El «lo­co» que se hi­zo de hie­rro a los 50

Ma­nuel Cru­ces co­men­zó a prac­ti­car el tríatlón a los 49, y ni si­quie­ra rom­per­se la ca­de­ra lo pa­ró

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - PONTEVEDRA DEPORTES - CAR­MEN GAR­CÍA DE BUR­GOS

¿En qué mo­men­to se le ocu­rrió al je­fe de Der­ma­to­lo­xía del Com­ple­xo Hos­pi­ta­la­rio de Pon­te­ve­dra ha­cer­se triatle­ta a los «48 o 49»? «En el mo­men­to en que vi que pe­sa­ba 110 ki­los, y Pon­te­ve­dra era, y to­da­vía hoy es, un si­tio de bienco­mer y bienbe­ber, y se tra­ta­ba de te­ner una peña gas­tro­nó­mi­ca lo más im­por­tan­te po­si­ble y que las co­mi­das du­ra­ran, si se po­día, una se­ma­na. Y lle­gó un mo­men­to en que me pre­gun­té: ¿Qué ha­ce un chi­co co­mo yo en un si­tio co­mo es­te? Es­to no pue­de ser», cuen­ta Ma­nuel Cru­ces. Si uno co­no­ce a su hi­jo An­tón es im­po­si­ble no dar­se cuen­ta de dón­de le vie­ne la re­tran­ca. «No sé, pre­gún­ta­le a su ma­dre», res­pon­de el pa­dre, ga­na­dor de una dis­tin­ción de los Pre­mios al Mé­ri­to De­por­ti­vo por ser triatle­ta, y de los bue­nos, a sie­te me­ses de cum­plir los 74 años.

Ha­bla con la tran­qui­li­dad de quien sa­be que es muy di­fí­cil re­fu­tar­le na­da. Po­dría ha­ber al­gu­na di­fe­ren­cia de pa­re­ce­res, pe­ro su tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal — aún hoy si­gue ejer­cien­do co una con­sul­ta pri­va­da en ca­sa—, de­por­ti­va y vi­tal lle­nan una ca­be­za pla­ga­da de co­no­ci­mien­tos y ex­pe­rien­cias, co­ro­na­da por va­rios ca­be­llos blan­cos que se ha de­ja­do cre­cer por atrás, que en­cie­rran tan­ta sa­bi­du­ría co­mo en­fa­do. Tie­ne pri­sa por­que quie­re ir a vi­si­tar a una de sus pe­rras a la clí­ni­ca. Es­tá en co­ma des­de que el vier­nes pa­sa­do la en­con­tra­ran en­ve­ne­na­da. Tu­vie­ron que trans­fe­rir­le san­gre de otro de sus pe­rros. No ocul­ta su fas­ti­dio, pe­ro tam­po­co me­te pri­sa.

Al «emé­ri­to»

«La dis­tin­ción real­men­te es una sor­pre­sa, por­que hay mon­to­nes de gen­te que me­re­cen más la me­da­lla que yo, o lo que sea. Y, fran­ca­men­te, la sor­pre­sa fue do­ble, por­que yo creí que me da­ban una dis­tin­ción al emé­ri­to. Y di­je: ‘‘Me­nos mal que no me la dan a tí­tu­lo pós­tu­mo’’. Yo es­toy en­can­ta­do, qué voy a de­cir, que mu­chí­si­mas gra­cias. No sé có­mo es­to pue­de ayu­dar a otros de­por­tis­tas. Que se­pan que se pue­de lle­gar a una edad re­la­ti­va­men­te im­por­tan­te de ma­yor ha­cien­do co­sas. Esa pue­de ser la lec­tu­ra», con­clu­ye, sin ne­ce­si­dad de que na­die más di­ri­ja la con­ver­sa­ción.

