Las dos bo­das fal­sas de Ma­ca y Ser­gio y su sue­ño de ca­sar­se de ver­dad

Su his­to­ria de pa­re­ja es una ro­sa sin es­pi­nas; y eso que cos­tó que los de­más en­ten­die­sen que sus dis­ca­pa­ci­da­des no li­mi­tan su amor

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - MA­RÍA HERMIDA

La his­to­ria de Ma­ca y Ser­gio hay que con­tar­la te­nien­do en cuen­ta lo que ellos son: dos per­so­nas enamo­ra­das has­ta la mé­du­la. Vién­do­los sen­ta­dos en el banco de un par­que pon­te­ve­drés, ob­ser­van­do có­mo se miran, da la im­pre­sión de que en sus es­tó­ma­gos si­guen re­vo­lo­tean­do esas ma­ri­po­sas ma­ra­vi­llo­sas de to­do ini­cio de re­la­ción. Pa­re­cen dos tor­to­li­tos que aca­ban de em­pe­zar a sa­lir. Pe­ro no lo son. Su amor es ve­te­rano. Llevan más de diez años jun­tos. Ma­ca le aca­ri­cia la pier­na a Ser­gio, le mi­ra y le di­ce que tie­ne «un corazón enor­me». Ser­gio, con son­ri­sa, le pa­sa la mano por el hom­bro a su amor y se­ña­la que Ma­ca cuen­ta con la res­pon­sa­bi­li­dad que él a ve­ces le fal­ta. Su com­pli­ci­dad y su ma­gia son ta­les que uno se imagina que en su día de­bie­ron de te­ner uno de esos fle­cha­zos ful­mi­nan­tes que hacen que lue­go to­do sea sen­ci­llo, fá­cil y ma­ra­vi­llo­so. Pe­ro su his­to­ria no fue exac­ta­men­te así. Hu­bo bas­tan­tes ba­rre­ras que sor­tear. Los dos tie­nen pa­rá­li­sis ce­re­bral. Y am­bos tu­vie­ron que de­mos­trar, no a ellos mis­mos, que lo sa­ben de so­bra, sino al mun­do, a su mi­cro­cos­mos, que sus dis­ca­pa­ci­da­des, qui­zás li­mi­tan­tes pa­ra al­gu­na otra co­sa, nun­ca les im­pe­di­rán que­rer­se.

Ser­gio y Ma­ca se co­no­cie­ron en el cen­tro de día de Amen­cer, don­de los dos llevan me­dia vi­da. Él tu­vo que apli­car­se a fon­do pa­ra enamo­rar­la. Lo cuen­ta con el hu­mor áci­do que le ca­rac­te­ri­za: «Al prin­ci­pio fue di­fí­cil... pe­ro aho­ra me ado­ra. Aho­ra ya no quie­re a nin­gún otro», in­di­ca. Ella se ríe y con­fir­ma que, efec­ti­va­men­te, al prin­ci­pio du­dó. Bro­mea tam­bién y se­ña­la que le con­ven­ció lo gua­po que es, «so­la­men­te eso». El ca­so es que em­pe­za­ron a sa­lir jun­tos. Se ven cada ma­ña­na en Amen­cer. Aun­que re­co­no­cen que ahí cada uno tie­ne su vi­da. A él se le da bien es­cri­bir. Pu­bli­có un re­la­to cor­to y tam­bién hi­zo sus pi­ni­tos co­mo guio­nis­ta. Ella crea con las ma­nos. Es ex­per­ta en ha­cer ce­rá­mi­ca, le gus­ta pin­tar cua­dros y de su ima­gi­na­ción y ma­ña pue­de sa­lir cual­quier ma­nua­li­dad. Por la tar­de, co­mo ellos di­cen, «ca­fe­li­to pri­me­ro», y des­pués sus mo­men­tos ro­mán­ti­cos: ci­ne, pa­seos, ex­cur­sio­nes, al­gu­na ri­ña...

