El pin­tor abs­te­mio que em­bo­rra­cha sus cua­dros

Fa­mo­so por sus pin­tu­ras con Ba­rran­tes, aho­ra es­tá em­pe­ña­do en ha­cer ar­te con vino al­ba­ri­ño

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MA­RÍA HERMIDA FO­TO MARTINA MISER

Ima­gí­nen­se un puz­le. Uno de esos de mi­les de pie­zas di­mi­nu­tas y ca­si to­das de la mis­ma to­na­li­dad, ca­si im­po­si­bles de dis­tin­guir­las en­tre sí. Se­gu­ra­men­te, a mu­chos les da­rá vér­ti­go so­lo con pen­sar en en­fren­tar­se a se­me­jan­te rom­pe­ca­be­zas. Otros, sin em­bar­go, ve­rán ahí la opor­tu­ni­dad de in­ves­ti­gar, de bus­car có­mo en­ca­jar las pie­zas, de ha­cer la cua­dra­tu­ra del círcu­lo. Abel Ba­ran­de­la, na­tu­ral de Ou­ren­se pe­ro ve­cino y en­tu­sias­ta de Sanxenxo, es de es­tos úl­ti­mos. Es de esas per­so­nas ca­pa­ces de en­fren­tar­se a tra­ba­jos me­ticu­losos, de pro­bar una y otra vez has­ta que con­si­gue su me­ta. Qui­zás por eso lo­gró al­go que, co­mo él lle­va ha­cién­do­lo ca­si una dé­ca­da, hoy por hoy ca­si sue­na nor­mal. Pe­ro que si se pien­sa tie­ne su in­trín­gu­lis: lle­va des­de el año 2008 pin­tan­do cua­dros con vino, con­cre­ta­men­te, con tin­to de Ba­rran­tes. ¿Có­mo lo­gró que el néc­tar que más ti­ñe los la­bios del mun­do se aca­ba­se con­vir­tien­do en ar­te? Pues sien­do co­mo es él: «Con prue­ba, error, con prue­ba, error has­ta que lo lo­gré». Pa­sa­ron nue­ve años des­de en­ton­ces. Pin­tó más de cien cua­dros con Ba­rran­tes. Y, fiel a su ca­rác­ter, ya es­tá de nue­vo con el mono de in­ven­tor pues­to. Aho­ra tra­ta de sa­car­le la par­te ar­tís­ti­ca al me­jor blan­co de la tie­rra: quie­re pin­tar con al­ba­ri­ño.

Abel, que es­te año hi­zo unas se­ten­ta ex­po­si­cio­nes, de­be res­pon­der allá don­de va a las mis­mas pre­gun­tas. Des­de lue­go, tie­ne apren­di­do el dis­cur­so. «Su­pon­go que quie­res que te cuen­te la anéc­do­ta de có­mo se me ocu­rrió pin­tar con vino, creo que es al­go que me va a per­se­guir siem­pre», di­ce con son­ri­sa. Y su­po­ne bien. Por­que se le pi­de que la re­pi­ta. Cuen­ta él pri­me­ro que le gus­tó pin­tar des­de ni­ño, cuan­do vi­vía en Ou­ren­se. De he­cho, en el ba­chi­lle­ra­to co­gió to­das las asig­na­tu­ras po­si­bles re­la­cio­na­das con el di­bu­jo. Pe­ro fi­nal­men­te no en­ca­mi­nó por el ar­te sus pa­sos la­bo­ra­les. Su pro­fe­sión le lle­vó a cam­biar la ciu­dad de As Bur­gas por otros si­tios, en­tre ellos el Sanxenxo que él te­nía idea­li­za­do por los fas­ci­nan­tes ve­ra­nos in­fan­ti­les que ha­bía pa­sa­do en Noa­lla. Fue en el mu­ni­ci­pio san­xen­xino don­de en el 2006 se apun­tó a cla­ses de pin­tu­ra. Ahí se re­des­cu­brió a sí mis­mo. Se dio cuen­ta de que que­ría pin­tar, aun­que aho­ra a ve­ces se arre­pien­ta de la vo­rá­gi­ne que su­po­nen tan­tas mues­tras. El ca­so es que en el 2008, ya acos­tum­bra­do él a an­dar en­tre pin­ce­les, se fue de ce­na con unos ami­gos. Les tar­da­ban en ser­vir las vian­das, y em­pe­za­ron a ju­gar con las man­chas que de­ja­ba el Ba­rran­tes so­bre el man­tel. «Esa es mi anéc­do­ta, fue de ahí de don­de sa­qué la idea de pin­tar con vino, ya lo con­té mu­chas ve­ces», in­sis­te. Lo que no con­tó, ni cuen­ta de­ma­sia­do por­que es dis­cre­to, es qué ha­cía él con una ta­za de Ba­rran­tes de­lan­te. Por­que Abel re­co­no­ce que, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, aun­que es el pin­tor del vino, él es abs­te­mio. «No me gus­ta ni el vino ni la cer­ve­za, en reali­dad no be­bo al­cohol. Me re­ga­la­ron mu­chas bo­te­llas, y la ver­dad es que las dis­fru­té igual por­que siem­pre tie­nes ami­gos y fa­mi­lia con los que las com­par­tes y las dis­fru­tan. Pe­ro yo no be­bo vino». Uno se ima­gi­na en­ton­ces a Abel con su bo­te­lla de agua de Mon­da­riz en me­dio de la fies­ta del Tin­to de Ba­rran­tes, de la que le nom­bra­ron Va­le­dor, e ima­gi­na in­clu­so las ca­ras de in­cre­du­li­dad del res­to de los asis­ten­tes. Pe­ro él acla­ra en­tre ri­sas: «Cons­te que en la fies­ta be­bí el vino de Ba­rran­tes con ga­seo­sa».

