«Chá­vez creía en lo que ha­cía, lo co­no­cí y era así»

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - DEZA-TABEIRÓS -

—En una oca­sión di­jo que «las gue­rras en La­ti­noa­mé­ri­ca se li­bran con­tan­do fu­si­les, y no dis­pa­rán­do­los», ¿si­gue sien­do así? —Te­nien­do en cuen­ta que quie­nes tie­nen los fu­si­les son los mi­li­ta­res, sa­ben que eso no es co­mo en las pe­lí­cu­las, que eso es al­go muy gra­ve. Que se ma­ta al ve­cino en es­te ti­po de gue­rra, que son re­pu­dia­dos los que ha­cen re­pre­sión vio­len­ta. Y ade­más, los fu­si­les es­tán de un so­lo la­do, la opo­si­ción no tie­ne fu­si­les. De ma­ne­ra que gue­rra no va a ha­ber. En en­fren­ta­mien­to en­tre mi­li­ta­res y mi­li­ta­res sue­len con­tar los ca­ño­nes. En Venezuela he­mos te­ni­do mu­chos en­fren­ta­mien­tos de esa na­tu­ra­le­za y no han lle­ga­do muy le­jos por­que son mu­cha­chos que es­tu­vie­ron jun­tos. Los al­tos man­dos fue­ron de la mis­ma promoción, ca­ma­ra­das des­de la ado­les­cen­cia, han su­fri­do y se han ayu­da­do, se han casado las fa­mi­lias y sue­len re­unir­se y lle­gar a acuer­dos. Hay una ex­pre­sión por­tu­gue­sa que di­ce «¿cuán­tos ca­ño­nes tie­ne us­ted?» Pe­ro no es por co­bar­día, es por res­pon­sa­bi­li­dad. —¿Qué de­ri­va es­pe­ra de las ma­ni­fes­ta­cio­nes en Venezuela? —En la sus­pen­sión de las san­cio­nes eco­nó­mi­cas a Cu­ba, es­tá la cla­ve de un pro­ce­so de nor­ma­li­za­ción de la po­lí­ti­ca ve­ne­zo­la­na. —Es de­cir, que se va a cal­mar... —Se va a cal­mar, pe­ro no so­lo las ma­ni­fes­ta­cio­nes, la vio­len­cia, el te­ma de vio­len­cia. Va a ha­ber un re­co­no­ci­mien­to, si Cu­ba cum­ple su par­te ha­brá un pro­gre­si­vo res­ta­ble­ci­mien­to de la po­lí­ti­ca ci­vi­li­za­da en Venezuela. Quién sa­be si de es­to no se ha­bla mu­cho pa­ra ha­cér­se­lo más fá­cil a Cu­ba, y a Castro y a Ma­du­ro, pa­ra que ha­ya unas elec­cio­nes.

—¿Cuál cree que es la ma­yor di­fe­ren­cia en­tre Ma­du­ro y Chá­vez a ni­vel personal?

—Chá­vez creía en lo que ha­cía, so­lo en ca­sos ex­tre­mos llegaba a la vio­len­cia y no go­za­ba con ella. No era hom­bre de ma­la ín­do­le. La gen­te se mo­les­ta si lo di­go, lo co­no­cí y sé que no era así. A Chá­vez lo de­for­mó Fi­del Castro y el po­der ab­so­lu­to. En cam­bio Ma­du­ro no. Ma­du­ro es un «ma­lan­dro». —¿Qué es un «ma­lan­dro»? —Un su­je­to sin ofi­cio ni be­ne­fi­cio. Que bus­ca tra­ba­jo, pe­ro que no lo quie­re en­con­trar. Es­tu­vo de chó­fer en el me­tro, pe­ro co­mo agi­ta­dor, que apa­re­cía co­mo en­fer­me­da­des ab­sur­das. Te es­toy ha­blan­do de co­sas que es­tán do­cu­men­ta­das. Es ti­po de mal­vi­vir. —Tu­vo pro­ble­mas pa­ra en­trar en Co­lom­bia a co­mien­zos de año, ¿le ha ocu­rri­do en más oca­sio­nes? — Sí, có­mo no. En Mi­lán la Po­li­cía de Se­gu­ri­dad de Es­ta­do irrum­pió en mi dor­mi­to­rio a las 03.30 y me en­trom­pa­ron; me sa­ca­ron por cul­pa de una in­tri­ga del cón­sul Di Mar­tino de Mi­lán, que me de­nun­ció co­mo pe­li­gro­so te­rro­ris­ta. Des­per­té con dos pis­to­las, y dos po­li­cías de la Se­gu­ri­dad de Es­ta­do, una po­li­cía muy es­pe­cial en Ita­lia.

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