dis­tin­tos co­mo atractivos, ya que es pro­fe­sor y a la vez co­ci­ne­ro y em­pre­sa­rio, y por­que tie­ne tam­bién un to­rren­te ideas en la ca­be­za. Pe­ro, en la dis­tan­cia cor­ta, Je­remy es to­do lo con­tra­rio. No hay fue­gos de ar­ti­fi­cio en su char­la. Ha­bla con aplo­mo, con se­re­ni­dad, ex­pli­can­do con pre­ci­sión de ci­ru­jano su his­to­ria tan­to en per­fec­to cas­te­llano co­mo en un me­ri­to­rio ga­lle­go. Se no­ta que tie­ne las ideas cla­ras. Y que de­trás de lo que ha­ce hay, so­bre to­do, re­fle­xión y ho­ras de tra­ba­jo.

Je­remy, que con­fie­sa que es «muy ver­gon­zo­so», em­pie­za la en­tre­vis­ta via­jan­do a la Bre­ta­ña, la tie­rra que le vio na­cer. Se crio en la ciu­dad de Lo­rient, a la que al­gu­nas ve­ces ve re­fle­ja­da en Pon­te­ve­dra. Ya de ni­ño tu­vo con­tac­tos con Es­pa­ña. Ju­ga­ba al fút­bol y, en un tor­neo in­ter­na­cio­nal, vino a com­pe­tir a Be­ni­dorm. No sa­be si fue por­que de Es­pa­ña le gus­tó «to­do, to­do» o por­que le dieron cla­se «pro­fe­so­res ma­ra­vi­llo­sos», siem­pre tu­vo in­te­rés en es­tu­diar es­pa­ñol. De he­cho, lo hi­zo du­ran­te años y ac­tual­men­te su ha­bla es im­pe­ca­ble.

Se hi­zo ma­yor en la Bre­ta­ña y cuan­do le to­có ir a la uni­ver­si­dad eli­gió es­tu­diar len­guas ex­tran­je­ras apli­ca­das al co­mer­cio in­ter­na­cio­nal. Le gus­tó la par­te de los idio­mas, pe­ro no la re­la­cio­na­da con el as­pec­to co­mer­cial. Así que em­pe­za­ron a ten­tar­le otras co­sas. Se ha­bía he­cho ami­go de va­rios uni­ver­si­ta­rios vi­gue­ses que es­tu­dia­ban en su fa­cul­tad con car­go a una be­ca Eras­mus. Y em­pe­zó a fan­ta­sear con la idea de ve­nir­se a Ga­li­cia. De re­pen­te, se anotó pa­ra par­ti­ci­par en un pro­gra­ma co­mo lec­tor de fran­cés en Es­pa­ña. Pi­dió dar cla­ses en Vi­go. Y le con­ce­die­ron su de­seo. Así que, con vein­te años, lle­gó a la ciu­dad olí­vi­ca. Los pri­me­ros años tra­ba­jó en un ins­ti­tu­to de Teis co­mo au­xi­liar de con­ver­sa­ción, don­de se en­con­tra­ba tan a gus­to que «un año pa­re­cía so­lo un mes». Pe­se a su ju­ven­tud, tu­vo que acos­tum­brar­se a que pa­sa­sen a lla­mar­le pro­fe­sor. «Es que es co­mo me lla­man alum­nos y los com­pa­ñe­ros me di­cen que al fi­nal es más o me­nos lo que soy, aun­que mi oficio es el de lec­tor de fran­cés», in­di­ca en ese afán su­yo por pun­tua­li­zar bien to­da su tra­yec­to­ria.