La su­ya es, en prin­ci­pio, la his­to­ria de mu­chas otras pa­re­jas. Pe­ro hay al­gu­na di­fe­ren­cia. Ma­ca tie­ne 42 años y Ser­gio 41. Des­pués de una dé­ca­da jun­tos, les gus­ta­ría com­par­tir ca­sa, po­der de­cir­se bue­nas no­ches uno al la­do del otro y ama­ne­cer jun­tos. Co­mo cual­quier otra pa­re­ja. Pe­ro de mo­men­to no lo lo­gra­ron: «No­so­tros ne­ce­si­ta­mos un apo­yo pa­ra al­gu­nas co­sas. Y si nos va­mos a vi­vir jun­tos qui­zás nos da­rían ese apo­yo, pe­ro nos re­ti­ra­rían el di­ne­ro que nos dan pa­ra ve­nir a Amen­cer. Las dos co­sas no se­rían po­si­bles y Amen­cer... Amen­cer es nues­tra vi­da», di­ce Ser­gio y Ma­ca asien­te. Con­fían en que qui­zás al­gún día la en­ti­dad a la que per­te­ne­cen cons­tru­ya una re­si­den­cia y ellos pue­dan vi­vir en ella. O en que las co­sas cam­bien. No les ago­bia el fu­tu­ro, qui­zás por­que su pre­sen­te les lle­na. Pe­ro sus ros­tros son­rien­tes se ilu­mi­nan cuan­do hablan de una bo­da de ver­dad. ¿De ver­dad? Sí, por­que de men­ti­ra ya llevan dos.

El tipo duro que es­tá a raya

Ro­sa, tra­ba­ja­do­ra de Amen­cer, ha­bla por ellos cuan­do se tra­ta de re­cor­dar su pri­mer en­la­ce fic­ti­cio. «Es que fue mundial aque­llo. Fue ha­ce unos cin­co años, nos fui­mos a San­xen­xo al Ga­la­tea. Y, una vez en el ho­tel, les mon- ta­mos una bo­da sor­pre­sa, con otros com­pa­ñe­ros ha­cien­do de cu­ra, con un ves­ti­do ibi­cen­co pa­ra Ma­ca y con ve­lo, con un tra­je pa­ra Ser­gio... fue ge­nial. Y en el ho­tel se su­ma­ron a la fies­ta. Les pu­sie­ron las co­pas pa­ra brin­dar y les die­ron la es­pa­da pa­ra cor­tar su pas­tel. Ellos llo­ra­ron un mon­tón, fue tan bo­ni­to...». Ma­ca y Ser­gio sonríen. Aun­que él, que le gus­ta el pa­pel de duro, di­ce: «Yo no llo­ré tan­to». Ro­sa, cóm­pli­ce de su amor desde el prin­ci­pio, ase­ve­ra. «Él va de ca­na­lla, pe­ro ella le tie­ne a raya. Ella es la que man­da». Ser­gio no se ca­lla: «No te equi­vo­ques, solo le ha­go creer que es la que man­da». Ma­ca se ríe, le mi­ra y di­ce: «Al fi­nal es muy bueno, tie­ne corazón».

Ha­ce unos días, Amen­cer es­ta­ba or­ga­ni­zan­do un des­fi­le. Se pen­só en con­ver­tir a Ma­ca y Ser­gio en mo­de­los nup­cia­les y que se ca­sa­sen de nue­vo de for­ma fic­ti­cia. Du­da­ron si que­rrían, por­que Ma­ca es­tá pa­san­do un mo­men­to fa­mi­liar de­li­ca­do. Pe­ro ellos acep­ta­ron en­can­ta­dos. Fue­ron fe­li­ces so­bre la pa­sa­re­la. Qui­zás al­gún día tam­bién lo sean en una real. O no. Lo bueno es que am­bos tie­nen cla­ro que mien­tras tan­to no se li­mi­tan a es­pe­rar. Se de­di­can a vi­vir. A que­rer­se. Y a ser fe­li­ces, que de eso se tra­ta.

RA­MÓN LEIRO

Ma­ca y Ser­gio, que llevan una dé­ca­da ena­mo­ra­dos, en una de sus in­fi­ni­tas mi­ra­das cóm­pli­ces.

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