El ve­rano

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - Mario Beramendi

En la ado­les­cen­cia, la gue­rra de glo­bos de agua anun­cia­ba la cer­ca­nía del ve­rano. Era una se­ñal más, co­mo un fe­nó­meno me­teo­ro­ló­gi­co pro­pio de la es­ta­ción. Re­cuer­do la tóm­bo­la de la Ala­me­da, en las fiestas de ma­yo, que tam­bién avi­sa­ba de la in­mi­nen­te lle­ga­da de los exá­me­nes. Ca­da épo­ca del año te­nía sus olo­res: qui­zá el oto­ño des­pren­día el aro­ma de las cas­ta­ñas asa­das, el in­vierno el de un cal­do de gre­los y la pri­ma­ve­ra el del po­len. En la no­che más lar­ga del año, cuan­do el sol se re­sis­tía a mar­char­se y era sus­ti­tui­do por la luz de las ho­gue­ras, apa­re­cía el pri­mer olor del ve­rano, que era el de las sar­di­nas asa­das. En­ton­ces, en las pla­yas, con el cre­pi­tar de las bra­sas, aquel aro­ma se con­fun­día con la fra­gan­cia que des­pren­dían las al­gas y con el ru­mor de las olas, in­vi­si­bles en la no­che. No po­día­mos apre­ciar su ta­ma­ño, pe­ro in­tuía­mos su cer­ca­nía. Esa ce­re­mo­nia pro­cla­ma­ba la apa­ri­ción del es­tío, las fiestas de los pue­blos y sus cha­ran­gas, y los bar­cos en­ga­la­na­dos en la Vir­gen del Mar. Eran ve­ra­nos lar­gos y ma­ra­vi­llo­sos, que em­pe­zá­ba­mos des­cal­zos y que pa­re­cían in­ter­mi­na­bles.

El ve­rano olía des­pués a mu­chas más co­sas: a sal­sa de to­ma­te, a san­día, a pro­tec­tor so­lar, al plás­ti­co de los flo­ta­do­res y de las bal­sas, y tam­bién olía a hor­te­ra­da. En­ton­ces, en la te­le­vi­sión, se can­ta­ban can­cio­nes pi­can­tes con una ca­mi­sa de man­ga cor­ta y es­tam­pa­do de pal­me­ras, pe­ro sin el tono al­mi­ba­ra­do de aho­ra, con esas le­tras in­fa­mes y pre­ten­cio­sas, sin piz­ca de gra­cia. Pe­ro eran otros ve­ra­nos, otros tiem­pos. Yo me que­do con mis ve­ra­nos por­que, igual que en un mu­seo, en las pa­re­des de mi me­mo­ria cuel­gan los cua­dros de mis re­cuer­dos.

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