La cru­ce­ña Co­ro Me­ju­to par­ti­ci­pa en el pro­gra­ma de Cruz Roja y ya aco­gió a cua­tro ni­ños en su ca­sa

Co­ro Me­ju­to Gon­zá­lez Aco­ge­do­ra fa­mi­liar de me­no­res de Cruz Roja de Vi­la de Cru­ces Aco­gió des­de 2009 a cua­tro pe­que­ños en su ca­sa y aguar­da po­der ha­cer­se car­go de más

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - PORTADA - AME­LIA FERREIROA

En la Ley 26/2015 del Sis­te­ma de Pro­tec­ción a la In­fan­cia y a la Ado­les­cen­cia y en el mar­co le­gis­la­ti­vo que desa­rro­lla­ron las co­mu­ni­da­des au­tó­no­mas, se re­co­no­ce la fi­gu­ra del Aco­gi­mien­to Fa­mi­liar co­mo un re­cur­so de pro­tec­ción a la in­fan­cia. Así Cruz Roja cuen­ta con un pro­yec­to de Aco­gi­mien­to Fa­mi­liar, que lle­va a ca­bo en co­la­bo­ra­ción con la Xun­ta de Ga­li­cia y el Mi­nis­te­rio de Sa­ni­dad, y a tra­vés de la cam­pa­ña En Fa­mi­lia por De­rei­to in­ten­ta cap­tar más fa­mi­lias aco­ge­do­ras. Cuen­ta en la pro­vin­cia de Pon­te­ve­dra con se­ten­ta, una de ellas de Vi­la de Cru­ces. Co­ro Me­ju­to y su ma­ri­do Ma­nuel Ló­pez lle­van des­de el 2009 abrien­do las puer­tas de su ho­gar e im­par­tien­do ca­ri­ño a rau­da­les a cua­tro pe­que­ños. Lo cu­rio­so de es­ta historia de vida es que la pri­me­ra de­ci­sión de aco­ger no fue de ellos. La cul­pa­ble fue Belén, la hi­ja me­nor de Ma­nuel y Co­ro. —Es­tu­dia­ba en La Sa­lle, y ten­dría 15 o 16 años, y lle­gó a ca­sa con unos fo­lle­tos que le die­ran en el co­le­gio so­bre el pro­gra­ma de aco­gi­mien­to de me­no­res de Cruz Roja y di­jo que te­nía­mos que ser fa­mi­lia de aco­gi­da. Man­dó los pa­pe­les y no tar­da­ron ni una se­ma­na en lla­mar­nos. Ima­gí­na­te la sor­pre­sa (ri­sas). A par­tir de ahí vi­nie­ron las reunio­nes en Pon­te­ve­dra, eva­lua­cio­nes del nú­cleo fa­mi­liar, prue­bas psi­co­ló­gi­cas, char­las, cur­sos... y fi­nal­men­te nos di­je­ron que po­día­mos aco­ger. —¿Qué re­qui­si­tos son pre­ci­sos pa­ra ser una fa­mi­lia ap­ta? —Va­lo­ran fun­da­men­tal­men­te que el ni­ño es­té en un buen am­bien­te fa­mi­liar. Otra co­sa eres tú, que ne­ce­si­tas ejer­cer un con­trol de la men­te. Hay si­tua­cio­nes di­fí- ci­les de afron­tar co­mo es la mar­cha del ni­ño. Tie­nes que asu­mir des­de el pri­mer mo­men­to que el pe­que­ño es­ta­rá en tu ca­sa so­la­men­te un tiem­po y que pos­te­rior­men­te ser irá con su fa­mi­lia bio­ló­gi­ca o de adop­ción. —¿Ten­drá gra­ba­da la lle­ga­da del pri­mer pe­que­ño a su ca­sa? —Las te­ne­mos to­das gra­ba­das y ha­blo en plu­ral ya que en es­to se im­pli­ca to­da la uni­dad fa­mi­liar: mi ma­ri­do, mis hi­jas Belén y Sil­via, mis her­ma­nas, mis pa­dres, mi sue­gra... Y el pri­mer aco­gi­mien­to fue a los seis me­ses de que nos die­sen de al­ta co­mo aco­ge­do­res. Lle­gó una ni­ña. Te­nía nue­ve años y se fue con al­go más de tre­ce. ¡To­da una ex­pe­rien­cia pa­ra ella y pa­ra no­so­tros! Era muy abier­ta, con mu­cha vida y vi­ven­cias com­pli­ca­das... Nos dio ca­ri­ño y no­so­tros a ella, y la crié co­mo si fue­se una hi­ja más. El se­gun­do aco­gi­mien­to tam­bién fue de una ni­ña. Te­nía un año y dos me­ses y pe­sa­ba so­la­men­te sie­te ki­los. El ter­ce­ro fue un ni­ño de ca­tor­ce años con ne­ce­si­da­des es­pe­cia­les y el úl­ti­mo que es­tu­vo con no­so­tros, y que se mar­chó el 30 de mar­zo, lle­gó sien­do un be­bé de un mes y vein­te días y se fue con un año y sie­te me­ses. —¿Es­tán pre­pa­ra­dos pa­ra las des­pe­di­das?

—No son fá­ci­les. Es lo peor pe­ro des­de el mi­nu­to en que lle­gan a ca­sa te vas men­ta­li­zan­do de que no es tu­yo y sa­bes que se mar­cha­rá. Lo peor es cuan­do se cie­rra la puer­ta. Ahí es cuan­do te desaho­gas. Des­pe­dir­te de los ni­ños siem­pre es du­ro pe­ro te lle­na y re­com­pen­sa su fe­li­ci­dad. Es una sa­tis­fac­ción gran­dí­si­ma y sin­ce­ra­men­te creo que me hi­ce más bue­na y me­jor per­so­na des­de en­ton­ces. Es enor­me­men­te gra­ti­fi­can­te y una pa­la­bra o una son­ri­sa te ha­ce se­guir ade­lan­te con este pro­gra­ma. —Des­de mar­zo no tie­nen a na­die en aco­gi­da...

—Y es­tá la ca­sa va­cía. Es­toy desean­do que me lla­men y que se pue­da ha­cer uso de los juguetes que te­ne­mos por ca­sa. Es una for­ma que te­ne­mos tam­bién de re­to­mar una eta­pa vi­vi­da ya que nues­tras hi­jas se in­de­pen­di­za­ron pron­to y es­tán fue­ra de ca­sa y vol­ve­mos a las cu­nas y a las bi­cis.

MI­GUEL SOU­TO

Co­ro Me­ju­to en su do­mi­ci­lio cru­ce­ño en el que no fal­tan juguetes pa­ra el si­guien­te ni­ño.

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