El es­cu­do de An­drés no es hie­rro, sino de lá­piz

Di­bu­jar es su vo­ca­ción; pe­ro tam­bién su fór­mu­la de eva­sión cuan­do las co­sas no van co­mo de­be­rían

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - LA VOZ DE DEZA Y TABEIRÓS - MARÍA HER­MI­DA

An­drés Si­mal ya pue­de ir re­ju­ve­ne­cien­do. No es que el ra­paz se con­ser­ve mal a sus ca­tor­ce años, ni mu­cho me­nos. Pe­ro la sol­ven­cia con la que ha­bla es tal que uno, por más que lo in­ten­ta, a ca­da pa­so de la con­ver­sa­ción se ol­vi­da de que es­tá ha­blan­do con un ado­les­cen­te. Sus ra­zo­na­mien­tos son ma­du­ros y lle­nos de sen­ti­do co­mún. Son de adul­to. En pri­mer tér­mino, se le da la en­ho­ra­bue­na. No en vano, aca­ba de ga­nar el pre­mio Cu­ru­xa, un ve­te­rano cer­ta­men de hu­mor grá­fi­co que con­vo­ca el Mu­seo do Hu­mor de Fe­ne. Ade­más, el año pa­sa­do ya ga­nó tam­bién otro de ca­ri­ca­tu­ra, el Ci­da­de de Ferrol. Así que se le fe­li­ci­ta. Y él, re­pli­ca: «Es­toy con­ten­to, sí. Pe­ro lo im­por­tan­te no es ga­nar un pre­mio, lo im­por­tan­te es que te gus­te lo que ha­ces, que dis­fru­tes. Y a mí me en­can­ta el có­mic». Así de cla­ro lo tie­ne.

An­drés em­pe­zó a di­bu­jar de ni­ño. Di­ce que se sen­ta­ba de­lan­te del te­le­vi­sor y ha­cía ca­ri­ca­tu­ras, di­bu­jos y có­mics de to­do lo que veía, que ca­si siem­pre eran di­bu­jos de la te­le­vi­sión pú­bli­ca ga­lle­ga. «Por exem­plo vía moi­to Dra­gon Ball, e de­bu­xá­bao moi­to», in­di­ca. A la par, y da­do que siem­pre le gus­tó leer, de­vo­ra­ba có­mics. Re­cuer­da que em­pe­zó con otro un clá­si­co: «Me gus­ta­ba mu­cho Mor­ta­de­lo y Fi­le­món». El ca­so es un día un tío su­yo se per­ca­tó de que sus bo­ce­tos, real­men­te, eran bue­nos. Y em­pe­zó a ani­mar­le a ex­plo­rar esa ve­na ar­tís­ti­ca. Así fue co­mo, ha­ce ya un lus­tro, en­tró por pri­me­ra vez en O Ga­ra­xe Her­mé­ti­co, la Es­co­la Ofi­cial de Ban­da De­se­ña­da e Ilustración del ar­tis­ta Ki­ko Da­sil­va. Y su vi­da cam­bió: «En­cán­ta­me a es­co­la e en­sí­nan­me moi­tí­si­mo, so­bre to­do a va­riar de te­má­ti­ca», cuen­ta An­drés.

De Mor­ta­de­lo y Fi­le­món o As­té­rix fue pa­san­do lue­go por gran­dí­si­mos ilus­tra­do­res. A to­dos se los co­mió y co­me con los ojos. Ci­ta a uno por lo que re­pre­sen­ta pa­ra él: «Me gus­ta es­pe­cial­men­te Whatch­men, de Alan Moo­re». Po­co a po­co, de su men­te y mano de ar­tis­ta y hu­mo­ris­ta —se­ña­la que tie­ne un hu­mor áci­do, aun­que en la en­tre­vis­ta, real­men­te, tie­ne un hu­mor ama­ble, mu­cho más de ni­ño que sus pa­la­bras— tam­bién fue­ron sa­lien­do pro­yec­tos. Ha­bla de uno que ti­tu­ló Smo­king ra­bits, en el que pa­ro­dia los ex­pe­ri­men­tos que se ha­cen con ani­ma­les. Y cuen­ta tam­bién otro pro­yec­to que le en­can­ta, en el que hay un reino y unas cria­tu­ras ani­ma­das que se re­be­lan con­tra él. To­do par­te de su men­te crea­ti­va. De su mano pin­to­ra.

¿Có­mo se­rá el fu­tu­ro?

La en­tre­vis­ta de An­drés es en el pe­núl­ti­mo día de ins­ti­tu­to. Se le pre­gun­ta por las no­tas. Y di­ce: «Su­pon­go que bien. Eso creo, pe­ro las co­sas no se pue­den ase­gu­rar

Tie­ne cla­ro que su vo­ca­ción es di­bu­jar, pe­ro no sa­be si es­tu­dia­rá Be­llas Ar­tes u otra co­sa

has­ta que las ves de to­do», di­ce con aplo­mo. Lue­go, cuen­ta que, aun­que lo que le gus­ta es sen­tar­se con su cua­derno y sus có­mics —«ten­go mu­cho de so­li­ta­rio», se­ña­la— tam­bién dis­fru­ta sa­lien­do con los ami­gos. Pe­ro no siem­pre fue así. Di­ce que lo pa­só mal en el co­le­gio. No ha­ce fal­ta que uno le pre­gun­te de­ma­sia­do al res­pec­to. Ha­bla de ese mo­men­to de su vi­da con la tran­qui­li­dad que le da ha­ber­lo su­pe­ra­do: «Lo pa­sé mal, pe­ro ya es­tá to­do pa­sa­do». Es ahí cuan­do cuen­ta que el có­mic, ade­más de una afi­ción fue tam­bién un es­cu­do. Di­bu­jar fue lo que le ayu­dó a ti­rar ha­cia ade­lan­te, a ol­vi­dar­se de los pro­ble­mas y son­reír­le a la vi­da. ¿Son­ríe mu­cho aho­ra? «No, soy un de­pri­mi­do con­ven­ci­do», di­ce. Y uno se que­da de pie­dra. Lue­go, afor­tu­na­da­men­te, aña­de: «¿Ves co­mo sí que ten­go hu­mor áci­do? Es­ta­ba bro­mean­do un po­co, no soy ni pe­si­mis­ta ni op­ti­mis­ta, soy rea­lis­ta, creo yo». De aque­llos tiem­pos en ne­gro, en los que le cos­tó ti­rar ha­cia ade­lan­te, apren­dió co­sas. Se le que­dó en la ca­be­za una fra­se de Rocky Bal­boa: «Él di­ce al­go así co­mo que lo im­por­tan­te no es co­mo tú des los gol­pes, sino co­mo en­ca­jas los que te dan. Y con eso me que­do».

A An­drés le gus­ta ir has­ta la Illa das Es­cul­tu­ras y pintar al ai­re li­bre. O re­fu­giar­se en su ca­sa y se­guir con el lá­piz en la mano. Se ima­gi­na su fu­tu­ro al la­do del có­mic. No sa­be si es­tu­dia­rá Be­llas Ar­tes o si es­co­ge­rá otra op­ción aca­dé­mi­ca. No tie­ne cla­ro el ca­mino, de mo­men­to. Pe­ro la me­ta, a sus 14 años, pa­re­ce tan cla­ra que se­gu­ro que la al­can­za­rá.

RAMÓN LEIRO

An­drés Si­mal, con sus in­se­pa­ra­bles bo­ce­tos, en la Illa das Es­cul­tu­ras, un lu­gar don­de le gus­ta acu­dir pa­ra pintar.

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