Mi­se­ria a un pa­so de la ca­pi­tal ga­lle­ga

Mal­vi­ven en una cha­bo­la sin agua ni luz en la pa­rro­quia de Bar­cie­la pe­ro no quie­ren mu­dar­se a un lu­gar me­jor

La Voz de Galicia (Deza) - Deza local - - SANTIAGO - SU­SA­NA LUAÑA

«Al­gún sá­ba­do xun­tá­mo­nos aquí trin­ta per­soas da fa­mi­lia, to­dos a co­mer á mi­ña con­ta» Flo­ren­tino Mí­guez Re­si­den­te de la cha­bo­la

A tre­ce ki­ló­me­tros de la ca­pi­tal de Ga­li­cia, de un mo­nu­men­to Pa­tri­mo­nio de la Hu­ma­ni­dad co­mo es la Ca­te­dral de San­tia­go y de los más modernos cen­tros de in­ves­ti­ga­ción com­pos­te­la­nos hay una cha­bo­la, a ori­llas del Tam­bre, en la que dos per­so­nas con­vi­ven be­bien­do el agua de un po­zo y alum­brán­do­se a la luz de las ve­las. En esa pau­pé­rri­ma vi­vien­da de la pa­rro­quia de Bar­cie­la no preo­cu­pa la ma­si­fi­ca­ción del tu­ris­mo, el plan Bo­lo­nia o la co­ber­tu­ra de la red wi­fi. Bas­tan- te tie­nen con bus­car de co­mer ca­da día, re­co­pi­lar le­ña pa­ra ca­len­tar­se en el in­vierno y pro­cu­rar que la llu­via no se cue­le por su en­de­ble te­cho.

Esas son las prio­ri­da­des de sus in­qui­li­nos, Flo­ren­tino Mí­guez, de 78 años, y José Ma­nuel Pi­ñei­ro, de 55. La cons­truc­ción, le­van­ta­da con blo­ques de hor­mi­gón y en la que lo más mo­derno que se pue­de en­con­trar es una es­tu­fa de le­ña y una co­ci­na de gas, fue siem­pre el ho­gar del más jo­ven, pe­ro cuan­do su ma­dre se que­dó viu­da, Flo­ren­tino se fue a vi­vir con ellos y allí se que­dó. La mu­jer fa­lle­ció y aho­ra los dos hom­bres, que no tie­nen tra­ba­jo y de­di­can el día a va­ga­bun­dear por los al­re­de­do­res, se ha­cen com­pa­ñía co­bi­ja­dos ba­jo el pa­ra­guas de los 610 eu­ros que el ma­yor co­bra de pen­sión tras mu­chos años tra­ba­jan­do en las mi­nas de León. Pe­ro no al­can­za, por­que Flo­ren­tino y la ma­dre de José Ma­nuel tu­vie­ron una hi­ja, y hay más fa­mi­lia des­per­di­ga­da por Fon­ti­ñas, por Ver­día, en Brión... «Al­gún sá­ba­do xun­tá­mo­nos aquí trin­ta per­soas da fa­mi­lia, to­dos a co­mer á mi­ña con­ta».

Mien­tras José Ma­nuel duer­me en el in­te­rior, en la puer­ta de la cha­bo­la Flo­ren­tino apro­ve­cha el sol del me­dio­día pa­ra zam­par­se una ho­ga­za de pan y un cho­ri­zo. «Na ten­da com­pro de fia­do, ás ve­ces que­do a de­ber tres me­ses e can­do che­ga a ex­tra­or­di­na­ria, sal­do as con­tas», re­co­no­ce. Tam­bién se ali­men­tan de los pro­duc­tos no pe­re­ce­de­ros que, una vez al mes, les en­tre­ga Cá­ri­tas.

Se en­co­ge de hom­bros cuan­do se le pre­gun­ta si no es­ta­ría me­jor en un pi­so, si no le gus­ta­ría me­jo­rar sus con­di­cio­nes de vida. A su la­do dor­mi­ta el pe­rro Stoich­kov, el ter­cer miem­bro del ho­gar, ro­dea­do de res­tos de man­tas y de la cha­ta­rra que Flo­ren­tino re­co­ge en la ca­lle y en los con­te­ne­do­res. Del ten­dal cuel­gan va­rios pa­ra­guas en buen es­ta­do. «Ni­so pa­so o tem­po, re­co­llo os ve­llos e os arran­xo». No los ven­de, lo ha­ce por pa­sar el ra­to. Es un ma­ni­tas; tam­bién fue él el que cons­tru­yó el po­zo del que se sur­te de agua to­da la fa­mi­lia.

Los años y la sa­lud

Y eso que los años no per­do­nan. Den­tro y fue­ra de la ca­sa pro­li­fe­ra una am­plia ga­ma de bas­to­nes en los que Flo­ren­tino se apo­ya pa­ra ca­mi­nar con di­fi­cul­tad. Él ase­gu­ra que cuan­do es­tá mal va al mé­di­co. Lo cuen­ta si se lo per­mi­te una tos per­sis­ten­te que aso­ma en­tre bo­ca­do y bo­ca­do.

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

Flo­ren­tino Mí­guez, en la ca­sa de blo­ques de hor­mi­gón que él mis­mo ayu­dó a le­van­tar y don­de con­vi­ve con José Ma­nuel Pi­ñei­ro.

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