Aún así, sa­be que se la me­re­ce. Mu­cho. Tan­to co­mo cam­peo­na­tos ha ga­na­do. Y tan­to co­mo ve­ces se le­van­tó con la ca­de­ra to­da­vía reha­cién­do­se tras su­frir un ac­ci­den­te pa­ra se­guir pe­lean­do por dis­fru­tar de una de las co­sas que más le gus­tan. «Des­de pe­que­ñi­to, de 12 años, ya na­da­ba en la ría de A Co­ru­ña en lo que aho­ra es el puer­to, y yo me di­ver­tía allí con las lan­chas de la sardina, co­rrien­do más o me­nos que ellas, y tam­bién me gus­ta­ba la bi­ci­cle­ta y an­dar por el mon­te. Creo que es una cues­tión ge­né­ti­ca, te gus­ta an­dar ha­cien­do es­tas co­sas por­que, en­tre otras co­sas, soy un mi­sán­tro­po. A mí me gus­ta es­tar so­lo, y la pan­di­lla no me acom­pa­ña­ba, por­que me de­cían: ‘‘¿Adón­de te vas a ti­rar tú a na­dar con el frío que ha­ce?’’ Por­que no ha­bía tra­je de neo­preno ni his­to­rias de aho­ra. Tú te ti­ra­bas a na­dar allí a cuer­po gen­til, y sa­lías mo­ra­do», re­cuer­da des­de el so­fá do­ra­do de uno de los sa­lo­nes de su ca­sa de tres pi­sos de Os Pra­ce­res.

Y los obs­tácu­los no eran so­lo fí­si­cos. A es­tos se les unía «el con­tra­pe­so de la edu­ca­ción en aquel mo­men­to, que no era co­mo aho­ra, que te ayu­dan y va­lo­ran el ejer­ci­cio fí­si­co. No, no, aque­llo real­men­te lla­ma­ba la aten­ción in­clu­so des­de el pun­to de vis­ta fa­mi­liar, por­que un cha­val que se de­di­ca­ba a ha­cer es­tos es­fuer­zos, te de­cían no ha­gas eso, qué­da­te aquí, ju­gan­do al par­chís o es­tu­dia al­go».

Y no so­lo de ni­ño. Si con­ta­ra la can­ti­dad de ve­ces que in­ten­ta­ron di­sua­dir­le, igual le da­ban una me­da­lla más: «Los colegas mé­di­cos, de siem­pre. De­cían: Es­te es­tá to­lo, ahí vai el to­lo ese. Y la se­ño­ra. Me de­cían: Te es­tás ma­tan­do, hom­bre. ¿No ves que te es­tás ma­tan­do? Y el tío fu­man­do un pu­ro y to­man­do una ta­za de ri­be­ro to­dos los días y ju­gan­do un tu­te. Se es­ta­ba ma­tan­do él, no yo», suel­ta a que­ma­rro­pa.

Con­fie­sa que le han lla­ma­do lo­co: «Sí, mu­chas ve­ces, pe­ro es que la acep­ción de lo­co, ya sa­bes. Los locos son los cha­va­les jó­ve­nes. Y yo me sien­to un po­co in­fan­til. Real­men­te por eso lo ha­go, y gra­cias a dios, no quie­ro ma­du­rar nun­ca», con­fie­sa. Se de­ja in­te­rrum­pir por la do­nan­te de san­gre, ne­gro y de pe­lo bri­llan­te. «Es­ta no ha­ce na­da, es más bue­na..:», di­ce, a mo­do de píl­do­ra tran­qui­li­za­do­ra.

