Cua­ren­ta años ba­jo el sol de A Lan­za­da

Eli­sar­do Vidal apues­ta por pro­duc­tos fres­cos com­pra­dos en el día y por los que cul­ti­va en su huer­ta

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - AGENDA - LÓ­PEZ PENIDE

«Nun­ca me he pues­to ri­co a cuen­ta de es­to». A sus ca­si 74 años —los ce­le­bra el pró­xi­mo mes de no­viem­bre—, cin­co hi­jos, va­rios nie­tos y un bis­nie­to en ca­mino, Eli­sar­do Vidal Sam­pe­dro, ha­ce ho­nor al ape­la­ti­vo de su fa­mi­lia: «El Alegre». Un apo­do que se ga­nó su ta­ta­ra­bue­lo por lo bien que can­ta­ba —«sa­lien­do de la es­cue­la le di­je­ron: ‘¡Mi­ra que chi­co tan alegre!’. Y yo si­go sien­do el Alegre»— y con el que bau­ti­zó el chi­rin­gui­to que re­gen­ta en la pla­ya de A Lan­za­da, en San­xen­xo. «Lle­vo con es­to cua­ren­ta años, vein­ti­dós con otro cer­ca de la es­cul­tu­ra del cor­mo­rán y die­ci­ocho con es­te. Soy el quiosquero más an­ti­guo y el más vie­jo, ade­más».

Si uno bus­ca en In­ter­net in­for­ma­ción se sor­pren­de­rá por la can­ti­dad de co­men­ta­rios que en­sal­zan el to­ma­te de sus en­sa­la­das, los pi­mien­tos o in­clu­so las pa­ta­tas fri­tas con las que acom­pa­ña al chu­rras­co u otros pla­tos del me­nú. El se­cre­to real­men­te no lo es, ya que Eli­sar­do Vidal lo des­ve­la a to­do aquel que le pre­gun­ta: «El to­ma­te nues­tro es de ca­sa, el pi­mien­to es de ca­sa y par­te de las co­sas que ofrez­co son de ca­sa y por es­to ten­go los pre­cios que ten­go. Son muy acep­ta­bles y la gen­te vie­ne», apun­ta.

Pe­ro es que ade­más, es­te quiosquero oriun­do de San­xen­xo, aun­que re­si­de en De­na (Mea­ño), re­mar­ca que su fi­lo­so­fía se asien­ta en la pre­mi­sa de «to­do lo que doy es fres­co». De es­te mo­do, dia­ria­men­te, re­co­rre lon­jas, car­ni­ce­rías y mer­ca­dos bus­can­do la ma­te­ria pri­ma que ofre­ce­rá en el Kios­co Alegre, una bús­que­da que, en más de una oca­sión, le ha lle­va­do a tras­la­dar­se has­ta A Co­ru­ña pa­ra en­con­trar la sar­di­na que se ajus­ta­ba a sus ne­ce­si­da­des. «To­dos los días voy a bus­car­la. No te com­pen­sa mu­cho —con­fie­sa alu­dien­do al mar­gen eco­nó­mi­co que pue­de ob­te­ner—, pe­ro de­trás de la sar­di­na van el vino y otras pro­duc­tos. Mi ma­ne­ra de tra­ba­jar es es­ta». Y por sus pa­la­bras, y des­pués de cua­ren­ta años, no pa­re­ce que ten­ga mu­cha in­ten­ción de cam­biar­la.

«Es­toy ju­bi­la­do, pe­ro me doy de al­ta pa­ra tra­ba­jar tres me­ses», acla­ra cuan­do se le pre­gun­ta si por su edad no es­tá can­sa­do o no pre­fe­ri­ría de­di­car­se a otras ac­ti­vi­da­des. «A mi me gus­ta es­to y, más bien, es una afi­ción. Ten­go a diez o do­ce per­so­nas tra­ba­jan­do y creo que ellos es­tán con­ten­tos con­mi­go y yo con ellos», acla­ra, ase­gu­ran­do que lo que más le gus­ta es «el ver fe­liz a la gen­te y po­der ser­vir­la co­mo yo quie­ro y pue­do. Es la ale­gría más gran­de. No es el di­ne­ro por­que ne­ce­si­dad, aun­que siem­pre hay, es­toy más o me­nos re­gu­lar si­tua­do... Sim­ple­men­te, tra­to de ha­cer­lo lo me­jor que pue­do». En de­fi­ni­ti­va, su apues­ta es la de «dar ca­li­dad y que la gen­te es­té muy con­ten­ta».

