El se­na­dor que se subió a un trac­tor y ce­rró el des­pa­cho

Ca­sal­de­rrey ocu­pó un escaño en la Cá­ma­ra Al­ta y fue con­se­llei­ro en la preau­to­no­mía, pe­ro su mun­do gi­ra­ba en torno a la vid

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - DEZA-TABEIRÓS - SERXIO GON­ZÁ­LEZ

«El día que yo no pue­da es­tar aquí, es me­jor que no es­té». Se lo con­fe­só Daniel Ca­sal­de­rrey Cas­tro (Por­tas, 1928) a la periodista Ma­ría Hermida ha­ce un año. Ca­sal­de­rrey fa­lle­ció el sá­ba­do, en el lu­gar en el que siem­pre qui­so es­tar. En­tre sus vi­ñe­dos de Baión. Un in­far­to se lo lle­vó mien­tras tra­ba­ja­ba, co­mo ca­da día, con su trac­tor. Op­ti­mis­ta, po­si­ti­vo y lu­cha­dor. Así era el hom­bre que en- tre 1979 y 1982 ocu­pó un escaño en el Se­na­do. Fue, por lo tan­to, se­na­dor en la pri­me­ra le­gis­la­tu­ra tras la res­tau­ra­ción de la democracia en Es­pa­ña. El su­yo era el Par­ti­do Ga­lle­go In­de­pen­dien­te, que acabó con­flu­yen­do en la Unión de Cen­tro De­mo­crá­ti­co de Adol­fo Suárez. Tam­bién se si­tuó al fren­te de la Con­se­lle­ría de Agri­cul­tu­ra, Gan­dei­ría e Mon­tes en la eta­pa preau­to­nó­mi­ca. A par­tir de en­ton­ces, la po­lí­ti­ca pa­só a un se­gun­do plano pa­ra ce­der el pro­ta­go­nis­mo a su ver­da­de­ra vo­ca­ción: el de­sa­rro­llo del sec­tor agra­rio y la vi­ti­vi­ni­cul­tu­ra.

Ca­sal­de­rrey se con­vir­tió en uno de los pri­me­ros co­se­che­ros pro­fe­sio­na­les de O Sal­nés, cu­ya agru­pa­ción pre­si­dió, co­mo lo hi­zo con las cá­ma­ras agra­rias ga­lle­gas. Se mo­vió co­mo pez en el agua en la aso­cia­ción de agri­cul­to­res y ga­na­de­ros de Pon­te­ve­dra y en el con­se­jo de la Cai­xa Ru­ral Pro­vin­cial. Si de al­go es­ta­ba or­gu­llo­so Daniel era, pre­ci­sa­men­te, de to­do lo que con­si­guió des­de los dis­tin­tos fren­tes en los que pe­leó pa­ra ga­ran­ti­zar un fu­tu­ro al al­ba­ri­ño y a su ex­plo­ta­ción.

Sus 88 años no le ha­bían res­ta­do un ápi­ce de lu­ci­dez. To­do lo con­tra­rio. «Es­to es una to­ma­du­ra de pe­lo, lo úni­co que bus­can los que man­dan es que se de­je de cul­ti­var la tie­rra. El úni­co afán de es­to es re­cau­da­to­rio. Que se de­di­quen a dar for­ma­ción, bas­ta­rían unas char­las, y que de­jen a la gen­te tran­qui­la». Es­ta es la opi­nión que le me­re­cía la exi­gen­cia de un car­né pa­ra la uti­li­za­ción de pes­ti­ci­das, que la Ad­mi­nis­tra­ción plan­teó co­mo re­qui­si­to el año pa­sa­do. «Lo que tie­nen que ha­cer los que man­dan —aña­día el se­na­dor— es sa­lir de los des­pa­chos y pi­sar las fin­cas... Que vean que es­tá to­do sin cul­ti­var y que na­die echa pes­ti­ci­das a lo lo­co». Él lo hi­zo. Se subió a su trac­tor y ce­rró la puer­ta de un des­pa­cho al que nun­ca re­gre­só.

HERMIDA

Ca­sal­de­rrey fa­lle­ció en­tre los vi­ñe­dos a los que de­di­có su vi­da.

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