«Fui por Le­tras por ca­sua­li­dad, pa­ra evi­tar pro­ble­mas con al­gún pro­fe­sor de cien­cias»

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - SANTIAGO -

Gui­ller­mo Ro­jo (A Co­ru­ña, 1947) no lle­gó a la lin­güís­ti­ca por vo­ca­ción, co­mo po­dría dar a en­ten­der su tra­yec­to­ria, sino por una se­rie de cir­cuns­tan­cias vi­ta­les. «Fui por Le­tras pa­ra evi­tar pro­ble­mas con al­gún pro­fe­sor de cien­cias», re­co­no­ce sa­bien­do que no hu­bo alumno que no se vie­se al­gu­na vez en se­me­jan­te te­si­tu­ra.

—¿Tu­vo que ver pos­te­rior­men­te su re­la­ción con Emi­lio Alar­cos?

—No fui alumno de Alar­cos, ese es un error que se ha re­pe­ti­do en el tiem­po. Mi pa­dre era co­mer­cian­te y que­ría que hi­cie­se De­re­cho por­que te­nía cier­ta ilu­sión en que sus hi­jos he­re­dá­se­mos su car­te­ra de clien­tes. Me ma­tri­cu­lé, pe­ro aguan­té dos me­ses y pe­dí el cam­bio a Fi­lo­lo­gía, pri­me­ro por la li­te­ra­tu­ra, aun­que lue­go me fui de­can­tan­do ha­cia la lin­güís­ti­ca. Cuan­do es­ta­ba ha­cien­do se­gun­do de Fi­lo­lo­gía Ro­má­ni­ca lle­ga­ron dos pro­fe­so­res de fue­ra, y uno de ellos, Cons­tan­tino Gar­cía, traía los mé­to­dos de es­tu­dio que se es­ta­ban apli­can­do en la fi­lo­lo­gía ale­ma­na, que era en­ton­ces la van­guar­dia. Me ofre­ció se­guir por ahí y fue des­pués cuan­do apa­re­ció Alar­cos, que era una per­so­na en­can­ta­do­ra. Lo co­no­cí, creo, cuan­do fui a Ovie­do pa­ra ha­cer las opo­si­cio­nes, y con el tiem­po aca­bé re­ba­tién­do­le al­gu­na de sus teo­rías, pe­ro tu­vo con­mi­go un com­por­ta­mien­to muy ge­ne­ro­so, he he­cho ma­ti­ces a sus es­tu­dios y en al­gu­nas oca­sio­nes in­clu­so le con­ven­cí.

—No tar­dó us­ted en que­dar­se en la mis­ma fa­cul­tad en la que ha­bía es­tu­dia­do.

—Tu­ve mu­cha suer­te por­que apro­bé las opo­si­cio­nes en el año 1975 y ga­né la pla­za de Ovie­do, pe­ro no tu­vo na­da que ver con que es­tu­vie­se allí Alar­cos. De he­cho, pron­to que­dó una va­can­te en Santiago y pe­dí el tras­la­do y no hu­bo nin­gún pro­ble­ma.

—¿No va a echar de me­nos la do­cen­cia des­pués de tan­tos años?

—Me ju­bi­lo en agos­to. Son 46 años y on­ce me­ses, es una par­te que se va pe­ro ten­dré más tiem­po pa­ra otras co­sas. Mi vida no va a cam­biar tan­to, ya que a di­fe­ren­cia de los de cien­cias, por ejem­plo, que ne­ce­si­tan un la­bo­ra­to­rio y es­tá en la fa­cul­tad, yo el la­bo­ra­to­rio lo lle­vo siem­pre pues­to y voy a se­guir ha­cien­do lo mis­mo. A los alum­nos los voy a echar de me­nos, cla­ro, pe­ro ma­ta­ré el gu­sa­ni­llo en al­gún más­ter. En reali­dad, mis co­le­gas me di­cen que tie­nen más tra­ba­jo por­que al es­tar más li­bres acep­tan más com­pro­mi­sos de los que de­ben. Y yo, ade­más, ten­go dos pu­bli­ca­cio­nes pen­dien­tes y se­gui­ré en la Real Aca­de­mia.

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