La téc­ni­ca que em­plea

Pa­ra pin­tar con vino, des­pués del en­sa­yo y error, des­cu­brió que pa­ra que el cal­do per­du­re, da­do que es una ma­te­ria or­gá­ni­ca, no que­da otra que mez­clar­lo con pin­tu­ras acrí­li­cas y con lá­tex lí­qui­do. Una vez pin­ta­do, lo fi­ja con go­ma la­ca y vuel­ve a aña­dir lá­tex. Tra­ba­ja, ha­bi­tual­men­te, co­mo si fue­se uno de esos co­ci­ne­ros van­guar­dis­tas, con re­duc­cio­nes de vino. Es de­cir, de­ja que el lí­qui­do se va­ya eva­po­ran­do y ha­ce sus cua­dros con el po­so pi­ca­do. Ba­ran­de­la, ha­bi­tual­men­te fo­to­gra­fia­do jun­to a sus pin­tu­ras y su ca­ba­lle­te de ar­tis­ta, fue pi­lla­do el otro día en un re­gis­tro dis­tin­to. En la ima­gen, en me­dio de la fae­na en el ro­da­je de «Vi­vir sin per­mi­so», la se­rie que pro­ta­go­ni­za Co­ro­na­do y que ese día se gra­ba­ba en A Illa. Ba­ran­de­la es, en la pe­lí­cu­la, un de­tec­ti­ve de po­li­cía de la co­mi­sa­ría de Oes­te, la co­mar­ca de la fic­ción te­le­vi­si­va.

Abel, pu­ra ener­gía, en reali­dad, no so­lo le ha bus­ca­do los cin­co pies al ga­to de la pin­tu­ra. Re­co­no­ce que le gus­ta «mi­rar­le las tri­pas a to­do». Y qui­zás por ello se ani­mó tam­bién a con­ver­tir­se en ac­tor. Aun­que él nie­ga ser in­tér­pre­te: «No soy ac­tor, so­lo sa­lí de fi­gu­ran­te al­gu­nas ve­ces y me ani­mé por­que que­ría ver có­mo eran los ro­da­jes por den­tro». Su pri­me­ra in­cur­sión fue en la pe­lí­cu­la En­tre ba­teas, un fil­me so­bre el mun­do del nar­co­trá­fi­co en Ga­li­cia que se gra­bó a prin­ci­pios de la dé­ca­da del 2000. Lue­go, se su­mó tam­bién al ro­da­je de Rías Bai­xas, en la que apa­re­ció en va­rios ca­pí­tu­los. Re­cuer­da que hi­zo de pe­rio­dis­ta. Y aho­ra vuel­ve a es­tar en el can­de­le­ro. No en vano, aca­ba de ro­dar con Me­dia­set. For­ma par­te de los fi­gu­ran­tes que apa­re­ce­rán en la se­rie que Te­le­cin­co Vi­vir sin per­mi­so, que se gra­ba en las Rías Bai­xas.

Es de Ou­ren­se pe­ro lle­va vin­cu­la­do a Sanxenxo, don­de aho­ra re­si­de, des­de bien pe­que­ño

MÓ­NI­CA IRAGO

Abel Ba­ran­de­la tie­ne aho­ra una ex­po­si­ción en la bodega Con­des de Al­ba­rei, en Cam­ba­dos. TAM­BIÉN EN LA TE­LE

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