Talleres y ac­ti­vi­da­des

De Vi­go se vino a Pon­te­ve­dra. Es­tu­vo en la Es­co­la Ofi­cial de Idio­mas y aho­ra es lec­tor de fran­cés en el ins­ti­tu­to Sán­chez Cantón. De su tra­ba­jo en las au­las cuen­ta ma­ra­vi­llas. «Es real­men­te gra­ti­fi­can­te, me en­can­ta el tra­to con los alum­nos. Ade­más, a mí me to­ca una par­te muy bo­ni­ta, por­que ha­go talleres y ac­ti­vi­da­des dis­tin­tas a la par­te aca­dé­mi­ca pa­ra que ellos prac­ti­quen el fran­cés», in­di­ca. Di­ce que, des­de los pri­me­ros me­ses en Ga­li­cia no­tó que aquí estaba su si­tio. Y que esa sen­sa­ción la si­gue te­nien­do. «Es que fue una com­bi­na­ción de ele­men­tos, yo hi­ce es­fuer­zos por adap­tar­me y la gen­te por aco­ger­me... me­jor no pu­do ser». Esa adap­ta­bi­li­dad su­ya, aun­que lo cuen­te po­nién­do­se co­lo­ra­do y con ti­tu­beos en la voz por pri­me­ra vez en la con­ver­sa­ción, tam­bién tu­vo y tie­ne nom­bre de mu­jer. Se lla­ma Nuria y es su no­via. De ella di­ce una fra­se que lo re­su­me to­do: «Es que sin ella na­da de lo que soy hoy se­ría po­si­ble». A par­tir de ahí, cuen­ta que Nuria le des­cu­brió Bueu, de don­de ella es y don­de am­bos vi­ven aho­ra. «Era im­po­si­ble que no me gus­ta­se Bueu, es un si­tio im­pre­sio­nan­te», se­ña­la. Con Nuria, con un tra­ba­jo en las au­las que le apa­sio­na y con Bueu co­mo puer­to ba­se, a Je­remy le que­da­ba po­co tiem­po pa­ra echar de me­nos Fran­cia. Pe­ro re­co­no­ce que sí tie­ne «morriña» —le lla­ma así él, co­mo si fue­se ga­lle­go de pu­ra ce­pa—. «Aun­que es­tés en­can­ta­do, co­mo es­toy yo aquí, no pue­des de­jar de echar de me­nos a la familia. Y en mi ca­so tam­bién echa­ba de me­nos al­gu­nos sa­bo­res, co­mo los de las cre­pes. Por­que en la Bre­ta­ña es el lu­gar de Fran­cia don­de más tra­di­ción hay de las cre­pes. Y yo siem­pre ten­go en la men­te el sa­bor de las que me ha­cía y me ha­ce ca­da vez que vuel­vo mi abue­la», con­fie­sa. Fue esa morriña de las cre­pes el ci­mien­to de un ne­go­cio. Tal cual.

Des­pués de pen­sar­lo mu­cho, Je­remy com­pró una má­qui­na pa­ra ha­cer cre­pes co­mo las de su abue­la. Cos­ta­ba 500 eu­ros. Re­co­no­ce que ese di­ne­ro, ha­ce cua­tro años, «era mu­cho» pa­ra él. Así que bus­có la fór­mu­la de ren­ta­bi­li­zar el des­em­bol­so. Y pro­bó a ven­der cre­pes a los más alle­ga­dos, en fies­tas pri­va­das y de­más. Vio que su ar­te en los fo­go­nes fun­cio­na­ba. Y que el pro­duc­to triun­fa­ba. Así que se plan­teó, al la­do de Nuria, ha­cer­se con una fur­go­ne­ta gas­tro­nó­mi­ca, apro­ve­chan­do que es­tos tu­ris­mos es­tán en la cres­ta de la ola. Di­ce que tar­dó me­ses en de­ci­dir­se, que es­tu­dió ca­da detalle del trans­por­te al mi­lí­me­tro. Y se no­ta que es así.

El ne­go­cio se lla­ma La Ma­ri­niè­re por­que su di­se­ño es el de las ca­mi­sas de ra­yas bre­to­nas. Ha­ce cre­pes re­lle­nas de mu­chas co­sas. Pe­ro la es­pe­cia­li­dad de Je­remy es­tá li­ga­da a una tra­di­ción en su tie­rra; son cre­pes con ca­ra­me­lo de man­te­qui­lla, con un to­que dul­ce y sa­la­do a la vez. Di­ce él que el que las prue­ba no sue­le arre­pen­tir­se. Las co­ci­na­rá en di­rec­to es­te ve­rano en fes­ti­va­les, bo­das, co­mu­nio­nes y allí don­de lo lla­men. Lo ha­rá con su ca­mi­se­ta de ra­yas bre­to­nas, res­pon­dien­do con un «gra­ci­ñas» afran­ce­sa­do a quien se acer­que a su fur­go­ne­ta.

Es au­xi­liar de con­ver­sa­ción en el ins­ti­tu­to Sán­chez Cantón y an­tes lo fue tam­bién en Vi­go

La Ma­ri­niè­re, don­de co­ci­na cre­pes en di­rec­to, irá es­te año a dis­tin­tos fes­ti­va­les

EMI­LIO MOL­DES

Je­remy, con la fur­go­ne­ta con la que re­co­rre Ga­li­cia, en Bueu, don­de tie­ne su puer­to ba­se.

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