¿Y fa­mo­sos? ¿Han pa­sa­do fa­mo­sos por el Alegre? La res­pues­ta es afir­ma­ti­va, aun­que el pro­pio Eli­sar­do re­co­no­ce que, en al­gún ca­so, no fue cons­cien­te de su pre­sen­cia has­ta que ya ha­bían pa­ga­do y se ha­bían ido: «Han pa­sa­do mu­chos y al­gu­nos que no me he da­do cuen­ta por­que es­ta­ba a otras co­sas», con­tes­ta mien­tras se­ña­la que, en­tre los po­lí­ti­cos, re­cuer­da a Xo­sé Ma­nuel Bei­ras, y en­tre los ar­tis­tas, a Mi­llán Sal­ce­do, de Mar­tes y Tre­ce. «Lo ten­go en una fo­to con­mi­go», re­sal­ta.

De igual mo­do, en cua­tro dé­ca­das di­ri­gien­do es­te chi­rin­gui­to, «he vis­to de to­do. Hay que te­ner un po­qui­to de pa­cien­cia con al­gu­na gen­te», in­ci­de, si bien ma­ti­za que to­do se com­pen­sa con el ros­tro de la ma­yo­ría de sus clien­tes cuan­do les sir­ve. «Es una ale­gría. Pa­ra mí es un or­gu­llo muy gran­de». En es­te pun­to, de­ja cla­ro que es­to no evi­ta que a las diez y me­dia de la no­che, nor­mal­men­te, se cie­rre la cocina pa­ra que sus em­plea­dos pue­dan des­can­sar.

Eli­sar­do es cons­cien­te de que cuan­do se re­ti­ré de­fi­ni­ti­va­men­te des­apa­re­ce­rá una for­ma de en­ten­der es­te ti­po de ne­go­cios de tem­po­ra­da. En su ca­so, ade­más, no va a ha­ber re­le­vo ge­ne­ra­cio­nal, ya que sus cin­co hi­jos tie­nen otros tra­ba­jos y «no quie­ro sa­car­los de ahí». Es pro­pie­ta­rio, ade­más, de una chu­rras­que­ría y un hos­tal que «es­tán ce­rra­dos» y que tie­ne in­ten­ción de ven­der, ya que asu­me que se­rían un las­tre in­sos­te­ni­ble pa­ra las eco­no­mías de sus hi­jos. «No pue­den aguan­tar­los», re­mar­ca.

Su historia es la historia de un em­pre­sa­rio he­cho así mis­mo, un quiosquero que tra­ba­jó du­ran­te años co­mo ma­yor­do­mo en bar­cos mer­can­tes don­de apren­dió par­te de su ofi­cio y que se ha con­ver­ti­do en to­da una ins­ti­tu­ción en A Lan­za­da. «Era el que ope­ra­ba la fa­ne­ca y la me­du­sa. Lue­go vino Pro­tec­ción Ci­vil, pe­ro fue a mi cuen­ta por­que es­tu­ve por el mun­do ade­lan­te en bar­cos», se­ña­la pa­ra ex­pli­car que, jun­to con otro ve­cino de la co­mar­ca ya fa­lle­ci­do y que se des­pla­za­ba en un ca­rro ti­ra­do por un bu­rro, era de los po­cos que en­ton­ces sa­bían co­mo ac­tuar fren­te al ve­neno de es­tas dos es­pe­cies. «Han he­cho un li­bro y to­do en el que de­cían El bru­jo de la pla­ya, por mí y por otros que ha­bía aquí».

L. PENIDE

Eli­sar­do Vidal mues­tra una par­ti­da de sar­di­nas que pre­pa­ra­rá en las bra­sas en el Kios­co Alegre.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.