Car­men y sus 89 años de bi­ci­cle­ta y li­ber­tad

Pe­da­lea des­de jo­ven. En teo­ría, pa­ra des­pla­zar­se. En ver­dad, tam­bién pa­ra sen­tir­se la mu­jer li­bre que es

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MA­RÍA HER­MI­DA

Es una pe­na que Sha­ki­ra y Carlos Vi­ves no co­noz­can a Car­men Es­pi­ño Ma­cei­ra, una ve­ci­na na­tu­ral de Xe­ve y re­si­den­te en el ba­rrio pon­te­ve­drés de O Bur­go. Por­que, de co­no­cer­la, se da­rían cuen­ta de que a es­ta mu­jer, real­men­te, le pa­sa lo que ellos can­tan en su ar­chi­co­no­ci­da can­ción La bi­ci­cle­ta. Car­men, co­mo Sha­ki­ra, tie­ne una bi­ci­cle­ta que la lle­va a to­dos la­dos. La lle­va­ba de jo­ven a re­co­ger ha­ri­na de es­tra­per­lo; la trans­por­ta­ba cuan­do te­nía que ba­jar des­de Xe­ve a Pon­te­ve­dra car­ga­da con los cán­ta­ros de le­che pa­ra ven­der­la; pe­da­lea­ba con su bi­ci, a la que po­nía en­ci­ma una enor­me ces­ta de man­di­les, cuan­do co­sía pa­ra una fá­bri­ca y te­nía que en­tre­gar el gé­ne­ro y hoy en día, con sus 89 años re­cién cum­pli­dos, la sigue lle­van­do a diario a su huer­ta a ha­cer las com­pras o a don­de se le an­to­je. Pe­ro que na­die se en­ga­ñe. La bi­ci­cle­ta, en el ca­so de es­ta oc­to­ge­na­ria, no es so­lo un me­dio de trans­por­te. Fue y es tam­bién un pa­sa­por­te pa­ra ser li­bre. Y es que Car­men, co­mo ca­si to­das las mu­je­res de su tiem­po, lo tu­vo di­fí­cil pa­ra ser in­de­pen­dien­te. Al­gu­nas lu­cha­ron y otras se re­sig­na­ron. Ella fue de las que lu­chó.

Car­men tra­ba­jó des­de ni­ña. Sus pa­dres, na­tu­ra­les de Si­lle­da, com­pra­ron una pro­pie­dad en Xe­ve. Te­nían ani­ma­les y a ella, con cua­tro años, le to­ca­ba «lla­mar a las va­cas pa­ra que vi­nie­sen pa­ra casa». Cria­da en una fa­mi­lia nu­me­ro­sa, era to­da­vía una ado­les­cen­te cuan­do le man­da­ron ir has­ta Co­to­ba­de a bus­car unos sa­cos de ha­ri­na. «Me di­je­ron que co­gie­se la bi­ci­cle­ta, que creo que era de un her­mano mío. Yo no me ha­bía mon­ta­do nun­ca y tam­po­co na­die tu­vo que en­se­ñar­me. Me arri­mé a al­go, em­pe­cé a pe- da­lear, vi que an­da­ba y ti­ré ha­cia ade­lan­te», cuen­ta. Ahí em­pe­zó a bre­gar­se en un tra­ba­jo que lle­gó a ha­cer a la per­fec­ción: «Traía has­ta cien ki­los de ha­ri­na en va­rios sa­cos en un mis­mo via­je. Y ja­más caí de la bi­ci­cle­ta», se­ña­la.

El día que se la ro­ba­ron

Ir a bus­car ha­ri­na no era su úni­co co­me­ti­do. Prác­ti­ca­men­te a diario pe­da­lea­ba has­ta Pon­te­ve­dra pa­ra ven­der le­che. Lo ha­cía car­ga­da con unos gran­des cán­ta­ros. Una vez, le ro­ba­ron la bi­ci. Re­cuer­da el dis­gus­to co­mo si fue­se ayer. Pa­sa­ron unos días, vol­vió a la ciu­dad y, ca­sua­li­da­des de la vi­da, vio a un hom­bre que lle­va­ba su bi­ci­cle­ta —cuen­ta la anéc­do­ta y re­ci­ta de me­mo­ria el san­to y seña del in­di­vi­duo en cues­tión—. Pri­me­ro gri­tó que aque­lla era su bi­ci. Pe­ro el hom­bre re­pli­có que no. En­ton­ces, no se lo pen­só: «No me tem­bló la mano. Lo aga­rré por la so­la­pa y le lar­gué unos bo­fe­to­nes. Lo de­jé plan­cha­do, yo creo que no le que­da­ron ga­nas de ro­bar más». So­bra de­cir que re­cu­pe­ró la bi­ci­cle­ta.