La pre­sión de ti­rar al pla­to

Él sa­be que cor­du­ra no le fal­ta por­que, al re­vés de lo que ha­ce mu­cha gen­te, se lo to­ma con mu­cha pru­den­cia. Em­pe­zó po­co a po­co. Pri­me­ro, yen­do a co­rrer por los al­re­de­do­res de su ca­sa. Pe­ro, una vez que se in­dus­tria­li­zó to­da la zo­na, la can­ti­dad de ca­mio­nes que la atra­vie­san ca­da cin­co mi­nu­tos lo hi­zo im­po­si­ble. En­ton­ces a ve­ces sa­le con in­ten­ción de co­ger la bi­ci­cle­ta, di­ce, pe­ro le pa­sa un vehícu­lo de car­ga ro­zan­do, y de­ci­de vol­ver­se a ca­sa e ir a la pis­ci­na a prac­ti­car. «De­be­ría ha­cer una en ca­da ba­rrio. La de Pon­te­muí­ños es una pis­ci­na muy bue­na, y so­lo pue­des ir a na­dar cuan­do no hay co­le­gios, por­que antes las ma­dres lle­va­ban a los ni­ños al jar­dín, pe­ro aho­ra los lle­van a la pis­ci­na, y en­ton­ces te encuentras allí con 3.500 ni­ños mean­do, y cla­ro, no pue­des na­dar. Y des­pués a otras ho­ras es­tán los ma­yo­res, y tam­po­co, y yo voy siem­pre que pue­do a las 2.30 o 3, que es cuan­do la gen­te es­tá co­mien­do», bro­mea.

Ade­más de der­ma­tó­lo­go, triatle­ta, pa­dre y abue­lo, Cru­ces fue ti­ra­dor. Pe­ro lo de­jó por­que di­ce que es una dis­ci­pli­na que exi­ge una con­cen­tra­ción ab­so­lu­ta que no es­ta­ba he­cha pa­ra él. ¿Y el tríatlon no ejer­ce esa mis­ma pre­sión so­bre el de­por­tis­ta?, se pre­gun­ta uno. «Se­gún có­mo te lo to­mes. El triatlón es un de­por­te lú­di­co por­que son tres jue­gos in­fan­ti­les real­men­te. Ti­ras a na­da, que de ni­ño te gus­ta na­dar, y des­pués en bi­ci tam­bién an­dar y co­rrer tam­bién. Es un de­por­te in­fan­til si no hay mu­cha pre­sión. To­dos los de­por­tis­tas, si su­pe­ras la pre­sión tie­nen mu­cho ade­lan­ta­do. Si te lo to­mas de una ma­ne­ra lú­di­ca, co­mo yo to­mo el triatlón, lo úni­co que hay que ha­cer, lo que le di­go siem­pre a Ja­vier Gó­mez No­ya, que lo co­noz­co des­de que era ni­ño: «Lo úni­co que hay que ha­cer es mi­rar dón­de es­tá el se­gun­do y pa­sar­lo pa­ra que­dar de pri­me­ro. Que­dar de­lan­te del se­gun­do. Y lo sue­le ha­cer, me sue­le ha­cer ca­so».

Y, aun­que pa­re­ce no con­fiar en que se va­yan a res­pe­tar sus frases tal cual las di­jo él, acep­ta no leer el re­por­ta­je antes de que se pu­bli­que. So­bre to­do, por­que tie­ne pri­sa por ir a vi­si­tar a una de sus me­jo­res ami­gas, que se de­ba­te en­tre la vida y la muer­te en una clí­ni­ca ve­te­ri­na­ria, y la pri­me­ra es una cues­tión de prio­ri­da­des, y es­tán muy por en­ci­ma de la se­gun­da.

«En­ton­ces no ha­bía neo­preno. Te ti­ra­bas a na­dar a cuer­po gen­til y sa­lías mo­ra­do», re­cuer­da

De­jó el ti­ro al pla­to por­que re­que­ría de­ma­sia­da con­cen­tra­ción y mu­cha pre­sión

EMI­LIO MOLDES

Ma­nuel Cru­ces, arri­ba, en su ca­sa de Os Pra­ce­res, en la que tam­bién tie­ne su con­sul­ta pri­va­da de der­ma­to­lo­gía. A sus 73 años, el co­ru­ñés aca­ba de re­ci­bir una dis­tin­ción al Mé­ri­to De­por­ti­vo de Ga­li­cia 2017 por su tra­yec­to­ria co­mo triatle­ta.

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