Los ca­mi­nos eran sus gran­des com­pa­ñe­ros. En ellos an­da­ba día tras día. Y fue en uno don­de un jo­ven que más tar­de se ha­ría guar­dia ci­vil y ella cru­za­ron sus mi­ra­das. «Fí­ja­te tú, ahí co­no­cí al que lue­go se­ría mi ma­ri­do», di­ce Car­men, que mien­tras re­cuer­da la anéc­do­ta ti­ra de co­que­te­ría in­cons­cien­te, se atu­sa el pe­lo y com­prue­ba si aún tie­ne pin­tu­ra en los la­bios. Fue­ron no­vios sie­te años. Y acla­ra bien có­mo fue aque­llo: «Que que­de muy cla­ri­to que no me to­có ni un pe­lo. Eso no lo per­mi­tí ja­más». En ese pun­to, cam­bia de idio­ma y ase­ve­ra: «A min sem­pre me di­xe­ron que os bi­cos non fan me­ni­ños pe­ro son as vés­pe­ras, así que de to­car na­da de na­da», in­di­ca mien­tras es­bo­za una gran son­ri­sa. Se ca­sa­ron en 1952. Pa­ra en­ton­ces, con sus idas y ve­ni­das en bi­ci­cle­ta, ella te­nía aho­rra­das 1.600 pe­se­tas.

A él, al que Car­men de­fi­ne co­mo «un buen hom­bre pe­ro muy cha­pa­do a la an­ti­gua», no le ha­cía gra­cia que ella tra­ba­ja­se. «Pe­ro el suel­do de un guar­dia ci­vil tam­po­co te creas que da­ba pa­ra tan­to... así que yo me las apa­ñé pa­ra tra­ba­jar siem­pre». Sin de­cir­le na­da en la ma­yo­ría de las oca­sio­nes, en cuan­to le veía sa­lir pa­ra el cuar­tel co­gía la bi­ci­cle­ta y se iba al jor­nal. Lim­pia­ba fin­cas, sa­ca­ba es­tiér­col y ha­cía lo que fue­se. Co­mo con la bi­ci, que na­die le en­se­ño a mon­tar, tam­po­co na­die le en­se­ñó a co­ser. Dio igual. Se ga­nó bien los cuar­tos co­sien­do pa­ra una fá­bri­ca, ha­cien­do man­di­les o lo que le pi­die­sen.

Sin hi­po­te­ca al­gu­na

Car­men, su ma­ri­do, del que en­viu­dó ha­ce tre­ce me­ses, y los hi­jos que fue­ron na­cien­do tu­vie­ron va­rias re­si­den­cias has­ta que pu­die­ron com­prar una fin­ca y ha­cer una casa en O Bur­go. Es­tá es­pe­cial­men­te or­gu­llo­sa de ello: «Nun­ca me vi hi­po­te­ca­da», di­ce con sa­tis­fac­ción. Lue­go, cuen­ta que tu­vo seis hi­jos. Hu­bo uno que mu­rió al na­cer y otro que lo hi­zo con ocho años, des­pués de una do­len­cia pa­ra la que no se en­con­tró re­me­dio. Es re­cor­dar­lo y que Car­men llo­re, que llo­re sin con­sue­lo. Uno la aga­rra de una mano don­de se mez­clan las arru­gas y las mar­cas del tra­ba­jo diario en la huer­ta y ella se va re­com­po­nien­do. Pe­ro quie­re aca­bar de con­tar que ya so­lo tie­ne a tres de sus seis hi­jos. En­tre so­llo­zos, ex­pli­ca en­ton­ces que ha­ce tres años mu­rió otro, es­te de me­dia­na edad, tam­bién por una en­fer­me­dad. Se no­ta que es una lu­cha­do­ra na­ta. Por­que es­tá con­tan­do lo du­ro que es so­bre­po­ner­se a la muer­te de los hi­jos, ha­blan­do de que la pér­di­da de es­te úl­ti­mo la de­jó muy tris­te, y es ca­paz de de­jar las lá­gri­mas y son­reír. Ríe por­que re­cuer­da que ese hi­jo tan que­ri­do que ya no es­tá le re­ga­ló una se­ma­na de va­ca­cio­nes. «Era muy bueno, que­ría que su pa­dre y yo dis­fru­tá­se­mos», re­ma­cha Car­men, con­so­lán­do­se en el bo­ni­to re­cuer­do.

RA­MÓN LEI­RO

Una vi­da en bi­ci... y sin lle­var nun­ca pan­ta­lón. Arri­ba, Car­men muy jo­ven en la bi­ci, re­par­tien­do le­che con una ami­ga. A la de­re­cha, aho­ra, en uno de sus pa­seos dia­rios a la huer­ta o a la com­pra.

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